domingo, 2 de febrero de 2020

La cultura como supervivencia


La cultura como supervivencia

Carlos Fong
Hagamos un breve ejercicio. Cerremos los ojos y tratemos de imaginar un mundo sin cultura. Sin ningún tipo de arte ni expresión. Sin tradición ni espacio para eso que llamamos recreación. Sin ningún tipo de reservorio para la memoria, sin museos sin bibliotecas sin parques. Nada. Ni fiestas ni festivales ni ferias, ni ritos y ceremonias. Ni siquiera un lugar donde podamos reunirnos para echar cuentos, reflexionar, pensar y conversar. No existe la música, la literatura, la pintura, ni siquiera se sabe bailar. Nada. La cultura no existe.

¿Pueden imaginarlo? Yo no. Sencillamente es imposible entender el mundo sin la cultura. Más que una realidad distópica es una ceguera blanca o quizás negra, donde es imposible habitar. La vida cultural es imprescindible para la humanidad. ¿Qué nos hace distintos y al mismo tiempo iguales? La cultura. Desde los primeros registros de escritura de la humanidad, desde sus primeros intentos de expresar sus emociones y deseos, tan solo el hecho de haber inventado el lenguaje, el ser humano no puede vivir sin cultura.

La vida cultural es tan importante que no se puede convivir en ninguna sociedad si no existe una serie de códigos, lazos o vasos comunicantes que hacen posible la comunicación para un ambiente donde las relaciones se cruzan entre las ideas y las emociones. Todos los seres humanos tienen una forma de ver, sentir e interpretar la vida desde lo material hasta lo espiritual. Esta sensibilidad le sirve para sobrevivir. La cultura es una forma de sobrevivir. La calidad de vida de las personas depende de la salud de su cultura. Nuestra salud física y espiritual, la felicidad, dependen de nuestra cultura.

El ser humano tiene necesidades que no son materiales, como: el amor, la felicidad, la convivencia la solidaridad, la identidad, los valores, la pertenencia, la religiosidad, etc. Son necesidades intangibles o inmateriales. También las tiene materiales: su casa, la naturaleza que lo sostiene, los lugares de reuniones sociales, etc. Si alguno de estos elementos, que forman parte de los componentes esenciales de la vida cultural, es afectado, la calidad de la vida de las personas es amenazada. Por ejemplo, la contaminación de un río cercena la convivencia de una comunidad.

Todas las comunidades, tanto urbanas como rurales, han elaborado a través de los tiempos una diversidad de elementos culturales los cuales les permiten organizar sus relaciones simbólicas y comunicativas. Las fiestas, las tradiciones y las costumbres, por ejemplo, son una forma de significar la vida y darle un sentido.

La cultura es una dimensión transversal. Se encuentra en toda nuestra vida. Pensemos solamente en el cuerpo. Las dimensiones, valores y posibilidades del cuerpo son expresión de la cultura. Con el cuerpo hablamos, bailamos, jugamos; lo adornamos, lo vestimos, lo marcamos, y lo usamos sensualmente para expresarnos de diversas formas. Por eso, a través, de los tiempos el cuerpo ha sido canal para la cultura como una forma de resistencia. Hay cuerpos censurados y cuerpos emancipados.

La cultura está en nuestra organización cotidiana, en la política y en el medio ambiente, en nuestras creencias e ideas; está en nuestro imaginario de identidad y en todo el ecosistema de la vida. La cultura es la forma de criterio con la que vemos y construimos posibilidades y una manera de sobrevivencia. Por eso hay presidentes a los que les gusta la guerra que amenazan con destruir el patrimonio de una nación. De esta forma borran la herencia genética de un pueblo. Pasó en Irak en el 2003, cuando las tropas de Estados Unidos invadieron Bagdad. La Biblioteca Nacional, el Museo Arqueológico y el Archivo Nacional fueron destruidos, acabando con las tablillas de arcilla de la civilización sumeria y miles de libros del periodo otomano que fueron reducidos a cenizas. Ejemplares únicos de Las mil y una noche desaparecieron para siempre. Basta con leer el libro de Fernando Báez, La destrucción cultural de Irak: un testimonio de postguerra, para llorar.

