sábado, 20 de diciembre de 2014

¿Quién incendió El Chorrillo?


Durante 25 años se ha debatido sobre quiénes fueron los que iniciaron el incendio que acabó con el barrio de El Chorrillo. Unos culpan a los Batallaneros de la Dignidad, otros al ejercito invasor de los Estados Unidos; algo muy similar pasa con la cuestión de quiénes son los culpables de que se haya dado la Invasión de 1989. Hablando con la gente que perdió un familiar y que sobrevivió a la Invasión uno puede tener una idea más clara de si fue una operación justa, si valió la pena, si fue necesario derramar tanta sangre inocente y tanto dolor sobre un pueblo. Nosotros ya tenemos una postura muy clara. El testimonio del profesor Américo Alvarado Guadamuz quizá pueda ayudarnos a tener una percepción más justa de la historia. Mirada de Nuchu se une con este testimonio a las voces que condenan la Invasión y que piden duelo nacional.


¿Quién incendió El Chorrillo?

Por Américo Alvarado Guadamuz  


      Me encontraba meditando acerca de la desagradable noticia recibida esa tarde del 19 de diciembre de 1989, en que me informaban que la niña Eneida de sólo unos 13 añitos no volvería a recibir mis clases de informática y de inglés, que les impartía sin costo alguno a cerca de 23 muchachos de El Chorrillo, en el apartamento que alquilé en el edificio Renta 2, con la meta de sacarlos de los malos caminos. ¡Eneida estaba embarazada!

           
     Me dispuse a escribirles una amena charla sobre sexo, que titulé “Que No Toquen Tu Cuerpo”, para ilustrar a todos los niños y niñas del barrio, porqué sus partes íntimas no deben ser vistas y mucho menos manoseadas por nadie…

     Observo el reloj, son las once y media ya. Con razón me siento soñoliento, pero debo continuar.  De repente escucho demasiado cerca de la azotea del edificio, ubicado en la esquina de la Avenida A, y la calle 22 Oeste, el fuerte rugido ensordecedor del motor de un poderoso avión.  Otra vez vienen esos gringos a volar por aquí, como para que nos acostumbremos a que ellos hacen lo que les da la gana, medité equivocadamente, porque enseguida sentí un atronador ruido causado por la mortífera bomba dejada caer a un costado del Cuartel Central de la Policía Nacional.

            Yo estaba a unos cientos metros del objetivo de los invasores, por lo que la vibración de las paredes del edificio y el trueno sonoro, me hicieron saltar de mi silla y quedé acurrucado debajo de mi escritorio... ¡asustado!

           El ruido del potente avión se disipó lentamente, y poco a poco me incorporé mientras llegaba a la conclusión de que se trataba del bombardeo ocasionado por la invasión tantos meses presagiada por todos los medios de comunicación, que los gringos iban a ocasionar a Panamá, con la excusa de poner fin al gobierno militar imperante.

            Lentamente me incorporé para acercarme con mucha cautela a la ventana que me permitió divisar la aeronave militar; ese modelo era capaz de volar lento y a bajas alturas lo que le permite lanzar sus temibles bombas con bastante precisión, y más en ese caso en el que no había fuego anti aéreo. ¿Entonces porqué sólo lanzaron una, que más daño ocasionó al helipuerto del cuartel, que al edificio?  Y, ¿porqué, desde la altura del tercer piso que me permitía observar claramente el cuartel de la policía, prácticamente no veía movimiento de personal que movidos por el pánico del bombardeo, deberían estar corriendo para salir de ese objetivo de los gringos?

            Más adelante al observar los camiones militares de los invasores cargando todo tipo de material y equipo informático de los escritorios y archivos de la guardia nacional, deduje que no querían destruir esos sensitivos documentos. Y también fui informado que el cuartel, ante la inminencia del ataque, esa noche estaba prácticamente sin el personal habitual, e incluso las anticuadas tanquetas que se habían instalado en las aceras cercanas al cuartel, también se habían removido.

            La algarabía causada por el pánico entre los vecinos me sacó de la meditación, abrí la puerta y efectivamente era una locura ver corriendo y gritando incoherencias a personas de todas las edades, desde la planta baja, los pasillos y escaleras.  Rápidamente noté que una vecina estaba tranquila, en comparación a los demás, y le grité que organizáramos un refugio en la planta baja.  Empezamos por sacar a todos los vecinos de sus apartamentos y se le conducía abajo. Se les pidió que cargaran sus radios portátiles, baterías, toda clase de medicinas, alcohol, comida preparada, agua, y en fin también ropa ligera. No se sabía si la emergencia  sería breve o por varios días. También se dio instrucciones de que telefonearan a sus parientes para advertirles que no se acercaran a la renta, porque era peligroso, y además las puertas de hierro del edificio serían cerradas. La instrucción fue: ¡nadie sale y nadie entra al edificio!

           
     Me ofrecí como voluntario para ver todo lo que sucedía desde la altura de la amplia azotea, que por suerte tenía un balcón perimetral de concreto, lo que me permitía algo de seguridad, para mantener informado al vecindario.  Pude apreciar bien agachado, vuelos de reconocimiento por toda el área del chorrillo, de varios helicópteros, que disparaban constantemente a todo lo que se movía en las calles y  balcones. También se disparaba desde los múltiples y poderosos tanques bien artillados a cualquier vehículo que osara transitar. Fácilmente distinguí cuando una anciana desmayada con dos jóvenes que la sostenían, salían hasta la acera del edificio Penonomé, frente al que yo estaba, que con trapos blancos en señal de pedir auxilio, fueron acribillados a tiros desde un tanque militar que circulaba por la avenida A.

            Con muestras de pánico vi a varias personas que prácticamente se desnudaban, lanzando a la calle sus uniformes, porque el ataque los sorprendió en el campo deportivo de Barraza, instalación ésta que sirvió para entrenar a los Codepadis y Batalloneros.  Sus armas  eran lanzadas a los balcones de la planta baja del edificio, y se ponían cualquier trapo que los cubriera, tomados de los alambres en que estaban colgados para secarlos. Pude divisar fácilmente las luces del piso superior del Cuartel Central de Bomberos, en la calle 15 Oeste, en la que se notaban la presencia de muchos soldados gringos.  Lo mismo divisé en la azotea de la Cárcel Modelo, muchos gringos observando hacia las calles aledañas.

