sábado, 23 de mayo de 2020

Fragmentos de una despedida



Carlos Fong

Isis Tejeira (1936-2020)
Estos días de tedio y confinamiento se tornan más lúgubres y pesados cuando el solitario viento y la súbita lluvia te susurran que un amigo ha fallecido. Las nubes grises del invierno parecen traer el rumor de recuerdos lejanos que se desgajan como antiguas guirnaldas olvidadas para decirnos que la felicidad consiste en saber recibir y dejar ir los grandes momentos que compartimos con los seres queridos.

La amistad es más que una palabra. Eso me consta. Un día, hace algunos años, caminaba por los pasillos de la Escuela de Español de la Universidad de Panamá y pregunté por la profesora Isis Tejeira. Alguien me dijo que estaba muy enferma; sentí una tristeza comparada a cuando enfermó mi padre, pero no me atreví a ir a visitarla. No sé por qué. Supongo que nunca fui un buen amigo. Ahora me siento un fracasado en la empresa de la amistad y conservo con nostalgia la imagen de una mujer alegre que siempre decía las cosas con gracia incomparable. El lunes 18 de mayo murió Isis Tejeira.

Amigos, colegas y familiares han escrito sobre Isis y han hecho semblanzas que yo solo duplicaría torpemente. Bastaría con recordar que fue hija de Gil Blas Tejeira, el creador de la novela Pueblos perdidos; será suficiente con reafirmar su compromiso con la cultura y la educación y que también nos dejó una obra literaria de gran valor.

Isis Tejeira nos dejó una obra pequeña en volumen, pero grande en contenido. Su novela, Sin fecha fija, debería ser parte del canon de la literatura que deben leer los jóvenes. Es una historia que desde el inicio va a presentar a un personaje que atraviesa por una situación dramática existencial y que permite, por medio del monólogo interior, explorar la condición humana: “¡Vea la vaina! ¡Pasó lo que tanto temía! ¿Por qué no fui por la escalera? ¡He quedado atrapada! ¡Contra! ¡Qué país éste en que siempre se va la luz! Y no sé ni dónde está el timbre de alarma. ¡Qué oscuro está esto! Debí haberme fijado dónde estaba el timbre, me enseñaron a ser tan precavida, tan todo en su sitio, tan ordenada… y ahora...”, dice el personaje al inicio de la novela.

Desde las primeras líneas Isis nos va haciendo una radiografía de un país donde “siempre se va la luz”. Esa misma preocupación por lo existencial lo vamos a ver en sus cuentos Está linda la mar... y otros cuentos y El impostor: tratado sobre un milagro ausente.

Actriz, directora teatral, novelista, cuentista y profesora, a cada una de estas fases Isis le dedicó su amor y compromiso, por eso su sobrino, Felix Armando Quirós Tejeira, que también es escritor, brindó con estas palabras: “Por tí, que eras una y fuiste todas. Indoblegable madre coraje. Tejedora de los sueños de San Blando, que no tiene cuando, donde el dolor nos devora con la amenaza del vacío; pero con un guiño asomas desde el corazón y anuncias la imposibilidad de tu ausencia”.

De todos los textos que he leído en estos días sobre Isis, quisiera rescatar otros fragmentos como el de Isabel Victoria Turner, quien hizo un resumen de su trayectoria, pero selló con estas palabras: “…queda en el tintero lo más importante, su calidad de ser humano, de amante hija, de hermana, de atesorar un inmenso amor por la familia; su abierto corazón de amiga fraterna que nunca restó cariño y fidelidad a quienes acogió en su anchuroso corazón”. Y el poeta Porfirio Salazar dijo: “…hacedora de sueños, amiga, coraje del agua y de la escena, no estás muerta. Amiga aire, amiga pájaro, amiga copa que rebosa llena de esperanzas...”.

Otros colegas, como Rodolfo De Gracia Reynaldo, rescatan frases de Isis sobre la función del teatro: “No veo el teatro como un escape, no me gustan los escapes. Es un cambio. Es una forma de enviar mensajes, de comunicar situaciones, de hacer denuncias'. Y el periodista cultural Daniel Domínguez apunta: “La recuerdo siempre contenta y de un humor contagioso. Tenía esa alegría y esa picardía propia de los duendes. Siempre me incentivó a seguir en esto de contar historias desde el periodismo”.