Cuando ardieron las selvas de Brasil y Australia, el patrimonio natural de la humanidad ardió indiferente, mientras que los gobiernos del mundo, que tenían todo el poder para ayudar a apagar las llamas, jugaban a la geopolítica. De nuestra cultura dependerá la salvación, porque hasta el culto a la muerte es una forma de cultura. Tal vez la cultura de la destrucción sea nuestro destino. Espero que no.
La Prensa, 31 ene 2020 - 11:00 PM
El autor es escritor y encargado de la Oficina de Promoción de la Lectura de MiCultura

Cuando contamos cuentos


Cuando contamos cuentos
Carlos Fong

24 ene 2020 - 11:00 PM
El 22 de enero de 2020, el diario ABC de España publicó una noticia en la que se muestra por primera vez los beneficios para el cerebro de leer a los niños frente al daño que causan las pantallas. En efecto, la nota dice: “Dejar a un lado las pantallas y leer libros a los niños durante los cinco primeros años de vida aumenta el desarrollo del cerebro, de acuerdo con los primeros estudios en proporcionar evidencia neurobiológica de los beneficios potenciales de la lectura frente a los posibles daños causados por el tiempo que pasan frente a las pantallas”.

La investigación fue llevada a cabo por el Centro de Lectura y Alfabetización del Hospital de Niños de Cincinnati, en Estados Unidos. Sin la menor intención de menoscabar el aporte de la ciencia, esto es algo que ya sabíamos los que contamos y escribimos cuentos, pero no teníamos una forma objetiva de probarlo y la contribución que hace este estudio es importante porque sustenta el discurso que desde la cultura de la oralidad nosotros venimos defendiendo: escuchar cuentos favorece el complejo proceso cognitivo desde la primera infancia. Que lo afirme un cuentero, puede ser trivial, pero que lo diga ahora la ciencia, es algo de peso.

Las diversas teorías del lenguaje, por mucho que friccionen entre sí, parecen afluentes del mismo río: el lenguaje oral es un instrumento de codificación del pensamiento que permite que el ser humano organice los símbolos de su entorno y el mundo. Alexander Luria, discípulo de Vygotsky, afirmó: “El lenguaje tiene la finalidad de dar forma final al pensamiento; de prepararlo para la actividad intelectual, a la vez que indica la naturaleza social de la actividad intelectual del hombre, hecho que le distingue radicalmente del animal”.

Todos los estudios, desde las ciencias de la lingüística y la neurociencia, son fascinantes y contribuyen mucho a lo que conocemos en torno al lenguaje oral y su relación con el desarrollo cognitivo, pero, para esta nota, voy a ser más susceptible y para fortalecer estos logros científicos quisiera valerme de algunas ideas de maestros de la narración oral, algunos con los cuales ya he tenido el honor de contar cuentos en el mismo espacio poético donde hemos coincidido.

Para Roberto Moscoloni, por ejemplo, los relatos populares van más allá de las historias oficiales, mantienen viva la memoria de las distintas comunidades. Esto me parece importante, porque la cultura de la memoria es algo que no tenemos los panameños. Las historias que narramos son la valoración de esa memoria colectiva y sus atributos. Nicolás Buenaventura Vidal afirma que “…el contar es otra forma de conocimiento que reúne, junta las partes rotas, vincula, establece asociaciones, construye puentes, teje vínculos”. Es decir, que al escuchar cuentos se crean lazos invisibles que sanan el tejido social y crean conexiones cívicas que fortalecen la cohesión social.

Nuestra querida Mayra Navarro, narradora cubana que recientemente tomó ese camino sin retorno, nos dejó esta reflexión: “Los cuentos escuchados durante la infancia permanecen latentes en la memoria de manera inconsciente; gracias a ellos, la palabra hablada, mediante la impresión producida por el despliegue integral de lo expresivo oral, con las modulaciones de la voz y lo gestual, favorecen la apropiación, ampliación y perfeccionamiento del vocabulario y el enriquecimiento del lenguaje”.