            Por todas partes se notaba el tránsito de todo tipo de vehículo militar que llevaban una gran bandera triangular de color blanco, sostenidas de antenas largas de comunicación. Pensé que era para evitar que los confundieran. Los disparos, desde cualquier ángulo, eran audibles y frecuentes.  Bajé a informar a los asustados vecinos, todo lo que estaba sucediendo, tomé un poco de agua y volví a subir a mi puesto de observación improvisado, el cual, gracias a que la mayoría de las casas del populoso barrio de El Chorrillo, eran de planta baja y solo un piso de alto, me permitía distinguir un extenso radio del territorio afectado por la masacre producida por la consigna de matar todo lo que se movía.  Incluso el Cuartel Central de la Policía, era de menor altura que la azotea del edificio Renta 2.

            Eran casi las dos de la mañana y la radio estaba informando casi desordenadamente lo que pudieron apreciar en medio de los tiroteos y persecución de comunicadores. A esa hora, ya la acción bélica favorecía a los invasores que tenían el control total de la situación. Se apreciaba que la frecuencia de los disparos disminuía, aunque las naves aéreas patrullaban aún el cielo panameño, escudriñando algún movimiento malicioso en tierra.

            Bajé nuevamente al refugio temporal en la planta baja, en que la dinámica vecina Damaris tenía control del comportamiento de los vecinos, y me alentó comunicarle que de  acuerdo a lo que había leído de las fases de una invasión militar, yo deducía a que en Panamá se habían cumplido las dos fases iniciales: primero la de bombardeo por aire, tierra y mar; la segunda fase: la invasión física de las tropas por todo el territorio bombardeado. Y le comenté que me parecía que al amanecer se completaría la tercera fase: el patrullaje conjunto de las autoridades de policía locales con los soldados invasores, para evitar los saqueos y eliminar a cualquier franco tirador.

            Estando en este lapso de relajamiento, escuché nítidamente, a todo volumen, unas instrucciones que se daban a los chorrilleros desde varias unidades móviles de sonido… Subí rápidamente a mi puesto de observación y entonces pude escuchar en español que los soldados hispanos, recorriendo las avenidas y calles, ordenaban a toda persona ubicada en esa área que saliera a las calles 25, 26 y 27 oeste, desde la Avenida de Los Poetas, y Bocas del Toro. Que se pusieran las manos en las nucas. Que a cualquiera que portara un arma se le consideraría elemento de guerra y se le dispararía de inmediato. Que caminando por el centro de la calle, se dirigieran hacia la Avenida A; al llegar allí doblaran hacia la entrada de Balboa, y que se les guiaría hasta un centro de ayuda en las que serían atendidos en sus necesidades.

            Las columnas de habitantes se desplazaban lentamente, siguiendo las instrucciones desde los altavoces móviles, pero fácilmente era visible que en los balcones y escaleras de esas casas, todas de madera proveniente de la era de construcción del Canal de Panamá, se quedaban miles de vecinos, la mayoría viejos y enfermos que se rehusaban a seguir las órdenes porque no deseaban que les robaran lo poco que poseían, y por desconfianza del trato que podrían recibir de parte de los despiadados invasores, fuertemente armados.

            Hubo, incluso, un incidente en que unas pocas personas, viejos, mujeres, y niños dijeron a los militares que los apuntaban con poderos rifles, que ellos preferían ir hacia el barrio de Santa Ana, o sea, en vía contraria a la ordenada.  El oficial jefe del grupo de soldados ordenó a la tropa, sin parpadear, que les dispararan, orden que no fue ejecutada, sometiéndose posteriormente a un Tribunal de Guerra a todos los soldados involucrados en la desobediencia.


           Se acercan las cuatro de la madrugada. Todo estaba dominado por los soldados invasores… ¿pero qué es lo que veo?  Perfectamente nítido sale del aeropuerto de Albrook, ubicado detrás del Cerro Ancón, un helicóptero mucho más chico que los que habían estado ametrallando a la población en las calles. La pequeña nave aérea, se dirige sin mucha velocidad hacia el área de Amador, y estando ya sobre las exclusivas mansiones de oficiales norteamericanos, gira hacia el Chorrillo, y se detiene en lo alto.  Inclina su fuselaje, y dispara sin ruido, una delgada estela de luz color lila, que por el ángulo que lleva se dirige hacia la hilera de frágiles casas ubicadas en la orilla de la Avenida de Los Poetas, y la calle 26 Oeste.

            Al tocar tierra se produce un pavoroso ruido acompañado de impresionantes llamas de múltiples colores que se expanden rápidamente por todo el sector, por cuyas construcciones de maderas viejas, se propaga fácilmente. Noto que la pequeña nave, de poderosa capacidad de destrucción incendiaria, regresa sin apuro por la misma vía por la que apareció.

            ¡Qué horror! Grito para ser oído por mi mismo, porque estoy sólo contemplando el inicio del planeado incendio y destrucción total del barrio en que desde niño corría por sus aceras y me lanzaba a sus aguas en la playa de Barraza.

            No salgo de mi asombro, cuando percibo otra nave similar, ¿o sería la misma?, que efectúa exactamente una réplica de la maniobra anterior, se ubica en posición y nuevamente veo salir la estela de color lila que en esta ocasión cae cerca de las casas en la calle Bocas del Toro, produciendo el mismo fatal resultado de la expansión de sus llamas incendiarias a todo el vecindario, y matando masivamente a sus pobladores que eligieron no abandonar el lugar donde posiblemente habían nacido.

            Empiezo a correr, sin impedir que mis lágrimas denoten mi tristeza e impotencia ante el injusto desastre bélico, y llego a gritarle a los vecinos: ¡Están incendiando el Chorrillo!  ¿Por qué hacen eso?  Allí sólo hay gente inofensiva, asustadas, que no le pueden hacer daño a nadie… y vuelvo a ponerme a correr, esta vez en dirección a la azotea, llegando en el momento en que otra vez un helicóptero similar a los anteriores se desplaza, y logra sin ninguna dificultad realizar la operación incendiaria, dirigiendo el tercer disparo hacia las casas cercanas a la Avenida A.  El incendio destruye cientos de casas de alquiler, miles de habitantes, cuyos cuerpos calcinados eran posteriormente depositados en fosas comunes.

