viernes, 10 de julio de 2020

Pensamiento, imaginación y creatividad para una nueva normalidad


Carlos Fong

Hay dos experiencias que quiero citar para sustentar este artículo. La primera es el concurso de creatividad virtual Arte en Casa que organizaron Arckalab y Space. Fui jurado de este concurso, donde participaron muchos niños en distintos formatos, que iban desde la pintura, la creación literaria y las manualidades. Fue una experiencia emocionante ser parte de este concurso, porque los trabajos que realizaron estos niños fueron hechos en el marco de la pandemia, en medio de la ansiedad de estar confinados. Pudimos hacer una lectura, desde el arte y la imaginación creadora de los niños, de la forma en que extrañan su mundo, la manera en que ellos sueñan el país, y cómo desde el imaginario de infancia hay una propuesta para construir mejor el país. La pregunta que me hice: ¿estamos escuchando a los niños y jóvenes para poder reconstruir la sociedad? 

La segunda experiencia fue con Ana. Ana es una adolescente con muchas inquietudes y su deseo es ser una escritora. Es alumna del Instituto Alfredo Cantón, becada por la Fundación Alberto Motta y participa de los programas del Centro Superarte de esta fundación. La conocí a través de su mentor, Jesús Martínez, un viejo amigo periodista, quien la está guiando en su intricado camino para ser una profesional. Ana quiere ser escritora y me recordó cuando hace más de 40 años yo tenía las mismas interrogantes: qué estudiar, qué leer, con quién hablar. Le hablé como a mí me habló Herasto Reyes en aquellos tiempos, cuando yo no tenía ni idea de lo duro que es el proceso para ser un escritor. Es decir, una persona que escribe para aportar algo con valor para la sociedad.

Estas dos experiencias con la vida y la cultura me han hecho reflexionar en algo que Michele Petit menciona en el prólogo de su libro Leer el mundo: la apuesta de la enseñanza va más allá de una utilidad mensurable. Mi antropóloga de la lectura favorita se ayuda de otros pensadores, como Drew Faust, presidenta de Harvard, para decirnos que “los seres humanos necesitan sentido, comprensión, perspectiva tanto como trabajo”. Algo así como la bíblica frase: no solo de pan vive la gente. También nos remite a ese famoso discurso de Federico García Lorca: “Medio pan y un libro”, en el cual Lorca se refiere al libro como “la mayor obra de la humanidad”. La imaginación, el arte y la lectura son también una forma de alimento para que podemos resistir las adversidades de la vida. La gente necesita trabajo y comida, pero también intuición, emociones, pensamiento, que le den sentido a su vida.

No recuerdo a quien le escuché decir, creo que fue a Gloria Bejarano, mi madre en cuestiones pedagógicas, que sería una gran cosa que las autoridades le añadieran a la bolsa solidaria un libro. Un pequeño libro de literatura. Podría ser un cuento o un poema. Esto serviría para que las familias, al abrir la bolsa, no solo encuentren comida para las tripas; también comida para el pensamiento. Es como aquel proyecto de ayuda social, que desafortunadamente no es panameño, donde al entregar una casa o un apartamento a la familia beneficiada, recibían también con la casa un pequeño librero lleno de libros. Porque la familia también necesita nutrir el espíritu y el pensamiento. Con la pandemia, los panameños, al igual que otras naciones, descubrimos que no solo estábamos vulnerables en términos de equipamientos de salud; también en términos de cultura. Sólo México contaba con un protocolo de intervención cultural en situaciones de emergencia que nació con el duro terremoto que vivieron en el 2017. 

La falta de imaginación y creatividad conducen, no solo a la alienación y enajenación de las personas; también es una forma de empobrecimiento que incapacita la voluntad de pensar y es allí donde está la verdadera enajenación y la incapacidad de expresarse como sujetos de derechos. Cuando veo en los medios a una persona gritar contra las autoridades, con toda la justificación del mundo, reclamando la falta de algún servicio, pero lo único que sale de su boca son palabrotas que oscurecen su protesta, solo pienso en la diferencia que hubiera sido si esa persona hubiera tenido la capacidad de organizar sus ideas y expresarse con un lenguaje menos superficial.

Pienso que la imaginación, la creatividad y el pensamiento crítico son instrumentos para que las personas puedan imaginar su contexto. Hablamos de una nueva normalidad, pero esa nueva normalidad se refiere a movilizarse en un mundo con normas de bioseguridad. La verdadera normalidad debería de partir de una nueva ética del pensamiento que nos ayude a reorganizar el ecosistema en todas sus formas. La “imaginación inteligente”, como la llamaba Cesare Pavece, es ahora, más que nunca, una de las vacunas importantes que deberíamos descubrir y todos inyectarla en nuestras vidas.

