sábado, 1 de octubre de 2022

El otro lado de la realidad


Carlos Fong


A veces tengo la percepción de que los panameños vivimos en mundos paralelos. Esa clase de realidad cuántica donde suceden cosas que contradicen otra realidad. Según la realidad que nos toca vivir, puede ser una pesadilla o un dulce sueño. Por un lado, un mundo donde la razón favorece la condición humana y posibilita mejores condiciones para la vida y, por otro lado, un mundo distópico e indigno, donde gobierna la estupidez y la ignorancia que impiden los proyectos de vida.

El Programa Iberoamericano de Bibliotecas Públicas, Iberbibliotecas, presentó la Guía para estudios de valor en las bibliotecas, un documento diseñado para el fomento del desarrollo de las bibliotecas en la región, que permitirá brindar herramientas prácticas a las personas que trabajan por las bibliotecas, para medir el valor social y económico de estos equipamientos culturales. Mientras sucedía eso en otro universo, en el universo panameño se daba la noticia de que 9,059 obras de la biblioteca escolar del Instituto Nacional habían terminado en el vertedero de cerro Patacón.

Para la guía se tomó como soporte principal la experiencia de un estudio de valor económico y social del 2021, que fue publicado por el Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín, Colombia. Este estudio es un referente de cómo se pueden medir los productos positivos sobre el valor y el impacto de las bibliotecas. Tal vez en el país vecino, las cosas, en términos de política, no sean las mejores; seguramente, ellos también tienen sus mundos paralelos. Sin embargo, comparado con nuestro país, nos hace falta definir el sentido y propósito de las bibliotecas.

No es que no haya un camino andado. De hecho, la última vez que se habló de bibliotecas en el país fue desde dos propuestas: en el Pacto del Bicentenario, que fue una serie de acuerdos construidos desde la ciudadanía para ayudar a cerrar las principales brechas socioculturales, y en el proyecto de ley 755, que establece el marco jurídico de las bibliotecas públicas en la República de Panamá. Quiere decir que lo que hace falta es que nos pongamos de acuerdo en problematizar el tema del futuro de las bibliotecas de una vez por todas.

Si hay algo en que no nos hemos puesto de acuerdo los panameños es en la importancia que tienen la lectura, el libro y las bibliotecas. Esto es evidente si vemos el estado general de las bibliotecas públicas y escolares. La biblioteca del Instituto Nacional era emblemática, con un patrimonio de memoria muy valioso. El destino que corrieron los libros es injustificable e imperdonable. Las autoridades que tomaron la decisión de arrojar los libros al vertedero se defienden diciendo que los libros tenían ácaros y polillas. 

Esta justificación evidencia que los libros del Instituto Nacional no se cuidaron por mucho tiempo. También demuestra que no había un trabajo bibliotecario con una estrategia y objetivo, un acompañamiento cariñoso con un diseño de política institucional para cuidar los libros. Finalmente, también demuestra la ignorancia, porque hay formas de curar los libros cuando aún las polillas no los han destruido. Es imposible creer que tantos libros estaban devorados por los bichos.

Sea como sea, este hecho debería de ser un referente para que las bibliotecas escolares y las públicas merezcan ser atendidas. Es triste saber que en nuestras instituciones escolares y de cultura, los servidores públicos desconocen el valor social de las bibliotecas. Hay sujetos que argumentan que las bibliotecas ya pasaron de moda, que ahora tenemos el internet. Esa mentalidad no es la de una persona moderna; es la de una persona salvaje. Basta con recordar que en los países desarrollados, las bibliotecas son instituciones relevantes que impactan en la calidad de vida de la gente.

Retomando el tema de la guía para estudios de valor en las bibliotecas, es urgente que en Panamá se hagan estos estudios de valor, porque son una herramienta fundamental para que las bibliotecas públicas se valoren desde su esencial función en la sociedad. Estos estudios, dicen los expertos, proporcionan información relevante que permite conocer la forma en que los ciudadanos perciben las bibliotecas, de qué forma las disfrutan, se las apropian o las prefieren y les conceden un papel importante en sus vidas. 

No deberíamos sorprendernos si en una encuesta nacional, la percepción ciudadana fuera negativa hacia las bibliotecas. Como sociedad, hemos ido perdiendo el valor por las cosas que realmente importan. Pensamos que una computadora, el wifi o el celular pueden reemplazar lo que da un libro.

Hemos olvidado que el libro ha sido, desde su creación, el invento que ha servido a la humanidad para conquistar la libertad. Es el libro el que ha sido perseguido por dictaduras y tiranos, porque es el único objeto más antiguo capaz de despertar en el ser humano el principio de incertidumbre que es el detonador del espíritu crítico.