            ¡La masacre fue ejecutada exitosamente!

            Pocas horas después nos enteramos que la tercera fase de la invasión militar, deliberadamente no fue ejecutada, de esta manera el Comando Sur de los Estados Unidos de Norteamérica, patrocinó el saqueo masivo de negocios, empresas, bancos, etc., porque la realidad del objetivo de su invasión era la de poner a Panamá de rodillas, ¡y nunca lo lograron!

jueves, 20 de noviembre de 2014

Cuentos para vivir mejor

El fin de año es un momento propicio para ofrecer mis servicios profesionales de narrador oral (cuenta cuentos). Son funciones de narración oral de 30 a 45 minutos de duración para niños y jóvenes. Una forma de regalar a los chicos algo distinto que estimule su creatividad y su imaginario, que fortalezca su sentido de identidad y pertenencia, sus conexiones éticas con la diversidad de la vida y su amor por la belleza.

Escuchar cuentos sensibiliza a las personas y les permite crear empatías y sentimientos de solidaridad. El imaginario de los cuentos despierta la creatividad y rescata los valores más nobles del ser humano. Cuentos para vivir mejor, mi espectáculo, logra alcanzar estas dimensiones socio-culturales.

Las funciones las pueden donar a una escuela, una organización que trabaje con niños (Aldeas SOS, Ciudad del Niño, Malambo, Fanly, por ejemplo), incluso a una familia o hijos de colaboradores de una empresa. Los espectáculos tienen el costo de 150. Garantizada la calidad, el entretenimiento y la diversión con historias que despiertan la imaginación y la creatividad en chicos y grandes.

Hago un registro iconográfico de la actividad y le damos un informe de una página de cómo quedó. El patrocinador o padrino puede quedar en el anonimato si lo desea o bien puedo decir en la función quién fue el donante. Puedo cubrir desde Panamá Este hasta Aguadulce.

Si estás interesado en comprar una o más funciones responde este mensaje. Tienes la oportunidad de llevarles a los niños un regalo especial. Luego de hacer el contacto y el compromiso, sólo me dices donde quieres que lleve mis historias.

Muchas gracias por tu atención,

Carlos Fong
carlosfong27.wix.com/el-narrador
6403-2517

carlosfong27@gmail.com


domingo, 16 de noviembre de 2014

Luis Britto García en Panamá

Las Embajadas de los países integrantes de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, Tratado de Comercio de los Pueblos (ALBA-TCP), y la Universidad de Panamá le invitan al foro conmemorativo del X Aniversario de su creación.


II° CONGRESO DE LA SOBERANÍA

Durante los días 21 y 22 de noviembre próximo, se realizará en el Paraninfo de la Universidad de Panamá el II° CONGRESO DE LA SOBERANÍA. El Ier CONGRESO DE LA SOBERANÍA se realizó meses después del 9 de Enero de 1964, para hacer una evaluación de la importancia y significado de la gesta de enero.  En esta oportunidad, el II ° CONGRESO DE LA SOBERANÍA es el acto que cierra las actividades universitarias de conmemoración del cincuentenario de la gesta patriótica.

Programa

Viernes 21 de noviembre: de 9:00 am a 4:00 pm

Tema 1. La Nación, la República y el Canal de Panamá: Coordinador: Prof. Celestino A. Araúz.     
Ponencias:  Prof. Abdiel Rodríguez, Dr. Guillermo Rolla Pimentel, Prof. Pedro Prados y Prof. Marco A. Gandásegui.

Tema 2. La soberanía y la seguridad nacional: Coordinador: Prof. Severino Mejía
Ponencias:  Lic. Daniel Delgado Diamante, Lic. Alexander Alleyne y Prof. Fernando Murray.

Tema 3. Cultura e identidad nacional Coordinadora: Profesora Margarita Vásquez
Ponencias:  Lic. Enrique Illueca, Prof. Marcela Camargo, Indira Moreno y Lic.  Nicolás  Liakópulos.


Sábado 22 de noviembre: de 9:00 am a 1:00 pm

Tema 4: Relaciones de Panamá con los EEUU: Coordinador: Prof. Denis Chávez
Ponencias: Prof. Ana Elena Porras, Prof. Luis Navas, Prof. José Alvaro y Prof. Olmedo Beluche.

Tema 5: La geopolítica mundial y Panamá: Coordinador:  Prof. Azael Carrera
Ponencias: Prof. Briseida Allard, Prof. Euclides Tapia, Prof. Virgilio Araúz, Dr. Ibrahim Asvat y Lic. Angel Martínez.

Tema 6: Realidad nacional: Coordinador: Prof. A. Iván Quintero

Ponencias:   Amelia M. de Pérez, Prof. Juan Jované y Prof. Guillermo Castro, Lic. Ana María Pinilla. Lic. José María Torrijos.

lunes, 10 de noviembre de 2014

La lectura no sirve para nada*


A mi padre Jaime Enrique Fong Medida,
a Gustavo Sellhorns, a Herasto Reyes, a Federico Humbert y a Julio Cortázar.

            Me permito citar una anécdota ajena que me ayudará a tener un soporte filosófico al abordar el tema que nos ocupa. En un artículo titulado Elogio de lo inútil, Mario Bunge narra que una vez respondió a la inevitable pregunta de un estudiante en el marco de una conferencia sobre filosofía: "¿para qué sirve eso?".  El filosofo y físico teórico argentino contestó: "Para nada. ¿No le parece admirable que haya gentes que se dan el lujo de preferir cosas hermosas e ideas profundas a artefactos ingeniosos pero, a la postre, superfluos o incluso dañinos, tales como los automóviles acorazados?”


            Aunque los escritores y los defensores de la literatura se retuerzan del coraje, esta podría ser la respuesta válida para aplicarla en el momento en que alguien nos pregunte para qué sirve la literatura, para qué leer cuentos, es decir, ficciones: No sirve para nada. Volvamos con Mario Bunge: “¿Para qué sirve saber que hay infinitos números primos, que las distancias entre las galaxias están aumentando, que los hombres de Neanderthal fueron reemplazados por los de Cromañón y que las cabezas de éstos eran mayores que las nuestras? Para nada. ¿Qué utilidad tiene una sinfonía de Beethoven, una pintura de Velázquez o un relato de García Márquez? La misma que las joyas, las ropas elegantes, los teoremas matemáticos o los hallazgos paleoantropológicos. O sea, ninguna”.