Y esta apropiación del mundo simbólico es también una adjudicación del mundo real que se transfiere a través de la cultura de la oralidad y la lectura. Nunca antes había necesitado tanto la humanidad de las historias, de esas ficciones maravillosas, capaces de despertarnos para confrontar la realidad; esos mitos, fábulas, cuentos y leyendas que nos ayudan a volver a conversar en un mundo cada vez más solitario y egoísta.

Los cuentos nos enseñan a ser empáticos, solidarios, cooperativos; a pensar más en lo que nos parecemos que en lo que nos diferencia. Incluso, al hablar de diferencias, la narración oral es una conversación dimensionada con el otro. Cuando contamos cuentos nos estamos encontrando con la otredad; narramos nuestra identidad y la de los demás; para asombrarnos y extrañarnos, para fortalecer el sentido de pertenencia, de bienestar y de identidad; jamás para destruirnos y discriminarnos. La narración oral beneficia a los niños desde la primera infancia para adquirir el lenguaje y el pensamiento y a los adultos para devolvernos el valor social de la palabra.

El autor es escritor y encargado de la Oficina de Promoción de la Lectura Micultura

El espacio privilegiado


El espacio privilegiado

Carlos Fong
La Prensa, 17 ene 2020 - 11:00 PM

Me suele suceder que cada vez que termino de contar un cuento, se me acerca un niño o niña (para evitar discusiones de género) y me da las gracias. La última vez me pasó cuando terminé de contar cuentos en una actividad de barrio para recordar el 9 de enero. Era un niño bastante grande, como de 10 años. Siempre que me pasa esto siento en las palabras de esos niños una sinceridad muy especial y llena de ternura; como alguien que después de caminar sediento largas horas te da las gracias por ese trago de agua. Los adultos también suelen acercarse, pero para decir: “Muy bien”, “lo felicito”, “estuvo muy bueno”.

Yo creo que la diferencia está en que los niños perciben una dimensión distinta de los cuentos que los adultos hemos proscrito, porque no hay lugar para la imaginación en nuestro mundo real de las prisas. Los niños se sienten agradecidos porque al escuchar un cuento se les otorga un espacio de ternura, ensoñación e ilusión. El imaginario de los cuentos pertenece a otra realidad que prolonga el mundo de la imaginación. Un niño se siente agradecido al escuchar un cuento, porque es una experiencia de felicidad para él.

La narración oral tiene muchos beneficios comprobados por la neurociencia y por los estudios especializados. Muchos de ellos tienen que ver con cuestiones pedagógicas y didácticas, como la atención, la concentración, la riqueza del lenguaje, el bagaje cultural, la retención, entre muchas más; pero yo creo que escuchar cuentos desde la primera infancia privilegia cosas más importantes que tienen conexión con el imaginario infantil. Y esa conexión, que los adultos han perdido, logra, de alguna manera mágica, construir una realidad fantástica y edificante para los niños.

Hace poco, Gloria Bejarano me hablaba del problema de utilizar los cuentos como trampas. Es decir, y aquí me dirijo con mucho cariño a los docentes, usar el cuento para enseñar, por ejemplo, ortografía o valores. En términos de lectura hay mucha “literatura infantil” (las comillas son intencionales) que pretende informar, valorar, moralizar, incluso adoctrinar; matizar la fantasía con la intención de que se parezca a la realidad, desplazando la imaginación, porque así el niño entiende mejor el mundo. Cuando utilizamos los cuentos con ese propósito, todo eso que Michele Petit ha llamado “los méritos de lo imaginario”, se pierde.

Leer y contar historias desde la primera infancia fortalece la singularidad interior de los niños y construye la subjetividad sin forzarlos a entender cómo funciona el mundo. Contarle cuentos a los niños sin duda garantiza mejores personas para la sociedad, porque estamos, a través de las historias, construyendo ciudadanía, tejiendo relaciones, haciendo empatía, pertenencia, todo lo que usted imagina, pero no olvidemos que lo primero que tenemos que hacer es nutrir su saber simbólico, en vez de priorizar en información objetiva. Aprender a numerar, los colores, los valores, no es la misión de los cuentos; aunque hay autores y narradores que usan el cuento como herramienta de manera creativa.