Tengo la opinión de que un país que no cuida a sus niños, su educación, su cultura y sus bibliotecas, es un país ciego condenado a vivir de ese lado de la realidad cuántica, donde la mediocridad, la violencia y la insensibilidad son cosas normalizadas. Tal vez cuando tengamos líderes políticos en cada institución y líderes cívicos en cada comunidad, capaces de apreciar el valor de una biblioteca, solo tal vez podamos empezar a vivir del lado de una realidad donde los libros no terminen en la basura.

La Prensa, 01 de octubre de 2022

viernes, 23 de septiembre de 2022

El derecho a la metáfora

Carlos Fong

Leer es un derecho. Solemos escuchar esta sentencia con frecuencia. El derecho a la información, la alfabetización, la ciencia, la educación; el derecho a la palabra hace que la lectura sea un requisito indispensable para que los ciudadanos sean realmente libres y sean más felices. Es uno de los derechos que pueden mejorar la calidad de vida de los sujetos. Podemos ir más allá y decir que el derecho a la palabra es también el derecho a la metáfora.

El derecho a la metáfora implica muchas cosas como la apropiación de un mundo que posibilite la edición de presencias y ausencias, silencios y ruidos, sueños y memorias; porque leer es el único derecho que propicia los sueños e ilusiones, los ideales y las esperanzas que son la base de los proyectos de vida. Cuando los pueblos pueden imaginar, tienen claro lo que hay que cuidar en el presente y construir para el futuro.

En los escenarios actuales del mundo, parafraseando a Daniel Cassany, leer es el derecho que puede hacer que los sujetos sean más dialogantes y tolerantes, porque a través de la lectura se ejercita el criterio y el pensamiento crítico, que son elementos implícitos en el acto de leer; herramientas del pensamiento que propician formas de entender el mundo y confrontar sus tensiones. Como instrumento principal en materia de los derechos del ser humano, la lectura contribuye a formar ciudadanos más solidarios, respetuosos, empáticos, autónomos y capaces de resolver conflictos en el marco de una democracia maduras y justas.

Leer es el derecho de los seres humanos que los motiva a imaginar y habitar mundos posibles; el derecho a trabajar por ese mundo desde la creatividad para cambiar la imagen brutal de la violencia. Este derecho poético es también un derecho sustancial de los derechos humanos implícitos en la cultura en todas sus formas, porque las palabras y las lecturas se cruzan con todas las realidades. Desde la diversidad y la interculturalidad, el diálogo con los conocimientos de los otros y las relaciones interculturales que pueden ofrecer el simple hecho de leer un libro.

En el universo del libro existen también maneras de compartir la alegría de leer en momentos especiales. Las personas suelen leer desde diferentes situaciones de lectura y desde disímiles acciones que los acercan al libro. Existen momentos y espacios donde los libros adquieren un valor especial para ser homenajeados o recordados como una de las invenciones más fascinantes en la humanidad.

Uno de esos momentos es la Semana del Libro, que se celebra en Panamá desde 1942, pero está institucionalizada por Decreto desde 1957 y se celebra del 22 al 29 de septiembre. Un mes dedicado a recordar el libro. A nivel nacional, desde las instituciones escolares, sobre todo, la Semana del Libro se recuerda con mucho cariño con actividades de todo tipo organizadas por los maestros y los estudiantes.

Es bueno saber que aún se recuerda esta fecha y me ha alegrado ver cómo desde nuestras instituciones se han organizado acciones como el trueque de libros del Ministerio de Cultura, que se realizará el 30 de septiembre en el parque Andrés Bello, para cerrar con broche de oro la Semana del Libro. También la Alcaldía de Panamá realizará su tradicional feria municipal del libro, del 28 al 30 de septiembre. La Universidad Tecnológica ha preparado un ciclo de conferencias y conversatorios en las mismas fechas. En las escuelas, los estudiantes están listos para realizar acciones de promoción de lectura y las bibliotecarias desde las bibliotecas trabajan sin parar.

Apenas el 22 de septiembre fui a visitar una escuela en Arraijan, en un sector de los suburbios y en un entorno que no muchas veces es el más seguro, pero me gustó ver a los docentes con sus sombreros creativos y coloridos, a los niños con cuentos en las manos; un ambiente alfabetizado y alegre donde el libro es el centro.