            Ahora, si repensamos la misma pregunta en el marco de la configuración hegemónica del nuevo orden mundial y la ponemos al lado de conceptos como pluralismo político, educación con equidad, descentralización, democratización política, interacción internacional, integración regional, excelencia educativa, apertura comercial, educación continua, multiculturalidad, diversidad cultural, desarrollo económico, capital humano, libre competencia, desarrollo productivo; la literatura quedaría como algo verdaderamente inútil, algo que estorba. Entonces, ¿por qué nos empeñamos en ensañar literatura en la escuela?, ¿para qué leer cosas aparentemente inútiles?

            Creo tener una respuesta que me contradice al mismo tiempo: la literatura nos sirve en la vida para tener ideas más generales del mundo que nos ayudan a comprenderlo y darle sentido. En cierta forma eso me hace sentir feliz y mejor humano. Joseph Epstein afirma que a través de la literatura aprendemos que la vida es más sorprendente, fascinante, dramática y compleja que cualquiera de las teorías que se han empeñado en explicarla.  Es decir: la vida tiene sentido y significado. En consecuencia: ser educado por las ficciones implica tener una apreciación variada de la vida; un sentido más sensible hacia la verdad, no absoluta, sino general. Quizás, en el mundo globalizado y homogéneo que vivimos, lo más sensato sea admitir, ante las convenciones del poder, que la literatura es menos útil frente a otras cosas; pero la complejidad del lenguaje nos da la posibilidad de un conocimiento más claro de todas las esferas que tienen que ver con el ser humano.

             No es la primera vez que afirmo, y espero que no sea la última, que se cae en un error al pensar la cultura, esa esfera a la que pertenece la literatura, como el remedio contra las enfermedades del mundo y su pobreza: la cultura no es mejor que una vacuna contra el sarampión o el dengue. Sin embargo, de alguna manera misteriosa ayuda a que nos persuadamos de que las cosas pueden ser mejores. Un concepto del hecho estético, por ejemplo, nos puede ayudar a saber qué cosas de la realidad merecen respeto y nuestro cuidado. El universo de la literatura es una región que al ser explorada estimula las ideas y provoca la rebeldía y la creatividad. Esta rebeldía es saludable y estimula otras ideas al mismo tiempo: ideas para mejorar, para cambiar, para comprender, para apreciar, para sentir, para resistir desde la creatividad. Una idea creativa puede hacer que nuestra percepción de la política sea más acorde con la noción de ciudadanía. Quisiera afirmar que la lectura nos ayuda a ser mejores humanos, pero no mejores personas. Voy a explicarme mejor.

Voy a decir algo que es una antítesis: No hay garantía alguna de que las personas que lean sean mejores. Es posible que un indígena o campesino analfabeta sea mejor persona que un sujeto que presume de tener muchos libros. Hay gente que no lee pero tienen una noción de la nobleza y la humildad admirables, al contrario de gente que he conocido que tienen mucha cultura a través de la lectura, pero son malas personas. Recordemos que hay referentes históricos de personas muy cultas que tenían como pasatiempo torturar a su prójimo. Matar niños, mujeres, jóvenes y ancianos ha sido el divertimiento de algunos sujetos que eran buenos lectores.  Genocidios históricos se han ejecutado por civilizaciones muy cultas.  Aún así, creo que la lectura nos hace mejores humanos. Voy a usar una figura: una persona que no lee, es como una persona que no está vacunada y corre más riesgos de enfermarse de ciertos males de la sociedad. Es decir, una persona que no lee es más vulnerable a los vicios y peligros porque es más fácil de dominar; una persona que lee puede defenderse mejor, hasta de sí mismo. Una persona que lee es menos fácil de someter y sabrá tomar decisiones. Aquí es donde el complejo espíritu del ser humano aparece: hay decisiones buenas y malas. El libro es solo un mediador: tú elijes siempre al final el camino. El hombre no es bueno por naturaleza; lea menos, lea más, no es lo que lo hace mejor; sólo humano.  

            No vine aquí para hablar como especialista ni científico, sino como lector; lo que me pone en desventaja con muchos de los que están presentes. Dirán ustedes: ¿Cómo puede atreverse a hablar sin ser especialista?, ¿cómo se atreve a dar opiniones sin ser psicólogo?, ¿cómo se atreve a hacer propuestas educativas sin ser pedagogo? Peor aún: si investigaran mis antecedentes que se remontan a La Chorrera de los 80, descubrirán que no fui un estudiante modelo: fui pésimo en matemáticas, historia y español, en realidad en todas las demás asignaturas; fui retirado de la escuela por intentar formar una pandilla que hacía graffittis en las paredes del plantel, es muy probable que haya sido uno de los elementos fundacionales del pandillerismo organizado en Panamá. De esta forma fui expulsado, prácticamente, cuando en una reunión el subdirector de la escuela Pedro Pablo Sánchez, en ese entonces mi buen recordado profesor Villalobos, le dijo a mi padre que yo no quería estudiar y que era mejor que me sacara de esa escuela diurna para una nocturna. Acababa de ser sorprendido haciendo un graffitti en el baño de niñas y acababa de repetir por tercera vez el tercer año.

            Para mi fortuna existía la escuela nocturna del IPTCH de La Chorrera, donde me inscribió mi padre con fuertes amenazas. Como todo buen padre, el mío quería que fuera alguien en la vida. Por eso allí me gradué de tapicero, y aunque este era un humilde y hermoso oficio, yo nunca pude pegar una tachuela; pero me gradué de tapicero. Luego estudié electrónica. Mi mayor logro fue que un condensador de silicio me explotara en la cara; al final, también me darían un diploma que me especializaba en electrónica. 