Los niños tienen derecho a aprender, pero primero tienen derecho a ser niños. Los cuentos han venido para que ellos puedan jugar, expresarse, actuar, cantar, pintar y construir. Por eso hay toda clase de historias a partir de lo lúdico. Por eso hay cuentos curiosos, corporales, asquerosos, de distensión, de nunca acabar, escabrosos, inquietantes, con bichos y personajes fantásticos. Las buenas historias son una experiencia con la complejidad de la vida y sus diversas incertidumbres, que el niño descubre con la ayuda de adultos que no utilizan los cuentos como trampas de aprendizaje sino para nutrir el imaginario de infancia.

Termino con un consejo que pueden tomar tanto padres como docentes. Los niños, desde la primera infancia, necesitan estar rodeados de la palabra, abrazados por el susurro de la poesía, de las metáforas, las onomatopeyas, las cadencias, la musicalidad y los silencios de la palabra que son el lenguaje de la oralidad, que es el puente hacia la lectura y la escritura. Cuando los niños hacen la relación entre el mundo de la oralidad, ese mundo de seres maravillosos, solos harán la conexión con el mundo real que tanto nos mortifica a los adultos.

El autor es escritor y encargado de la Oficina de Promoción de la Lectura en MiCultura

El maestro redentor


El maestro redentor
Carlos Fong

Hay un texto de William Ospina en su libro La lámpara maravillosa, que me parece lectura obligatoria para cualquier docente; se llama: “Carta al maestro desconocido”. Su primer párrafo dice así: “Los gobiernos suelen confiar a los guerreros la misión de salvar a sus pueblos. <<Salve usted la patria>>, le dicen a un hombre a caballo que tiene una lanza en la mano, y que tiene el deber heroico de desbaratar a grupos feroces de enemigos armados. Hoy, la situación es otra. Es el maestro el que tiene el deber y la posibilidad de salvar a la sociedad”.

Ospina es sincero con el lector y añade de inmediato: “yo creo que en todos nosotros tiene que haber un maestro, así como en todos tiene que haber un alumno”. El país entero es una escuela, la educación está en todas partes, dice William, sobre todo en los buenos ejemplos. Ejemplo, somos todos. Al final, la escuela es solo parte del sistema, por lo tanto, si las cosas andan mal no es responsabilidad únicamente de esta institución; hay un compromiso tácito de la comunidad con la educación, nos hace comprender el autor colombiano.

El ensayo de Ospina nos hace reflexionar en un sinnúmero de temas en torno a la educación y el papel del docente. Yo pienso en la noción del maestro redentor. Nada que ver con la religión. No hablamos de un mesías ni de un gurú. Pero permite repensar y reflexionar sobre un nuevo ecosistema pedagógico que posibilite que los alumnos tengan más deseos de ir a la escuela y que vean el aula de clase como un espacio de redención y no un lugar que riña con sus identidades y sus sueños.

La imagen que tengo de este docente salvador quizás es utópica. Un maestro con las cualidades de un súper héroe. Es muy seguro que ya muchos docentes tengan estos súper poderes: paciente, creativo, innovador, formador, atento, inventor, motivador, investigador, organizado, capaz de desafiar y adaptarse a las condiciones ambientales más terribles. De hecho, estoy convencido de que se necesita tener poderes sobrenaturales para lidiar hasta con 35 alumnos diariamente y combatir a un villano llamado currículo (aunque en el fondo no debería de ser un villano, sino un aliado).

Yo creo en este docente salvador al que hace alusión Ospina y creo que es una especie de maestro emprendedor. Estoy pensando en otros poderes sobrenaturales: liderazgo, comunicador, negociador, empático, ético, flexible, arriesgado, comprometido y creyente. Me detengo un poco en estas dos últimas palabras.