¿Por qué cito estas acciones que no parecen ser demasiadas ni tan grandiosas para hacerles tanta alharaca? Porque creo que, en medio de tanta violencia urbana, muertes innecesarias de niños y mujeres, ya sea por la brutal naturaleza o la mano criminal; los procesos judiciales de escándalos de corrupción que acaparan la atención de los medios; la imagen degradante de un mundo que parece caerse a pedazos por la guerra y el daño ambiental; en medio de todo, todavía hay acciones desde los sectores públicos y privados que hacen cosas para hacer la diferencia. No todo es malo.

Pese a que en Panamá las políticas de lectura están descuidadas y no ha habido forma de que un plan nacional de lectura se haga realidad y llegue a todos los sectores (no solo el escolar), pese a que el Pacto del Bicentenario llama a la necesidad de rescatar la triste realidad de las bibliotecas, los que aman los libros y conocen los poderes de la lectura, esos héroes anónimos que aún existen siguen contra viento y marea caminando. Es su destino. Es su condena y su felicidad.

La Prensa, 24 de septiembre de 2022

lunes, 12 de septiembre de 2022

Un manifiesto entre sueños y realidad

Carlos Fong

La libertad, la prosperidad y el desarrollo de la sociedad y de los individuos son valores humanos fundamentales. Estos valores solo podrán alcanzarse mediante la capacidad de ciudadanos bien informados de ejercer sus derechos democráticos y desempeñar un rol activo en la sociedad. La participación constructiva y la consolidación de la democracia dependen tanto de una educación satisfactoria como de un acceso libre y sin límites al conocimiento, el pensamiento, la cultura y la información”.

El párrafo de arriba son las primeras palabras con las que inicia el Manifiesto IFLA-UNESCO sobre Bibliotecas Públicas 2022. Con sus siglas en inglés, la IFLA es la Federación Internacional de Asociaciones e Instituciones Bibliotecarias y es el foro mundial más trascendente donde se dan las ideas, los diálogos, la investigación y el desarrollo de estos equipamientos culturales que llamamos bibliotecas.

¿Por qué es importante este Manifiesto? ¿Por qué para Panamá es un documento que no debe dejar de pasar inadvertido? Porque los gobiernos nacionales y locales panameños no han comprendido el valor de las bibliotecas y su papel activo en el desarrollo. Los que toman decisiones políticas en el país suelen hablar de desarrollo y progreso, pero desconocen que el primordial valor económico y social de las bibliotecas es que ellas pueden mejorar la calidad de vida de las personas.

¿Por qué razón somos un país que presume un Canal interoceánico, un área bancaria significativa, el aeropuerto más grande de Centro América, los puertos más grandes, la minería más lucrativa jamás vista y tenemos las bibliotecas paupérrimas y abandonadas que parecieran que han sido sacadas de un país pobre? Porque no han invertido en un verdadero desarrollo humano que consiste en llevar información y educación a la sociedad a través del acceso a la participación del conocimiento que es garantía de los derechos humanos y culturales. Hemos ignorado por mucho tiempo el valor de las bibliotecas.

La biblioteca pública tiene múltiples formas de valor. Tienen valor social, porque es el espacio donde la comunidad se siente escuchada y reconocida; tiene valor inclusivo, porque los sujetos participan en las actividades y comparten experiencias y opiniones diferentes; tienen valor creativo, porque provocan un cruce de lenguajes en el que la comunidad se expresa a través de la lectura y otras formas de expresión; tiene valor de ideas, porque la gente reflexiona sobre sus problemas y comparte sus ideas; tiene valor formativo, porque la comunidad tiene acceso a la información y el conocimiento; incluso, la biblioteca pública tiene valor económico, porque cuando son dinámicas y creativas generan proyectos que impactan en la sociedad.

Este Manifiesto proclama la convicción de la UNESCO en la importancia de las bibliotecas públicas como fuerza viva de la educación, la cultura, la inclusión y la información, y como agente esencial para lograr el desarrollo sostenible y para que los individuos alcancen la paz y el bienestar espiritual a través de su pensamiento.

Todas las esferas del conocimiento y los problemas de la gente se cruzan en la biblioteca pública. Cualquier tema que pueda pasar por nuestra mente, está relacionado con la biblioteca.  Porque la biblioteca genera espacios de convivencia, crea ambientes favorables de interculturalidad, es el lugar para ejercer los derechos ciudadanos, el espacio donde se pueden mediar conflictos y tensiones y construir proyectos de vida.

Certifica el Manifiesto que las bibliotecas públicas son un componente esencial de las sociedades del conocimiento que se adaptan continuamente a nuevas formas de comunicación para cumplir su misión de proveer acceso universal a la información y permitir que todos los individuos hagan un uso significativo de ella, además se enumera una serie de misiones clave, relacionadas con la información, la alfabetización, la educación, la inclusión, la participación ciudadana y la cultura, deben ser la esencia de los servicios que ofrecen las bibliotecas públicas.