En esa época ocurrió que llegó un profesor de español a aquella escuela nocturna y se empeñó en hacer con nosotros cosas como obras de teatro y lecturas de cuentos. Logramos hacer una obra de teatro, con mucho esfuerzo desde luego. Todos éramos mecánicos con las manos embarradas de grasa. Recuerdo que la obra era la dramatización del famoso poema  llamado El brinde del bohemio del Indo Duarte.  Me tocó el papel principal del bohemio, porque tenía cierto liderazgo y habilidad para la poesía. Me gané el papel y la noche de estreno compramos agua ardiente de verdad y brindamos como bohemios de verdad en una obra de teatro donde estaba toda, o casi toda, la escuela mirándonos. Todo salió bien, por suerte.

Un día este profesor nos puso a leer los cuentos de Julio Cortázar. Recuerdo que nos reventamos las cabezas analizando Las armas secretas, no entendíamos nada, pero a mí me gustó leer algo distinto y le pedí al profesor más. Me puso en las manos un libro enorme de Julio Cortázar. Esa misma noche, a finales de la década de los 80,  estaba sentado en una alcantarilla con dos “pasieros”, más terribles que yo, fumábamos marihuana, mientras planeábamos meternos a una casa para robar. Yo nunca había hecho algo parecido (una vez le robé un palo de naranja a un vecino y lo sembré en mi casa, fue todo). Esa noche la imagen de mi padre me cruzó la cabeza y esa frase de él: “tienes que ser alguien en la vida”. Tomé una decisión: me fui a leer la Rayuela de Julio Cortázar que me había prestado el profesor. Alucinando aún con el humo en la cabeza leí casi toda la noche.  Creo que es justo decir el nombre del profesor: Gustavo Sellhorn.  Aquel profesor me prestó una novela de un señor argentino. Yo no entendía nada, pero me parecía fascinante que se pudiera escribir así. Yo quería ser escritor. Años después, cuando mi padre agonizaba en su lecho de muerte en un hospital, se lo dije bajito al oído: Ya soy alguien, papá. El murió una noche de octubre de 1996, y yo era un articulista de uno de los periódicos más prestigiosos de Panamá, La Prensa, donde escribía semanalmente un artículo sobre arte y cultura; y mi padre lo sabía. También sabía, aunque no iba a vivir para verme, que al día siguiente empezaba un contrato para trabajar en el Instituto Nacional de Cultura, donde aún trabajo. Mi padre podía descansar en paz.

Este pequeño hecho insignificante no cambió la maldad que opera en el mundo; no frenó el pandillerismo que nació con la post-invasión; no detuvo la violencia urbana que nublará al  país a partir de los 90, solamente cambió la vida de un joven que descubrió que había una elección. Porque la literatura te enseña a elegir. Conociendo mi capacidad de liderazgo, sé que sin duda hubiera sido un líder de una banda de delincuentes o quién sabe qué. Decidí, a cambio, al mismo tiempo que era un obrero, participar en colectivos de escritores y fundar asociaciones culturales juveniles. Comenzando la década de los 90 el INAC organizó una serie de acciones donde fui invitado, incluyendo el Primer Encuentro de Escritores Jóvenes, donde conocí a muchos colegas. De día estaba trabajando como un obrero y de noche iba a los recitales de cuentos y poesía que organizaba el Departamento de Letras del INAC. Fue en uno de esos recitales donde conocí al periodista Herasto Reyes quien leyó mis manuscritos y me abrió las puertas del diario La Prensa. Herasto Reyes estaba fascinado con la idea de  que un obrero escribía cuentos y leía a Julio Cortázar. Fue él quien me regaló mi primera máquina de escribir electrónica. Años después, Herasto también moriría y yo no estuve allí como con mi padre, pero ya era un escritor con un futuro que aún sigo construyendo.

Epistemológicamente yo soy un obrero. Al inicio de los 90, fui ayudante en la construcción, fui estibador, apaleé sorgo y soya en los silos de Fidanque, cargué harina de pescado y trabajé en los muelles de Vacamonte descargando camarón, incluso, trabajé en una envasadora de agroquímicos. Pero era un obrero extraño.  Leía mis cuentos y poemas a los compañeros en los muelles. Algunos de ellos se convertirían en personajes de mis cuentos más tarde. Les hablaba de un tal Kafka y un tal Cortázar.

Un día Federico Humbert (sí, ese mismo que hoy aspira a ser Contralor de la Nación) que en aquel tiempo era mi jefe y dueño de una de las empresas camaroneras más prósperas en Vacamonte, me llamó a su oficina para decirme que se me había acabado el contrato y que no me iba a renovar otro. Le pregunté por qué y me contestó que ese no era lugar para una persona como yo y me animó a seguir estudiando. Al principio pensé que se cuidaba de que un obrero socialista fuera a organizar un sindicato o algo así, eso de leerles poemas a los obreros no era muy saludable para el negocio. Pero luego entendí que me hacía un favor. Gracias a ese fin de labores me inscribí en la Universidad de Panamá y estudié en la Facultad de Humanidades Español; quería estar lo más cerca de la literatura.

 Yo tenía un sueño que fue un reto, un desafío: ser un escritor. Gracias a la ayuda de un buen padre que insistió en mi educación y por la culpa de cuatro señores, Gustavo Sellhorn, Julio Cortázar, Herasto Reyes y Federico Humbert, que no sé si culpar ahora, porque por culpa de ellos estoy ahora aquí. Soy un escritor sufrido, porque para poder aprender a escribir, hay que saber sufrir, como decía José Martí. No hay de otra. Misteriosamente, ese sufrimiento es mi felicidad, mi razón de ser. No puedo vivir sin escribir y leer. No creo ser un escritor realizado aún. Aún no he escrito algo que valga la pena. Algo que, como decía Pavece, me deje como un fusil disparado. Mi obra se escribe lentamente y creo que soy más un lector y un animador de lectura, incluso un cuenta cuentos. Creo que soy más un mensajero de la extraña misión de los libros.

        Curiosamente el pasado más oscuro de mi vida lo considero el mejor. Por ese pasado, maravilloso y contradictorio, me atrevo a decir que mi vida cambió a través de la lectura. No sé qué respuesta tendrá la psicología para esto, pero yo tengo una: la lectura sirve para darle sentido a la vida. Ni los modelos científicos pedagógicos, ni los contenidos curriculares, ni la metodología ni las pautas de formación saben cómo hacer esto. A lo sumo, podrían ayudar a que los jóvenes tuvieran un encuentro y acercamiento, no obligatorio, a la literatura. Creo que toda esta historia me da licencia para dar algunas sugerencias a las autoridades educativas de cómo podemos hacer que la literatura y la lectura tengan un sentido en la vida escolar, porque si conmigo, que era un rebelde sin causa, cambió algo, es muy seguro que lo haga con los jóvenes de hoy.