No se puede ser un buen docente sin tener compromiso y ese compromiso va más allá de la ética laboral. No estoy pensando en la puntualidad o el trabajo arduo; me refiero a un compromiso con una enseñanza más humana y menos individualista. Se puede educar a técnicos humanizados. Por otro lado, cuando pienso en un docente creyente, no aludo a ningún tipo de culto, sino a creer en que los alumnos, de cualquier entorno, pueden llegar a ser buenos ciudadanos, pese a todo.

No estoy seguro de que el docente tenga conciencia de que su vocación es hermosa y peligrosa. Sé que no tenemos problema con el primer adjetivo, pero quizás la palabra peligro necesite explicarse. Voy a ilustrarlo con un solo ejemplo: aprender a leer y escribir son herramientas de poder. Una maestra le regala un instrumento a cada niño al enseñarle a leer y a escribir. Ese instrumento de comunicación puede ser un arma y puede ser usada para el bien o para el mal.

Los poderes de la palabra son infinitos. La alfabetización gestiona formas de poder. Una persona que aprende a leer y a usar la palabra, puede llegar a ser un héroe o un villano. Y según el camino que elija, hará uso de ese poder ya para emancipar a la humanidad o ya para esclavizar con sus ideas tiránicas a los que sigan su pensamiento. La historia de la humanidad está llena de grandes personajes de ambos bandos. No sabemos quiénes fueron los maestros de estos ángeles y demonios. Desde luego que no fue culpa de sus maestros el destino que escogieron, pero de algo estamos seguros: hubieran sido nadie sin un maestro.

El autor es escritor y encargado de la Oficina de Promoción de Lectura del MiCultura
La Prensa, 10 ene 2020 - 11:00 PM

lunes, 6 de enero de 2020

Demetrio Fábrega y la lectura

Demetrio Fábrega

Tengo un pequeño tesoro en la bandeja de entrada de mi correo personal: una correspondencia con Demetrio Fábrega, uno de los intelectuales más importantes de nuestro país, que ha traducido a Francesco Petrarca, la figura principal del Renacimiento como poeta y como el hombre de cultura que restablece el vínculo con la literatura griega y romana de la Antigüedad Clásica, y a Pierre de Ronsard, considerado el más grande poeta de Francia.

Esta confesión es una excusa para hablar de un tema que también ha sido una de las preocupaciones del poeta que ha venido investigando desde 1985. Tanto es así que ha tenido comunicación personal con Noam Chomsky sobre el problema del analfabetismo funciona
l, que es la causa principal de la crisis sin precedentes que atraviesa la educación nacional. Para don Demetrio, el problema medular no está en el currículo per se, sino en el método de adquisición del lenguaje escrito. Un método de enseñanza que nos impusieron comenzando la década del 60 y que destruyó la primaria a partir de finales de los 70.

En efecto, para don Demetrio, el método global ha sido un desastre para la educación a nivel mundial, “salvo en países como Finlandia, Singapur y en cierta medida en los países escandinavos y en los países del Asia que usan la escritura china porque tienen que comenzar a enseñar a leer y escribir antes de los siete años de edad”. Para él es vital regresar al método silábico o lineal, que es “como se enseñaba en Grecia hace 26 siglos y después en Roma y así volvieron a enseñar en el Renacimiento y así enseñaban las maestras que se graduaban en la Escuela Normal de Santiago antes de la II Guerra Mundial hasta 1960. En Panamá entonces se hablaba el mejor español de América”.

Observa que, en Francia, el Ministro de Educación, Jean-Michel Blanquer, decidió acabar con el desastre de la educación en el 2017 volviendo a la enseñanza silábica. Yo no había comprendido a fondo esta triste realidad hasta dialogar con don Demetrio y es que, si un niño llega a la edad de diez años y no sabe leer y escribir, difícilmente lo logrará después. Esto, según los últimos avances de la neurociencia.