Una de esas misiones es que a través de las bibliotecas públicas se contribuye a cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible y a la construcción de sociedades más justas, humanas y sostenibles, algo que muchos países, entre esos el nuestro, no están cumpliendo violando directamente, no solo los derechos de los ciudadanos, sino contradiciendo acuerdos y convenios que firman los mandatarios en reuniones donde se invierten y gastan recursos que necesitan las bibliotecas.

El Manifiesto es contundente cuando al final dice que las bibliotecas públicas son responsabilidad de las autoridades locales y nacionales. Deben regirse por una legislación específica y actualizada, compatible con tratados y acuerdos internacionales, y estar financiadas por los gobiernos nacionales y locales. Deben ser un componente esencial de cualquier estrategia a largo plazo para la cultura, la provisión de información, la alfabetización y la educación.

En este sentido nuestro país cuenta con una Constitución que defiende la cultura y el conocimiento pero que no se está cumpliendo. Somos un país que cacarea a cada instante los Derechos Humanos, pero no los defendemos realmente. Hoy contamos con una Ley General de Cultura que implica a las bibliotecas, la lectura y el libro; y la nueva Ley por aprobar que crea el marco jurídico de las bibliotecas públicas, sin mencionar un número de acuerdos y convenios internacionales que hemos firmado como país a favor de las bibliotecas. Lo tenemos todo en papel, pero carecemos de voluntad política.

La Prensa, 10 de septiembre de 2022

viernes, 5 de agosto de 2022

La lectura en tiempos de crisis


Carlos Fong

En tiempos de crisis, ¿es posible que la lectura, como instrumento de transmisión cultural, pueda ayudar a confrontar los problemas que nos agobian? ¿Puede la lectura ayudar a reactivar y dar movimiento a las acciones ciudadanas adormecidas por las trampas del poder institucionalizado? ¿Puede la lectura, como práctica de colaboración y articulación, ser útil para tejer relaciones que permitan tomar decisiones solidarias? ¿Es importante saber leer en tiempos de incertidumbre?

Opinamos firmemente que la lectura ha tomado una importancia relevante en el escenario de la crisis. En su libro El arte de leer en tiempos de crisis, Michèle Petit nos describe un concepto de crisis social: “una crisis surge cuando, debido a cambios de carácter brusco […] o debido a una violencia continua y generalizada, los esquemas de regulación, tanto sociales como síquicos, hasta entonces vigentes, se vuelven inoperantes”. En este panorama, la lectura crítica es un componente decisivo para entender lo que pasa en la sociedad, más allá de las acciones de quemar llantas y tirar piedras o perdigones.

Si una crisis social tiene que ver con el deterioro de los indicadores básicos de una sociedad cuya merma afecta la calidad de vida de las personas en los distintos sectores mayoritarios más vulnerables, quiere decir que en el fondo de todo esto hay numerosos discursos que se manifiestan desde distintos ámbitos, espacios, tiempos y, desde luego, diferentes sujetos, y eso implica maneras de leer diversas.

En la actualidad, la comunidad se enfrenta a una efervescencia de lecturas que van desde decretos, actas, informes, cartas, comunicados, manifiestos, resoluciones, artículos, opiniones, noticias, proclamas, anuncios, fake news, memes, etc., que requieren de una mirada crítica para percibir las actitudes, puntos de vista, intenciones, conceptos, interpretaciones, juicios, valoraciones y falsedades de un universo de lecturas en el contexto de crisis.

Necesitamos recordar que la lectura es una práctica sociocultural y que un texto (no solo el formato de libro) es un instrumento de socialización, por lo cual es a través de la lectura que conocemos el mundo y su realidad, organizamos su imagen y su presentación que tratamos de comprender. Por eso la lectura es una carta de presentación del mundo, para usar una metáfora como lo hace Michèle Petit en sus estudios sobre cómo las crisis pueden afectar los ámbitos, los deseos y reactivar el pensamiento.

En otro estudio de Petit titulado Sentir y transmitir: el arte de los mediadores de lectura en contextos de crisis, la autora indaga en la experiencia y la conexión de la lectura con la creatividad y la posibilidad de construir un pensamiento ciudadano: “Ahí donde la lectura nos habla de lo más hondo de la experiencia humana en forma condensada y estética, donde la esclarece, donde despierta el deseo y el pensamiento (…)”.

