domingo, 2 de febrero de 2020

La cultura como supervivencia


La cultura como supervivencia

Carlos Fong
Hagamos un breve ejercicio. Cerremos los ojos y tratemos de imaginar un mundo sin cultura. Sin ningún tipo de arte ni expresión. Sin tradición ni espacio para eso que llamamos recreación. Sin ningún tipo de reservorio para la memoria, sin museos sin bibliotecas sin parques. Nada. Ni fiestas ni festivales ni ferias, ni ritos y ceremonias. Ni siquiera un lugar donde podamos reunirnos para echar cuentos, reflexionar, pensar y conversar. No existe la música, la literatura, la pintura, ni siquiera se sabe bailar. Nada. La cultura no existe.

¿Pueden imaginarlo? Yo no. Sencillamente es imposible entender el mundo sin la cultura. Más que una realidad distópica es una ceguera blanca o quizás negra, donde es imposible habitar. La vida cultural es imprescindible para la humanidad. ¿Qué nos hace distintos y al mismo tiempo iguales? La cultura. Desde los primeros registros de escritura de la humanidad, desde sus primeros intentos de expresar sus emociones y deseos, tan solo el hecho de haber inventado el lenguaje, el ser humano no puede vivir sin cultura.

La vida cultural es tan importante que no se puede convivir en ninguna sociedad si no existe una serie de códigos, lazos o vasos comunicantes que hacen posible la comunicación para un ambiente donde las relaciones se cruzan entre las ideas y las emociones. Todos los seres humanos tienen una forma de ver, sentir e interpretar la vida desde lo material hasta lo espiritual. Esta sensibilidad le sirve para sobrevivir. La cultura es una forma de sobrevivir. La calidad de vida de las personas depende de la salud de su cultura. Nuestra salud física y espiritual, la felicidad, dependen de nuestra cultura.

El ser humano tiene necesidades que no son materiales, como: el amor, la felicidad, la convivencia la solidaridad, la identidad, los valores, la pertenencia, la religiosidad, etc. Son necesidades intangibles o inmateriales. También las tiene materiales: su casa, la naturaleza que lo sostiene, los lugares de reuniones sociales, etc. Si alguno de estos elementos, que forman parte de los componentes esenciales de la vida cultural, es afectado, la calidad de la vida de las personas es amenazada. Por ejemplo, la contaminación de un río cercena la convivencia de una comunidad.

Todas las comunidades, tanto urbanas como rurales, han elaborado a través de los tiempos una diversidad de elementos culturales los cuales les permiten organizar sus relaciones simbólicas y comunicativas. Las fiestas, las tradiciones y las costumbres, por ejemplo, son una forma de significar la vida y darle un sentido.

La cultura es una dimensión transversal. Se encuentra en toda nuestra vida. Pensemos solamente en el cuerpo. Las dimensiones, valores y posibilidades del cuerpo son expresión de la cultura. Con el cuerpo hablamos, bailamos, jugamos; lo adornamos, lo vestimos, lo marcamos, y lo usamos sensualmente para expresarnos de diversas formas. Por eso, a través, de los tiempos el cuerpo ha sido canal para la cultura como una forma de resistencia. Hay cuerpos censurados y cuerpos emancipados.

La cultura está en nuestra organización cotidiana, en la política y en el medio ambiente, en nuestras creencias e ideas; está en nuestro imaginario de identidad y en todo el ecosistema de la vida. La cultura es la forma de criterio con la que vemos y construimos posibilidades y una manera de sobrevivencia. Por eso hay presidentes a los que les gusta la guerra que amenazan con destruir el patrimonio de una nación. De esta forma borran la herencia genética de un pueblo. Pasó en Irak en el 2003, cuando las tropas de Estados Unidos invadieron Bagdad. La Biblioteca Nacional, el Museo Arqueológico y el Archivo Nacional fueron destruidos, acabando con las tablillas de arcilla de la civilización sumeria y miles de libros del periodo otomano que fueron reducidos a cenizas. Ejemplares únicos de Las mil y una noche desaparecieron para siempre. Basta con leer el libro de Fernando Báez, La destrucción cultural de Irak: un testimonio de postguerra, para llorar.

Cuando ardieron las selvas de Brasil y Australia, el patrimonio natural de la humanidad ardió indiferente, mientras que los gobiernos del mundo, que tenían todo el poder para ayudar a apagar las llamas, jugaban a la geopolítica. De nuestra cultura dependerá la salvación, porque hasta el culto a la muerte es una forma de cultura. Tal vez la cultura de la destrucción sea nuestro destino. Espero que no.
La Prensa, 31 ene 2020 - 11:00 PM
El autor es escritor y encargado de la Oficina de Promoción de la Lectura de MiCultura

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