Cita las investigaciones del japonés Kuniyoshi Sakai y otros neurocientíficos como el francés Stanislas Dehaene, que han revolucionado la educación del niño. En Francia, me dice don Demetrio, se han utilizado estos conocimientos para implementarlos en la educación desde el año 2017, es decir, el método lineal y estableciendo la instrucción obligatoria desde los tres años de edad para que el niño pase años aprendiendo a distinguir las letras y reconocer el sonido que representan hasta poder identificar los fonemas con sus respectivos grafemas, antes de entrar en el primer grado de la escuela elemental después de cumplir seis años.

Afirma que desde Jean Piaget y Eric Heinz Lenneberg en el siglo pasado, pasando por estudios científicos en los últimos diez años, se ha demostrado que, si el niño no aprende a leer y a escribir en los primeros diez años de vida, nunca aprenderá bien a leer ni a escribir y nunca podrá dominar otro idioma tampoco ni habrá adquirido las habilidades cognoscitivas indispensables para poder razonar y pensar.

Los franceses no habían descubierto hasta hace poco el problema que tenían e hicieron cambios radicales en la educación que utilizaba el mismo método que tenemos en Panamá desde 1980, me comenta don Demetrio. Según su investigación, Estados Unidos, Canadá e Inglaterra tienen los porcentajes de analfabetismo funcionales que ponen los pelos de punta. En conclusión, de nada servirá un plan de lectura o las estrategias más hermosas de animación si en el país no se reconoce que el problema es que en la escuela primaria no le enseñan a leer realmente a los niños.

En este sentido, creo que el Ministerio de Educación por fin ha aceptado esto y estamos a tiempo, como en Francia, de tomar decisiones serias y así escapar del “Verdummung', palabra del alemán que significa embrutecer y es la que usó don Demetrio cuando bautizó la imbecilización de la humanidad.

La Prensa, 4 de enero de 2020.

La niñez y la juventud, entre brechas


El 2019 comenzó en Panamá con un evento mundial de gran importancia encabezado por los jóvenes: la JMJ, y se podría decir que finalizó con otro momento nacional, liderado también por los jóvenes, que fue las protestas en contra de las reformas constitucionales, que el presidente, salomónicamente, acaba de proponer que se retiren. En ambos acontecimientos, uno menos grave que el otro, los jóvenes fueron la clave y esto es importante reflexionarlo a fin de año.

Hay una frase que el presidente Laurentino Cortizo Cohen reitera en muchos de sus discursos: “Este es un gran país”. Es cierto. Es un gran país desde muchos puntos de vista: desde la economía, por ejemplo (somos el segundo país más competitivo de América Latina y el primero en Centroamérica, y tenemos las tasas de crecimiento económico más altas de la región, según los informes), hasta la cultura (somos un país con una multiculturalidad admirable, que posibilita el desarrollo cultural en todas las esferas).

Este “gran país” se enfrenta a grandes retos, como el rescate de la institucionalidad, la lucha contra la corrupción y una burocracia absurda e inoperante; la inseguridad y prevención del delito; la educación y salud de calidad; el desarrollo de la ciencia, la investigación y la cultura; la innovación y el talento emprendedor, y la lucha contra la especulación de los medicamentos y la vivienda, que hacen que la calidad de vida sea un sueño.

En nuestra opinión, en medio de estas tensiones y desafíos, lo que hace que seamos un “gran país” es nuestra gente. Esa gente es la que hace posible que la economía funcione y tengamos una riqueza cultural. Y esa población tiene un alto porcentaje compuesto de niños y jóvenes, que en la actualidad viven en un país con muchas amenazas que ponen en peligro su destino.

En este “gran país” la situación de los derechos de la niñez y la adolescencia (según estudios recientes de Unesco) no es algo de lo que podemos sentirnos orgullosos. Los niños y jóvenes están cruzados por muchas tensiones y viven entre distintas brechas que amenazan su futuro.