La experiencia de la lectura en tiempos de crisis nos lleva a transitar por distintos espacios para abrirnos los ojos y reconocer las amenazas implícitas en los diversos discursos. Es por eso que Alberto Manguel nos recuerda los poderes que tenemos los lectores: “La verdad es que nuestro poder, como lectores, es universal, y es universalmente temido, porque se sabe que la lectura puede, en el mejor de los casos, convertir a dóciles ciudadanos en seres racionales, capaces de oponerse a la injusticia, a la miseria, al abuso de quienes nos gobiernan”.

Daniel Cassany nos dice que leer con formación crítica contribuye a formar ciudadanos más respetuosos, autónomos y dialogantes para una democracia más madura y justa. Es por eso que, al leer -más allá de la comprensión del contenido superficial- las ideas principales, el tema, las inferencias, hay que leer para “asumir que cualquier escrito tiene ideología, reconocer y entender esa ideología en los escritos y en sus contextos, y respetarla, reaccionar de manera constructiva a esa ideología, elaborar opiniones propias, coherentes con las creencias y los intereses personales, coincidan o no con las ideologías de los escritos”.

Cassany defiende que la democracia requiere una ciudadanía implicada en el ejercicio de la libertad de expresión. En este sentido, la lectura y la escritura son componentes esenciales de la libertad que están vinculados al desarrollo social, cognitivo, comercial y económico, además de otros aspectos de la democracia. La lectura está contenida en todas las zonas de la vida humana y es indispensable para el diálogo y la convivencia entre los seres humanos cuando hay una crisis.

La lectura y la escritura son un canal para resolver conflictos. A través de la escritura se elaboran acuerdos y se firman convenios que implican una lectura previa, revisión y discusiones, lo que genera un diálogo que deviene en consenso para encontrar de manera conjunta respuestas a la realidad en su complejidad.

La experiencia de la crisis interna que acabamos de vivir y los acuerdos logrados en términos de educación, deberían de orientar a los protagonistas del conflicto a una reflexión de la importancia de la lectura crítica en la educación. Una lectura, como advierte Cassany, que vaya más allá de buscar la idea principal, el resumen, la memoria, la repetición, la pregunta aséptica, sino que apunte a interrogar la realidad, a conectarse con el mundo y su complejidad; que respete la diversidad de opiniones, aunque no estemos de acuerdo, porque tenemos nuestras propias ideas que defendemos, pero que al final nos ayude a ser comprometidos con la sociedad para lograr negociaciones.

La Prensa, 05 de agosto de 2022

sábado, 2 de julio de 2022

Del sentido y necesidad de los cuentos

 

Carlos Fong

 

La mayoría de las ocasiones que me invitan a contar cuentos en cualquier tipo de espacio, ya sea público o privado (pensemos en una feria, plaza o, incluso, un mall, siniestro lugar para contar cuentos), los organizadores suelen decir frases como: “aún hay pocos niños”, “los niños no han llegado”, “ya no demoran los niños”. Y yo les respondo: pero los cuentos no son solo para niños.

Si bien algunas veces contamos cuentos para eventos donde hay niños (una escuela, por ejemplo) o en alguna asociación que trabaja para niños, un albergue o fundación, los repertorios de cuentos escogidos son exclusivos para edades infantiles, también es cierto que hay cuentos para adolescentes y adultos. Las leyendas, los relatos, los mitos y las fábulas son también apreciadas por los adultos cuando hay una experiencia estrecha entre ellos.

Cada vez que puedo hablar a los adultos sobre la necesidad de leer y escuchar cuentos, les digo que estoy convencido de que las historias, algunos cuentos, son importantes para los adultos por sus conexiones con la realidad y que son ellos los que hoy día, más que un niño, necesitan escuchar cuentos. Porque los cuentos nos ayudan a conversar y reflexionar, a hablar de nuestros problemas comunes y, sobre todo, a pensar.

En las últimas semanas, he contado cuentos en la Feria del Libro de Boquete, en una feria del Ministerio de Ambiente y a una organización de personas no videntes. Esta última experiencia me resultó especial, porque jamás había tenido la oportunidad de contar cuentos a un grupo de adultos ciegos. Al final, conversamos sobre el arte de contar cuentos. Uno de ellos me preguntó si yo escogía mis cuentos por la moraleja o el mensaje. Le respondí que suelo escapar de los cuentos con moraleja. Sería incapaz de contar un cuento que termine diciendo: y esta historia nos enseña...o esta historia es para que vean que...