Qué puedo yo decir de mi profesora Isis Tejeira que se compare con lo que han dicho sus mejores amigos, familiares, alumnos y colegas. Qué puedo decir yo que sea tan digno como la voz del poeta o el recuerdo del familiar herido. Tal vez solo darle las gracias póstumas por las palabras de aliento que me daba para seguir escribiendo y seguir trabajando por la cultura. Tal vez recordar esos dos lagos cristalinos que me miraban acompañados de una sonrisa y esa voz que decía palabras para hacerme reír y saber resistir; porque de eso se trata la vida, en saber resistir con coraje como Isis Tejeira supo vivir.

La Prensa, 22 de mayo de 2020

lunes, 18 de mayo de 2020

La nueva normalidad y la cultura



Carlos Fong

Cultura no es una palabra que se evoca como una panacea contra los problemas que aquejan al mundo. De hecho, la palabra cultura es problemática en sí misma. Paul Johnson, refiriéndose a Jean-Jacques Rousseau, quien había escrito en su Emile: “El aliento del hombre resulta fatal para sus semejantes”, escribió que toda cultura trae problemas, ya que es la asociación del hombre con otros lo que saca a relucir sus propensiones malévolas.

El 21 de mayo es el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo, en el marco de la crisis que sufre el mundo en la actualidad, y que ha desnudado, a propósito, muchos males de la humanidad, creo que es pertinente hacer una reflexión sobre el papel dimensional de la cultura.

Si toda cultura es problemática, si es el lugar donde se generan los conflictos, quiere decir también que es el espacio privilegiado donde se logran consensos. Si toda cultura es la extracción de las fatalidades y contradicciones malignas de los hombres, quiere decir que también es el transmisor de las virtudes más nobles del ser humano: la cultura nos ayuda a tomar buenas o malas decisiones.

Pienso que los momentos que atraviesa la humanidad a causa de la Covid-19 deben servir para tomar decisiones claves para el desarrollo humano y la cultura va a ser uno de los canales más importantes para lograr la nueva normalidad de la que tanto se habla.

De hecho, creo que para que esa nueva normalidad sea más saludable para el ser humano y todo su entorno, será menester rescatar el valor social de la cultura para apostar por horizontes y alternativas que en algún momento de la historia eran parte de la vida cotidiana. En otras palabras, creo que la nueva normalidad debería basarse en viejos referentes culturales que nos permiteron convivir con la naturaleza.

Los expertos en economía afirman que será necesario reorientar los procesos de desarrollo económico. Esa reorientación sin un desarrollo sociocultural sostenible agravará aún más la situación. Si las nociones de desarrollo no van dirigidas hacia una relación estrecha y sana con la naturaleza, quiere decir que no aprendimos nada.

Hay que apelar a la búsqueda de nuevas articulaciones y relaciones con el medio ambiente. Es indispensable retomar el diálogo con la naturaleza como Rodrigo Tarté lo advirtió en su momento. Debemos aprender a contextualizar estos momentos de conocimiento, experiencia y aprendizaje para repensar y darle sentido a la crisis desde la cultura y la educación. Incluso, hay que aprender a leer la incertidumbre que nos queda para interrogar la realidad y buscarle posibles respuestas.

La tarea que le toca a la educación es de gran magnitud. Ya grandes mentes como Noam Chomsky han dicho que es el momento de enseñar a los niños y jóvenes a entender el mundo.

Es importante que los docentes resignifiquen el valor de palabras como creatividad, participación, cooperación, solidaridad, empatía, para que en las aulas vuelvan a tener sentido, porque nuestra educación ha estado orientada a una lógica de competencia que es parte de la lógica neoliberal.

Debemos aceptar nuestros errores. Por ejemplo: ¿serán capaces nuestros gobiernos de reconocer que las políticas neoliberales agravaron las condiciones de la pandemia? Se habla de brechas tecnológicas, sanitarias, económicas, brechas de pobreza, pero, ¿nuestros gobernantes están dispuestos a confrontar los orígenes que crean esas brechas?

Seré temerario, pero sincero: pese a que la cultura es una herramienta de cambio social, la crisis no es garantía de que el sector cultura va a ser mejor, visible y saludable. Por eso desde la cultura se lucha y se resiste, porque también ella tiene brechas.

La Ley de Cultura, por ejemplo, otra víctima también de la pandemia, debe posicionarse ahora más que un documento que habla de derechos culturales. Debe servir para edificar el inventario del momento intelectual que ha generado la pandemia y consensuar el conocimiento de manera que todos los sectores sean verdaderamente tomados en serio desde una política cultural realmente efectiva.

Todos los movimientos culturales y sociales tienen una nueva experiencia que aportar y compartir a partir de ahora. Pero sin esos pactos, esas alianzas y esas dinámicas culturales, no construiremos nada positivo y la nueva normalidad será solo un eufemismo más en el diccionario humano de la infamia.