El título de este trabajo alude a que la lectura o la literatura no sirven en un mundo tan complejo como el de hoy. Ya se habrán dado cuenta que es una imagen, una metáfora para decir otra cosa. Que la lectura y la literatura nunca servirán para nada si educamos para no encontrar sentido a la vida. Así como existen educadores que saben enseñar ciencias o historia, pero les es difícil decirles a los estudiantes para qué sirven en la vida las coordenadas cartesianas o para qué sirve conocer el año en que nos independizamos de España; así mismo hay docentes que no saben para qué sirve la lectura de un cuento, una novela o un poema y por eso resuelven el problema dejando un cuestionario, un álbum o un mural que permitan poner una nota. Cosas que a primera vista parecen positivas, pero que en el fondo oscurecen el sentido intrínseco de la literatura, y no provocan la ilusión, el placer o la comprensión de lectura; mucho menos el principio de incertidumbre que ayuda al descubrimiento de algo.

El maestro debería, a través de la lectura, descubrir los apetitos y preocupaciones de los estudiantes; debería mirar constantemente hacia un objetivo aunque parezca imposible: la perfección humana. Dice Allan Bloom: “No existe educación auténtica que no responda a una necesidad sentida”. Las necesidades de la naturaleza de los chicos pueden ser exploradas a través de la experiencia cultural. Yo tuve una experiencia cultural con la literatura y con la naturaleza de mi experiencia de vida. La puedo contar ahora. Las preocupaciones permanentes de la humanidad son las mismas de los estudiantes y la lectura puede ayudar a canalizarlas, no para criticarlas, sino para hacerlas experiencias de vida.

            Todo esto nos lleva a lo que Graciela Montes ha llamado acertadamente la instrumentación de la literatura para evaluar y demostrar que ésta sirve para algo con el fin de que no desaparezca de las aulas; cosa que sería peor, desde luego. Algo parecido estamos viendo con muchos concursos en las escuelas. ¿Están mal estas iniciativas? Claro que no, pero existen riesgos cuando son demasiados. Uno de esos riesgos es que estemos, con toda la buena intensión, no sólo condicionando la lectura, sino creando lectores pasivos a través de la instrumentalización de la literatura.

            Ya no estamos leyendo y escribiendo por placer o descubrimiento, sino para ganar. Los concursos promueven el sentido de competencia y no el sentido de la lectura inteligente y creativa; mucho menos mejoran la competencia lingüística en los jóvenes. La noción de competencia está sustituyendo la noción de cooperación. La noción de ganador está sustituyendo a la de creador. Lo importante no es construir y crear, sino ganar. Hay que tener cuidado. Aún estamos a tiempo. Por suerte en este país se está a tiempo aún para todo. Pero el tiempo no es misericordioso. No estamos en contra de los concursos de manera total, pero sí recomendamos que se evalúen, no los resultados, si no las experiencias. Que se mida, sí, pero no cantidades asombrosas, sino experiencias de cambio.

Si de verdad no queremos que todo quede resumido en el discurso vacío y en  la lectura superficial, mecánica, sin placer, y subordinada a las bases -algo similar podemos ver en la literatura oral y los concursos de oratoria que se han degradado en contenido imaginativo y creativo-, entonces es mejor que nos sinceremos y busquemos mejorar los proyectos áulicos e institucionales. Porque, es verdad, al concluir la secundaria algunos alumnos habrán tenido una experiencia emocionante a través de los concursos. Tal vez habrán ido a concursos de oratoria, de escritura y lectura, y exhibirán los trofeos en la recepción de su plantel, pero no estoy muy seguro de que la gran mayoría haya tenido una experiencia real con la cultura.

             La literatura es mucho más que un discurso comunicativo. La literatura es una forma de rebelión. Si la literatura es duda e interrogación como afirman Milán Kundera, Salman Rushi, Tomás Eloy Martínez y Carlos Fuentes, entre otros,  por qué no dejar que el estudiante de hoy, que es otro rebelde, con un espíritu de autonomía despiadado, dude e interrogue el texto. Este principio de libertad puede ayudar a que la literatura sirva como motivador de discusión que provoque propuestas creativas. Si la literatura es descubrimiento, por qué no dejar que el estudiante descubra a través de su propia curiosidad. Estamos hablando de canalizar la rebeldía y la autonomía, como ha sugerido Félix Manuel Burgos. Sé que no es fácil. También para esto hay que trabajar sobre los contenidos, elaborar planes y proyectos institucionales de lectura comprensiva; organizar el currículo y el cannon literario escolar,  y lo más difícil: medir y evaluar. Hay que tener claro qué se quiere medir y evaluar.

            La mayoría de los expertos coinciden en que no se puede evitar la evaluación; esta es importante para la valoración del aprendizaje. Pero aquí hay que tener también cuidado de no simplificar e instrumentalizar aún más la función de la literatura, sólo con el resultado de un examen escrito. Sería bueno considerar cómo era la situación del joven antes de leer un libro. Cuál es su visión del mundo después de la lectura. Qué sentido tiene la realidad después de leer determinado texto. Para esto se puede añadir un sistema de preguntas sencillas: ¿Qué sentimientos o emociones nos provocó la obra?, ¿motivó nuestros deseos, nuestra impresión de las cosas; dejó o removió huellas interiores, ideas, preocupaciones, sensibilizó nuestra intuición y nuestros sentidos (los sueños, los recuerdos, la experiencia de vida, etc.)? ¿Cómo percibimos la realidad y el concepto de la vida al terminar la obra? ¿Cómo nos conectó con la cultura?