El caso de las fábulas es distinto, porque la fábula es una categoría de relato donde la trama plantea un problema a través de sus personajes, que suelen ser animales que se comportan con cualidades humanas y por eso la historia deviene en una moraleja que sirve para ilustrar algo en la vida. Las fábulas de Esopo, por ejemplo, son una joya. 

Creo que todos los cuentos tienen algo que mostrarnos. Tienen algo que revelarnos, que descubrirnos, pero es un error usar los cuentos para hacer pedagogía de forma forzada. Usar los cuentos como trampas para enseñar algo es lo más indigno para una historia que fue escrita para evocar emociones, memorias o ilusiones, no para dar lecciones. Las cualidades de un buen cuento pueden perderse cuando queremos usar el relato para inculcar valores o enseñar moral.

No quiero ser malinterpretado. Alguien podría juzgarme mal y decir, por ejemplo, entonces, ¿usted dice que no podemos usar los libros de cuentos para enseñar valores o educar? No exactamente. Creo que no hace falta recordar que hay cuentos para niños de autores reconocidos que sirven para jugar mientras aprenden a contar números, reconocer las letras o divertirse con los colores, etc. Sin embargo, hay cuentos para niños que los hacen descubrir las cosas del mundo sin necesidad de enseñar, sino que les presentan el mundo. Presentar el mundo y sus contradicciones tal vez sea mejor.

Volvamos a los adultos y su relación con los cuentos. En ellos, las historias tienen otra función, tal vez más cercana a provocar incertidumbre y a confrontar otras zonas. Un cuento puede ayudar, por ejemplo, a que un adulto piense en la noción de libertad. La libertad es un riesgo. La libertad implica saber tomar una decisión y esa decisión puede ser mala o buena. Es decir, es un problema de la ética. La ética es la elección de una conducta. Me gusta contar historias a los adultos donde sientan que esa historia se parece a muchas cosas de la vida real que los rodea donde hay que tomar decisiones.

A través de los cuentos, podemos tener una especie de radiografía del mundo que nos revela constantemente las cosas de la vida y, por qué no, de la muerte. Por medio de los cuentos, podemos hablar de la verdad, la mentira, la justicia, la libertad, la democracia, el placer, la conciencia, la naturaleza, los conflictos, la familia (en todas sus dimensiones y formas), la solidaridad, la cooperación, la tolerancia, la identidad y la memoria.

Entonces, hoy más que nunca, necesitamos volver a conversar a través de las historias, los cuentos. Muchos objetan: “en estos tiempos, lo que no se quiere es cuento”. Sin embargo, los cuentos también nos ayudan a pensar y tener conciencia de la realidad. Los cuentos son mentiras, sí, mentiras que nos permiten acercarnos a la verdad y que, en momentos de crisis e incertidumbre, pueden servirnos para cuidar el espíritu, las relaciones, la sociedad, la libertad, incluso el destino.

La Prensa, sábado
02 julio de 2022

lunes, 30 de mayo de 2022

Las dos caras de la cultura

Es probable que nunca en la historia de la humanidad había sido tan importante entender la necesidad de retomar la relación de los humanos con la naturaleza; jamás había sido tan indispensable desarrollar destrezas para el conocimiento que nos ayuden a construir sociedades más justas y equitativas; ningún tiempo pretérito ha sido tan imprescindible para que la humanidad reconozca el valor de la solidaridad, la cooperación, la resiliencia y la empatía; nuestras  capacidades y habilidades intelectuales nunca habían jugado un papel tan decisivo en el presente para definir el destino.

Todo lo anterior podría resumirse, en una palabra: Cultura. Tal vez en toda la historia de la especie humana jamás la cultura había sido tan protagónica en un escenario universal donde las artes ayudaron a resistir la incertidumbre y la ansiedad; donde la ciencia y el conocimiento fueron decisivos para combatir el Sars-CoV-2; donde las estrategias de reorganización de una nueva normalidad produjeron una forma de convivencia nunca antes vista; donde la educación, pese a la brecha sin precedentes que afectó directamente a las poblaciones más vulnerables en todos los territorios, dejó a millones de personas sin recibir instrucción escolar y otros millones que desertaron.

Todo esto se puede enmarcar en la cultura. La cultura es un componente fundacional en la toma de decisiones de la única especie que ha sido capaz de inventar la escritura, el libro, la lectura, los rifles, las bombas y los bombarderos. La cultura es destrucción y es construcción; la cultura es fatalidad y felicidad. La cultura es Dios y el diablo, al mismo tiempo. Es el diálogo entre el infierno y el cielo.