El análisis de estas brechas, según la Unesco, nos recuerda los cuatro países que Pedro Rivera nos reveló en una memorable conferencia: un país transitista, un país agrario, un país marginal y un país excluido. En estas cuatro imágenes de país hay una lectura de un solo país abandonado, olvidado, saqueado, descuidado; un país con muchas víctimas, entre las cuales son los niños y los jóvenes los más vulnerables.

Entre las principales brechas está la falta de información representativa que permita tener políticas públicas que garanticen el derecho a la vida, el crecimiento y el desarrollo de los niños y adolescentes en Panamá; una brecha territorial que es evidencia de una asimetría entre el área rural y la urbana; una brecha de género, el alto índice de mujeres adolescentes embarazadas repercute negativamente sobre el derecho a la salud y al desarrollo integral y perpetúa la pobreza; brechas socioeducativas y socioeconómicas, la falta de una educación de calidad y el débil apoyo de la empresa privada no favorecen a la niñez y la juventud y empobrecen su entorno; brechas en la prestación del servicio, el informe de la Unesco dice que faltan especialistas médicos, profesionales de salud mental y promotores de salud comunitaria. Quiero añadir la falta de promotores culturales y equipamientos culturales.

En conclusión, la oferta de diversos servicios de desarrollo para la niñez y la juventud es precaria en Panamá, para ser un país que presume ser el más desarrollado de la región. Los desafíos para garantizar los derechos de los niños y jóvenes están muy claros en la investigación de la Unesco. ¿Qué hace falta? Como siempre: voluntad política y una integración sincera del sector público y privado para trabajar articuladamente por nuestros niños y jóvenes, que ya se ha dicho, no son el futuro de la nación: son su presente.

No es gratuito que los jóvenes sean los que están saliendo a la calle a luchar por sus derechos; derechos que son de todos. Las identidades juveniles son una bomba de tiempo. Desencantados e indignados, no se van a quedar con los brazos cruzados mirando como este “gran país”, que lo es, es también un espejismo. No somos un oasis, no somos una tacita de oro, no somos el país más feliz de la región, porque mientras la mayoría de nuestros niños y jóvenes estén sufriendo, habrá una verdad que maquillar.

La Prensa, 28 de diciembre de 2019.

Voces de la invasión en la literatura


Sin menoscabar el valioso trabajo de distintos formatos artísticos que han abordado el tema de la invasión desde la cultura como las artes escénicas, el muralismo, el performance, la escultura, la caricatura, la fotografía, la pintura, el cine, el documental y la música, en esta ocasión queremos, al conmemorarse los 30 años de la invasión, reconocer una selección de voces de nuestro corpus literario que con sensibilidad artística hablan de los sucesos del 20 de diciembre de 1989.

Olmedo Beluche, Manuel Orestes Nieto, Roberto Luzcando, Ramón Oviero, Gloria Young, Pablo Menacho, Arístides Martínez Ortega, Arysteides Turpana, Xavier Collado, Consuelo Tomás, Bertalicia Peralta, Moisés Pascual, Indira Moreno, Eyra Harbar, Leoncio Obando, Lucy Chau, Alex Mariscal, Jilma Noriega de Jurado, Enrique Chuez, Mireya Hérnandez, Moravia Ochoa, Mario Augusto Rodríguez, José Cambra, Pedro Luis Prados, Porfirio Salazar, Héctor Collado, Dayra Miranda, David Robinson, Mario García Hudson, José Carr, Juan Gómez, Raúl Leis, Dimas Lidio Pitty, Tristán Solarte, Martín Testa Garibaldo, Chuchú Martínez, Víctor Manuel Rodríguez, Pedro Rivera, Carlos Francisco Changmarín, Juan David Morgan, Itzel Velázquez, Víctor Manuel Rodríguez, Rey Barría, Félix Armando Quirós, Carlos Jiménez Varela, José Franco, Octavio Tapia, Javier Stanziola, Jhavier Romero, Giovanna Benedetti, Claudio de Castro, Julio Yao, Carlos Fong, Carlos Wynter Melo, entre otros, han escrito cuentos, teatro, ensayos, poemas y novelas sobre la invasión. En este artículo solo mencionamos algunas obras escritas desde la ficción.