            Dice Ivan Egüez que la literatura no es una asignatura sino un sinónimo de vida. Los estudiantes hoy día no quieren que los mortifiquen y castiguen con la lectura. En medio de la indiferencia y la trivialidad del mundo, ellos también muestran preocupaciones -aunque es difícil notarlo-, en cosas como el amor, la soledad, la violencia, el destino o la naturaleza. Y es aquí donde la literatura, de la mano de un buen educador, puede ayudar a que los jóvenes tengan una idea más general de las cosas de la vida. Y una obra de arte, aunque sea parte del cannon literario, llevada con pasión e ilusión, puede ayudar a mejorar la calidad de vida de los jóvenes. La violencia, la soledad y el desorden no hallarán oposiciones sensatas en la historia de la literatura, en la preceptiva literaria, en la cronología y los estudios herméticos (eso es para los estudiosos de la cultura), sino en las acciones de los personajes, en el código existencial de cada héroe, en las posibilidades de un insignificante personaje. Entonces, estamos apelando a una nueva forma de enseñar la literatura sin necesidad de memorizar situaciones y descripciones, sin necesidad de llenar espacios o contestar cierto y falso. La literatura se vive y es una experiencia con la vida y la búsqueda de sentidos, de significados que a lo último son una experiencia con la verdad, la verdad desde nuestra experiencia íntima con el autor.

            Cuando Juan Preciado sale camino a Comala a buscar a su padre, Pedro Páramo, se encuentra con una legión de fantasmas, él mismo es un fantasma, el narrador es un fantasma, incluso el lector es un fantasma; cuando Juan Pablo Castel está matando a María Iribarne se está matando así mismo abriendo aún más el túnel de su existencia, por eso María lo mira con dolor y humildad mientras él le hunde el cuchillo; cuando Gregorio Samsa amanece convertido en un insecto está más preocupado por su trabajo que por su insólita condición. En cada una de estas circunstancias existenciales de los personajes hay algo para que podamos construir una idea de la vida o de la muerte. Es lo que cuenta. Es como hay que descubrir en la literatura el sentido de la lectura.

            He leído frases de muchos escritores en torno a los atributos de la literatura que me declaro incapaz de construir una mejor o superior, como esa de Jorge Luis Borges, en contra de la lectura obligatoria que dice: la lectura es una forma de felicidad. También William Ospina, en torno a la educación y la literatura, apuesta a una revolución de la alegría, donde la educación aspire a ver la lectura como una pasión, un placer, un juego; para divertirse y aprender con deleite y sin mortificaciones. Vuelvo al inicio: Para qué sirve la lectura: para nada. Solo para habitar y llenar nuestras zonas fantasmales y obligarnos felizmente a continuar interrogando y dudando de las cosas que andan mal y que necesitan de una idea o un pensamiento bueno o hermoso.

            Yo sigo siendo un espíritu irreverente, un obrero, un escritor, y un cuenta cuentos que provoca rebeldías, un anárquico cristiano socialista que cree en la libertad. Pero puedo afirmar que la literatura salvó mi vida, aunque esto no prueba que deba operar así en todos los espíritus descarriados. No es para lo que sirve, no es su función, no es para lo que vino. Sospecho que tiene otros fines, otras fronteras, otros misterios, otras constelaciones. Tal vez es eso y mucho más. Quizá por eso la literatura es una de las cosas inútiles en un mundo globalizado con más sentido que otras cosas que parecen útiles.
Mis dos certificados que me acreditan como tapicero
y perito en electrónica.

Mi primer articulo publicado en La Prensa el jueves 11 de octubre
de 1990 en la sección Revista, página 4B.
El equipo de colaboradores de La Prensa en la década del 90.
En la foto se puede apreciar a Herasto Reyes, quien me ayudó a ser articulista en el periódico.

Los 90 fue una época muy prolífica para el sector de los escritores.
 Se realizaron importantes encuentros de escritores tanto en la ciudad como en el interior que fueron decisivos en mi carrera.

* El título original de esta comunicación fue: La enseñanza de la literatura en la escuela  secundaria. Me pareció después muy parco y su contenido muy pobre para lo que perseguía. Le he añadido algunas cosas muy personales. Creo que un autor tiene derecho a reeditar su obra, aún así, también creo que debo ofrecer disculpas a los lectores por el cambio. El trabajo lo leí en el Primer Foro Nacional el Libro y la Lectura celebrado el 29, 30 y 31 de octubre de 2007 y organizado por el Instituto Nacional de Cultura en la Biblioteca J. Ernesto Castillero Reyes.


domingo, 26 de octubre de 2014

Narración Oral: memoria e identidad





 El pasado 22 de octubre participamos en la VIII Jornadas Hablemos de Patrimonio organizadas por el Comité Hablemos de Patrimonio en el Patronato Panamá Viejo. El tema central fue Patrimonio Inmaterial: memoria e identidad. Los expositores fueron Dagoberto Chung quien presentó un trabajo de investigación titulado: Oralidad cantera eterna, con el cual el público pudo tener un encuentro con la palabra y sus múltiples posibilidades en el folclor popular; un excelente trabajo de investigación que nos llevó por los caminos de la lingüística pasando por el sentido de pertenencia a través del lenguaje.

La otra ponencia fue de nuestra autoría y la titulamos: Representaciones simbólicas: mito y literatura en la narración oral. Nuestro trabajo intentó problematizar el tema de la oralidad en nuestro país, a la vez de hacer una aproximación de los principales elementos para un debate que a penas inicia. La moderación de la mesa estuvo a cargo de la escritora Consuelo Tomás Fitzgerald quien también  hizo un acercamiento a las nociones básicas del patrimonio inmaterial.

Ambos trabajos finalizaron haciendo una serie de propuestas para rescatar el valor social de la palabra oral, el patrimonio inmaterial y el folclor literario panameño. La participación del público fue muy positiva y quedó marcada la preocupación de que se deben tomar acciones desde las políticas de Estado y desde iniciativas particulares como el trabajo que vienen desarrollando la Red Panameña de Narradores de Historias. El papel de los equipamientos culturales, las universidades y el municipio es importante para salvaguardar la cultura oral y promover el arte de la conversación. El evento culminó con una demostración de narración oral de parte de Dagoberto Chung quien narró un canto de origen guna. Y Carlos Fong contó un cuento corto de Gianni Rodari. 

En esta edición de Mirada de Nuchu publicamos nuestro ensayo que no pudimos leer en su totalidad en la actividad por ser muy largo. No podemos publicar el trabajo de Dagoberto Chung, pues es una presentación en power point y tampoco tenemos los permisos. Agradecemos mucho al Comité Hablemos de Patrimonio por la invitación y contribuir en el posicionamiento de la oralidad en el contexto de la problemática cultural. 