Ha sido la misma cultura la que ha matado a millones de personas en los últimos dos años. El fracaso de la cultura podríamos decir consiste en que somos incapaces detenernos. La cultura de la destrucción y la violencia son las más dañinas; esa forma de tratar a la naturaleza desde las costumbres, creencias y tradiciones culturales que han creado una brecha entre el hombre y su mundo. Sí, es la cultura, es decir, ese conjunto de valores, pensamientos, ideas, conceptos que hacen que los humanos tengan cierto comportamiento, cierta actitud, una organización como colectivo; una raza humana que cada vez necesita consumir más, devorar más; una especie de animal pensante con una cultura egoísta que ha destruido y está destruyendo la naturaleza sin parar.

Por otra parte, paradójicamente, ha sido la cultura la que nos ha mantenido vivos. La cultura nos ha ayudado a seguir buscando otras posibles formas de convivencia que nos devuelvan la relación que existía con la naturaleza. Con la cultura hemos creado instituciones que son fundacionales en la construcción de sociedades prósperas, justas, inclusivas y democráticas. Con la cultura podemos tomar decisiones que nos salven del desastre. Hemos edificado un pensamiento y conocimientos que pueden orientarnos. Esta dualidad de la cultura, está contradicción es la que da sentido a todo lo que hacemos como seres humanos.

Escribe Carlos Julio Cuartas Chacón en un ensayo sobre Pedro Claver, que al menos existen dos formas de pensar el término cultura. Uno es cruel, casi perverso, pero tiene mucho sentido, y el otro es más cándido, casi utópico, pero ofrece esperanza. Para eso cita a Antonio Caballero que considera que  "hay muchas almas cándidas que piensan que nos mataríamos menos si hubiera más cultura. Y que haya que fomentar la educación y la cultura para que alcancemos la paz. Me parece que pensar así es tomar el rábano por las hojas. Nos matamos a causa de la cultura, como consecuencia de la cultura, y no porque esta nos haga falta»

La otra noción tiene más esperanza y se centra en la cultura como una herramienta de transformación, casi de resocialización. Cuartas Chacón cita ahora a Franco Bianchini para quien «las actividades culturales tienen una función importante en la cohesión social, para desarrollar una cultura de la paz y del respeto». Para Cuadras la palabra cultura puede apelar a escribirse con minúsculas cuando la pensamos en términos de políticas culturales, cuando se suscribe al arte, y se escribe con mayúsculas cuando intenta describir a la sociedad actual; por eso escuchamos expresiones como cultura de la violencia, cultura de la corrupción o cultura de la muerte.

Debo confesar que soy de ese bando de personas cándidas que piensa que nos mataríamos menos si tuviéramos más bibliotecas, más museos o más centros culturales. Soy de los que cree que una persona puede cambiar su calidad de vida, al menos espiritual, si tiene un encuentro más estrecho con los hechos del arte. Sin embargo, estoy convencido de que si reconocemos que la cultura es solo una representación simbólica de valores que en sí mismos no son nada, pero que adquieren sentido cuando podemos direccionar sus virtudes o defectos hacia la construcción de competencias ciudadanas. De nuestro sentido y propósito de la cultura, de la idea que tengamos de lo que realmente importa, dependerá que decidamos destruir bibliotecas o poner un rifle al alcance de un niño.


La Prensa, 28 de mayo de 2022.

sábado, 21 de mayo de 2022

Los elementos de la destrucción

En El Eclipse, el cuento de Augusto Monterroso, se narra la historia de Fray Bartolomé Arrazola quien se encuentra perdido en la selva de Guatemala.  Arrozola es atrapado por un grupo de indígenas que se disponen a sacrificarlo. Él tratará de librarse de la muerte valiéndose de su cultura universal y conocimientos astronómicos; pero, finalmente, el sacerdote indígena abrirá su pecho en la piedra de sacrificios.

El Eclipse puede tener muchas lecturas. Una de las cuales plantea el tema del choque cultural de dos civilizaciones. La civilización colonizadora ve a la otra, no como una civilización organizada con cultura, sino como a un grupo de salvajes ignorantes, bárbaros carentes de educación, por lo tanto, merecen ser colonizados.

En el relato se cita a Aristóteles, creador de la tesis de la servidumbre o inferioridad natural que fue acogida por Santo Tomas de Aquino, de allí la conocida tesis aristotélica-tomista que utilizaron los colonizadores para esclavizar y exterminar a los pueblos indígenas. En el cuento los conocimientos de Aristóteles no le sirven al personaje para salvar la vida. Los sacerdotes mayas no logran ser engañados y demuestran sus conocimientos astronómicos sin la ayuda de Aristóteles.