La voz aún no quemada (1990) y El humo y la ceniza (1993) fueron las dos primeras antologías de poesía sobre la invasión que se editaron. También en este formato hay que citar la edición especial de la revista cultural Lotería (1994). Otro libro que compila textos sobre el tema es Cuatro cuentos recientes sobre las relaciones de Panamá con los Estados Unidos (2016), que recoge cuentos de cuatro autores: Raúl Altamar, Pedro Crenes, Javier Medina Bernal y Berly Núñez Pitty.

Juan Garzón se va a la guerra (1992), de Moravia Ochoa; Los ultrajados (1994), de Mario Augusto Rodríguez; Desde el otro lado del sueño (2002), de Pedro Luis Prados; Las huellas de mis pasos (1993), de Pedro Rivera, y Un milagro bastante raro (2008), de Víctor Manuel Rodríguez, son libros clave en la cuentística.

Enrique Chuez escribe la primera novela sobre la invasión: Operación Causa Justa (1991); le sigue José Franco, con Las luciérnagas de la muerte (1992). Mario Augusto Rodríguez escribe la novela Negra pesadilla roja (1993). Juan David Morgan es autor de Cicatrices inútiles (1994). Jilma Noriega de Jurado tiene la novela epistolar Y cayó sobre nosotros el estruendo de la muerte (2002). Tristán Solarte escribió La serpiente de cristal (2002). Hombres enlodados de Javier Stanziola (2012); Aviones dentro de la casa (2016), de Carlos Fong; Una corona con cantáridas (2018), de Rogelio Guerra Ávila, y Las impuras (2015), de Carlos Wynter Melo, son novelas que relatan el tema de la invasión.

Los primeros poemas a la invasión son atribuidos a Luis Carlos Jiménez Varela con Patria fusilada, y Otra vez la muerte, de Dimas Lidio Pitti, este último con fecha del 22 de diciembre de 1989, en México. La poetisa Moravia Ochoa escribe uno de los poemas más contestatarios y conmovedores: No perdono país.

Héctor Collado tiene dos poemarios: En casa de la madre (1990) y Entre mártires y poetas (2000). El poeta Manuel Orestes Nieto publica el poemario Sangre vidriada (1991), que contiene 24 poemas dedicados a narrar la invasión. Consuelo Tomás escribe Motivos generales (1992). Indira Moreno es autora del poemario Cantares de un silencio, totalmente dedicado a la invasión. Leoncio Obando publicó un oscuro texto, La voz de las tinieblas (1992). Martín Testa Garibaldo es tal vez el poeta de su generación que más ha escrito sobre el tema. Su primer libro dedicado por completo a la invasión fue Parte y novedades (1995) y luego publica Estaciones ocupadas (1998).

El género del comic también ha abordado el tema de la invasión. En 1990 sale Just Caos, aventuras del perro Buaysito en la invasión, de Heriberto Valdés, un relato satírico de los sucesos de la intervención militar yanqui. Recientemente, en el 2019, la revista Concolón sacó Duelo, la primera novela gráfica de la invasión, cuyos autores son Sol Lauría y Meere Sachani.

En teatro podemos mencionar Mi Dios está vivo, escrita por Dagoberto Chung y Anselmo Cooper. Mireya Hernández escribió Sucedió en enero y Alex Mariscal, Desaparecidos, que toca el tema de la masacre de Albrook el 3 de octubre de 1989. En montajes basados en obras tenemos el trabajo de Jaime Newball titulado Clamor de multitud, basada en la poesía. Y en el 2016, Danitza Barrerra interpretó Monólogos, basado en personajes y textos de las novelas Aviones dentro de la casa, de Carlos Fong, y Hombres enlodados, de Javier Stanziola, y poemas de Amelia Denis de Icaza y Carlos Changmarín.

La Prensa, 21 de diciembre de 2019.

Un árbol para todos

Por Carlos Fong Quiero dedicar mi último artículo del 2025 a un tema especial. En el ecosistema de la realidad panameña, sobre todo en el se...