La Prensa, 03 julio de 2020


Aprendiendo un poco sobre el cuento y su misterio


Carlos Fong

Algunos amigos me reclamaron algo en mi artículo anterior. Me dijeron que había aclarado qué no era un cuento, pero que no había dicho qué era un cuento. En realidad, sí lo hice, pero creo que no fui muy preciso. Ese artículo apelaba a una relación más estrecha de mi vida con el cuento. Ahora quisiera navegar por otro afluente del río de los cuentos. 

Un cuento es una ficción. Eso significa que es una mentira. Una mentira que nos ayuda a tener una relación especial con la realidad. También es una mentira que nos habla de la realidad (quiero eludir la palabra verdad) desde otro enfoque: desde la imaginación. La imaginación no es lo que algunos piensan. Algo que es solo útil al artista o a la persona que vive de la creatividad. La imaginación es muy útil para todos.

Vuelvo al cuento como hecho estético. Un cuento es una mentira que deja una impresión de la realidad. Una mentira que falsea la realidad para descubrirla o reinventar otra realidad, no menos impresionante de lo que conocemos como realidad. Con esa mentira, con esa recreación le damos un sentido nuevo al mundo y no solo lo hacemos más interesante; también más significativo. Al hacer verosímil lo dudoso e imposible, estamos dándole sentido a los hechos de la vida.

Una vez una amiga muy querida, maestra, algo de historiadora y socióloga, me dijo que ella no leía cuentos ni novelas. Las ficciones no eran precisamente algo que la ayudaban a entender la realidad, porque estaban construidas de la imaginación y la fantasía no se lleva con las ciencias sociales. A mí me pareció asombroso esta lógica y, en vez de confrontarla, decidí dedicarme a estudiar las ficciones como un hecho social. 

En mi modesta biblioteca tengo muchos libros de cuentos y sobre teoría del cuento; pero también atesoro libros de antropología, filosofía, sociología y de historia. Los de historia panameña son mis favoritos, pero también leo estudios literarios y culturales. Estás lecturas me ayudaron a descubrir que mi amiga, que es una extraordinaria docente e investigadora, estaba equivocada, pero sin su ayuda y la ayuda de los libros de no ficción, yo no hubiera podido ahora entender todo lo que los cuentos pueden hacer.

Podría hablar de las ficciones en general, pero quiero detenerme en los cuentos. Tal vez otro día hable de la novela o la poesía, cuyas propiedades son igual de maravillosas. Los cuentos son un registro o lectura de la realidad. Leemos la realidad y la recreamos. Algo curioso es que el escritor de cuentos recrea la realidad y el lector también lo hace. Y es esto lo que me lleva a pensar que el universo existe porque lo estamos contando constantemente. Algo que el científico podría refutar fácilmente, pero si observamos bien también las ecuaciones son una forma de narrar el universo.

El cuento es una síntesis de la realidad, correcto. Pero es una sinopsis que nos brinda una concepción más general del mundo. Necesito dar un ejemplo: hace algunos años leí un cuento de Ryunosuke Akutagawa; se llama Rashomon. El cuento me deslumbró por su lenguaje y la precisión estética de las palabras, pero luego entendí que el valor de ese cuento era una serie de referentes importantes: un marco social, un tiempo, un espacio, y que los personajes me llevaban por una circunstancia existencial histórica que yo nunca habría percibido leyendo un tratado de historia japonesa.

Ese cuento data de 1915 y fue una historia que inspiró a Akira Kurosawa a hacer una película que le mereció muchos premios. Akutagawa vivió solo 35 años; se quitó la vida como muchos grandes autores lo han hecho. A mí me bastó leer uno de sus cuentos para fortalecer muchas nociones de la literatura que hoy me sirven para trabajar y resistir. Porque leer es una forma de resistencia. Es una forma de conocimiento que puede servir para tomar decisiones.

El cuento, como lectura del mundo, es capaz de problematizar la realidad y ponerla a disposición de otros. Las situaciones dramáticas por las que atraviesan los personajes y sus posibilidades en los cuentos pueden contrastar con nuestra experiencia y también reflejarnos nuestra imagen.

Flannery O’Connor dijo que un cuento tiene que ver con la realidad. Afirmaba que la escritura de ficción no tiene que ver con decir cosas; tiene que ver con mostrar cosas. Es lo que hacen los cuentos a diferencia de las ciencias de la comunicación. Para mí los cuentos son una forma de la creación, pero tienen su ciencia. Darle una acción dramática completa y compleja a un personaje para que gravite y tenga vida en un universo en particular es algo que necesita de cierta ciencia. Tal vez esa ciencia no es una técnica, tal vez es un misterio. Uno que involucra el misterio de la personalidad, como decía Flannery O’Connor.

La Prensa, 20 junio de 2020

Rogelio Guerra Ávila: modelo para narrar la identidad

  Rogelio Guerra Ávila La XLVI Semana de la Literatura Panameña, Rodrigo Miró Grimaldo, que organiza el Departamento y Escuela de Español de...