Frantz Fanon nos recuerda que la descolonización es siempre un fenómeno violento. Sin embargo, esa transición también es una tensión donde el conocimiento es vital para la emancipación o la conquista. Por eso el cuento termina de forma violenta y las fricciones del conocimiento representan la vida y la muerte.

El debate sobre los derechos de los indígenas se va a dar en la famosa disputa de Vallalodid protagonizada por Juan Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas. La discusión entre Sepúlveda y Las Casas, apoyada en las Crónicas de Fernando González de Oviedo, sentará las bases del derecho jurídico-político y una nueva mirada filosófica del pensamiento.

Cuatrocientos años después se dará otra polémica, esta vez entre Leopoldo Zea y Salazar Bondy sobre la autenticidad o posibilidad de un pensamiento o filosofía latinoamericana. Ha corrido mucha agua en el río. Hoy existen instituciones como las bibliotecas, donde se conserva el pensamiento y el conocimiento que permiten construir sociedades democráticas y donde se cuidan los derechos culturales, porque el conocimiento es una forma de libertad y un derecho.

¿Por qué traemos estos relatos de lucha y tensiones donde la libertad y el derecho han tenido un protagonismo relevante? Porque estamos convencidos de que en Panamá las personas desconocen sus derechos a la información y el conocimiento. Se ignora el poder que tiene el conocimiento. Se desconoce el relato de la historia de los derechos humanos.

Vayamos al punto. Cuando se descubrió que la biblioteca del Instituto Nacional había desaparecido era motivo para que la ciudadanía reclamara su derecho. Solo un grupo pequeño de personas protestó, por suerte, y la denuncia por parte de Ileana Gólcher se dio a conocer.

En nuestro país se pierden esculturas, libros, se destruye la memoria y las bibliotecas desaparecen de varias formas, porque la ciudadanía desconoce la noción de derechos culturales y su categoría de sujetos sobre esos derechos. No hay cultura de la memoria ni se valora todo lo que genera pensamiento. Existe una actitud colonizadora que pretende desvirtuar el valor de las bibliotecas y la comunidad desconoce su derecho a la información.

En nuestro país nos descolonizamos gracias a un proceso histórico donde la violencia no faltó, donde los mártires derramaron su sangre, pero aún seguimos colonizados por la ignorancia y por la indiferencia de las autoridades. Seguimos eclipsados desde una institucionalidad y una gobernabilidad que no tiene interés de despertar el amor por el pensamiento y el conocimiento.

En nuestro propio país se ha generado un pensamiento y una literatura importantes que permitieron definir categorías como nación, nacionalidad, Estado, soberanía, dependencia, colonia, identidad nacional y realidad social y el derecho. Bastaría con mencionar a Ricaurte Soler, Diego Domínguez Caballero, Humberto Ricord, Rodrigo Miró, Raúl Leis, Olmedo Beluche, Octavio Tapia, podríamos seguir. Nuestros jóvenes y niños no conocerán estos nombres y muchos otros porque están siendo borrados de la memoria colectiva.

Podemos entender que hacia los años 643-644, un musulmán egipcio llamado Amr ibn al-As le fuera encomendada la misión de destruir un museo donde estaba la biblioteca de Alejandría; podemos entender que Shih-Huang Ti, el emperador que edificó la Gran Muralla China, hiciera quemar todos los libros anteriores a él con el propósito de que la historia empezara a partir de su reino; podemos comprender que los nazis decidieran hacer hogueras con los libros que ellos odiaban; podemos imaginar por qué durante la Segunda Guerra Mundial más de 500 mil libros de la Biblioteca Estatal de Baviera ardieron; podemos entender por qué en 1993 fueron destruidas las bibliotecas por parte de las milicias nacionalistas croatas; podemos entender por qué en el 2003 las fuerzas de coalición, lideradas por los Estados Unidos,  se ensañaron con la biblioteca nacional de Irak y quemaron más de un millón de libros, entre ellos las únicas tablillas de la civilización sumeria y documentos del periodo Otomano.

Todas estas tragedias tienen un propósito por muy salvaje que parezca. Todas se pueden justificar desde la lógica del coloniaje.  Pero en Panamá, no podemos entender por qué razón se odian tanto a las bibliotecas y, aunque no las encienden en llamas, podemos pensar en una destrucción sistemática de la memoria. Algo que vamos a pagar muy caro y que tal vez ya estamos pagando desde una ciudadanía que desconoce sus derechos y sus tesoros.


La Prensa, 21 de mayo de 2022

El otro lado de la realidad

Carlos Fong A veces tengo la percepción de que los panameños vivimos en mundos paralelos. Esa clase de realidad cuántica donde suceden c...