La Prensa, 16 de mayo de 2020


Del arte de echarse en la hamaca



Carlos Fong

Cuando el cielo truena y el perro corre a esconderse es cuando los entendidos del arte del ocio se regocijan porque saben que se avecina la lluvia, momento excelente para disfrutar de la cama o de la hamaca. Las primeras lluvias que han caído me han agarrado en mi casa por estar confinado como muchos panameños. Esto me ha permitido disfrutar de un soplo de delicada felicidad, porque son momentos que aprovecho para echarme en la hamaca y ponerme a trabajar.

¿Trabajar acostado en una hamaca? Sé que alarma al lector. Es menester que no confundamos pereza con el ocio. El segundo es un espacio en la vida de las personas donde el recreo y la cultura son una forma de felicidad necesaria para que las personas puedan rendir mejor en su trabajo. La pereza no produce ningún fruto. El espacio del ocio puede ser altamente productivo si se hace con creatividad.


El escritor chino Lin Yutang, en su libro El goce de la vida, dice en el primer capítulo titulado “De tenderse en la cama”, que “las nueve décimas partes de los descubrimientos más importantes del mundo, tanto científicos como filosóficos, se logran cuando el hombre de ciencia o el filósofo se halla acostado en la cama”.

Estoy convencido de que si las personas tuvieran al menos la oportunidad de contar con una hora diaria para descansar echados como mejor les venga, podrían tomar mejores decisiones para que sus proyectos sean más efectivos. Estoy seguro de que la mayoría de las mejores decisiones que han ayudado al mundo se han tomado desde una postura cómoda y relajada.

Desde luego que esta filosofía no es aprobada por los que acumulan riqueza a costa del trabajo asalariado y por los que creen que un servidor público debe estar las 8 horas en su puesto rodeado de cuatro paredes sin descanso; antes de eso, dos horas en un tranque para llegar a su trabajo y después dos horas más para regresar a su casa. Los que creen que hace 40 días los panameños éramos más felices, están equivocados. El Covid-19 no vino a desmejorar la calidad de vida; ya existía ese empobrecimiento.

En estos momentos, muchos trabajadores de la salud y de otros sectores trabajan al cien por ciento. Cuando ellos se acuestan a descansar, su espíritu se abstrae con dificultad y el valor de la soledad y la contemplación son aliados para resistir esta crisis. Esto está acorde con lo que dice Yutang: “El arte de estar tendido en la cama significa algo más que el descanso físico después de haber pasado un día de esfuerzo”.

Estos trabajadores que se están sacrificando el doble que el resto de la población llegan a sus hogares y desnudan sus pies, suspiran o resoplan tendidos en un sillón o en su cama y en esa cómoda postura pueden ponderar, según Yutang, sobre sus aciertos y errores, separar lo importante de lo trivial en el programa diario de esta crisis. Porque solo cuando los dedos de los pies se hallan libres, se libera la cabeza y es posible pensar.

Algunas personas me han expresado que están trabajando más duro con el teletrabajo y no tienen tiempo ni para descansar, pese a que están en sus casas. Tal vez lo único que aprovechan son las horas de tranque de las que se han librado, no tener que caminar muy lejos para ir al baño y disfrutar de una comida casera. Confinadas en sus casas, deberían sacar provecho al tiempo y tenderse en una hamaca.

Los que puedan disfrutar de una hamaca, preferiblemente colgada de forma estratégica en la terraza mirando hacia un pequeño jardín, muy bien. Privilegio inmenso los que tengan un río, el mar o una colina para admirar; pero basta con tener una hamaca y un pequeño jardín para pensar, leer y descansar. Una hora de ocio aprovechada es vital para organizar el programa diario.

En el caso de los escritores, comparto la filosofía de Lin Yutang. Dice: “…para el pensador, el inventor y el hombre de ideas, significa aún más tenderse tranquilamente en la cama durante una hora. Un escritor puede obtener más ideas para sus artículos o su novela en esta posición, que sentándose tercamente ante el escritorio toda la mañana y la tarde”. Sé que estos días de confinamiento pronto terminarán; entonces, volveré al tedio y las prisas; mientras tanto, disfrutaré de mi hamaca.

La Prensa, 08 de mayo de 2020

Rogelio Guerra Ávila: modelo para narrar la identidad

  Rogelio Guerra Ávila La XLVI Semana de la Literatura Panameña, Rodrigo Miró Grimaldo, que organiza el Departamento y Escuela de Español de...