CF

Representaciones simbólicas:
Mito y literatura en la narración oral
Por Carlos Fong


“Cuando el hombre sabe, crea la historia.
Cuando el hombre ignora, crea el mito”.
Federico Carlos Sainz De Robles


"Los símbolos que cada uno de nosotros lleva en sí y encuentra de repente en el mundo, los que sobresaltan su corazón al reconocerlos, son sus recuerdos auténticos. Son también verdaderos y propios descubrimientos. Es necesario tomar conciencia de que no vemos las cosas por vez primera, sino siempre por segunda. Entonces las descubrimos y, al mismo tiempo, las recordamos. (…) Solo admiramos de la realidad lo que ya hemos admirado una vez”. Esta concepción sencilla, moderna y poética del mito, hecha por Cesare Pavese a mediados del S20, quizá en otros tiempos habría provocado un interesante debate, porque el mito no siempre fue mirado desde una concepción poética, sino antropológica e histórica.
Etimológicamente la palabra mito viene del griego clásico mythos que significa fábula, relato o cuento. Para Platón muthología no significaba otra cosa que la afición a contar historias. Un mitólogo no era más que un “cuentero”, a decir de Enrique Buenaventura. Los términos mitológico, mitologizar, mitologista y mitólogo (principios del siglo 17) tenían que ver con la narración fabulosa, pero mitología y mitologizar “se utilizaban las más de las veces con sentido de interpretar o anotar los relatos fabulosos” anota Raymond Williams en su libro Palabras clave (2000).
La “interpretación mitológica” es un concepto que se utilizó en 1914 y hacia principios del S19 la palabra tomó dos tendencias: con Coleridge fue una “construcción imaginaria particular” y la revista “Westmister” acuñó el concepto en 1830 “causa en las circunstancias de la historia fabulada”. A mediados del S19 el concepto de mito era utilizado para “referirse a una invención no sólo fabulosa sino indigna de confianza e incluso deliberadamente engañosa”, es decir que tenía una connotación casi peyorativa; el mito no tenía nada que ver con la realidad.
A veces el mito alternaba con la fábula; sin embargo, había una distinción con la “leyenda”, que a pesar de ser una invención era más relacionada con la historia. Lo mismo pasaba con la “alegoría”, que aun siendo más fabulosa señalaba alguna realidad concreta. Más tarde, el mito adquirió un sentido positivo, tal vez por la ocupación que le han dado filósofos, antropólogos, historiadores y hasta poetas, incluso los narradores orales; sin tratar de exagerar, son estos últimos los que han definido mejor al mito, quizás por la estrecha relación que existe entre mito y literatura.
La palabra mito aludía en principio a la mera fábula (por lo regular pagana o profana) y era una palabra en contraste con la historia y la ciencia (de hecho aún lo es en cierta forma), más cerca de lo sagrado y lo sobrenatural, pero los intelectuales hoy día le prestan más atención y ya no ven al mito sólo como un hecho que aludía de manera alegórica a los orígenes de la prehistoria. El mito es mucho más que eso y tiene un matrimonio tácito con la literatura y es allí donde nace una relación estrecha con la realidad: la creación literaria es una mentira que dice algo de la verdadera realidad; el mito (en su visión primitiva) se crea desde el primer asombro que tenemos de la realidad cuando no la comprendemos y existe la necesidad de explicarla.
En la mitología no todo es mentira, nos dice Federico Carlos Sainz De Robles en su Ensayo de un diccionario de la literatura (1965). El mito es algo más; es algo vivo. A través de él se han explicado grandes obras de arte; se ha esclarecido la historia de naciones ancestrales; se han aclarado circunstancias sociales y sensibilidades religiosas; se han descubierto reglas morales y sociales, comportamientos y normas morales de los pueblos. La alegoría del mito es más fuerte que la realidad y es por eso que, a pesar de que la ciencia ha logrado explicar muchos fenómenos, despojando del asombro prehistórico, el hombre prefiere seguir recreando la realidad desde su cosmovisión; tal vez porque la posibilidad de asombro crea posibilidades de creación.
Quiero citar unos fragmentos del libro de Michele Craveri, Contadores de historias, arquitectos del cosmos (2012):
Los mitos son sueños “seculares de la humanidad” que dan a la sociedad cohesión, legitimidad y solidaridad a través del símbolo. Evocan la realidad en el espacio de la representación, conmueven al público y lo hacen participe de una experiencia colectiva. (…) El relato mítico es una forma narrativa de elaborar las inquietudes y las interrogantes centrales de un grupo social, paralela a otros instrumentos comunicativos, como los rituales, la música, las representaciones escénicas y la arquitectura
De allí la importancia del mito y su representación simbólica en la cultura tradicional popular. Estos símbolos están implícitos en la literatura popular, es decir, en la oralidad. Cuando contamos cuentos reconstruimos los símbolos de nuestra subjetividad. En el prólogo al libro de Sarah Hirschman, Gente y cuentos ¿A quién pertenece la literatura? (2011), Ricardo Piglia sostiene que la historia de la narración oral es la historia de cómo se ha construido cierta idea de la subjetividad. Este autor también cita al filósofo  Karl Popper quién acuñó la tesis de que lo más característico del lenguaje humano es la posibilidad de contar historias. Los seres humanos llevamos dentro un universo mítico personal que se llama memoria o, si bien prefieren, recuerdos. Cuando nos comunicamos y conversamos, compartimos historias que devienen en símbolos míticos. Los sujetos se reconstruyen a sí mismos a partir de sus propios relatos.
Aseguraba Pavese, que cada uno de nosotros, de manera individual, guarda en el interior una “riqueza interior de figuraciones” que llamamos recuerdos. Estas figuraciones se mitifican cuando las evocamos y las poetizamos; son nuestros momentos de asombro que redescubrimos cada vez que los evocamos. “Cada uno de nosotros tiene una riqueza interior de figuraciones - normalmente se pueden reducir a pocos y grandes motivos- que forman el vivero de todos sus momentos de asombro", dice Pavese y añade "La poesía busca, a menudo, renovarse, recurriendo al simbolismo, a los recuerdos de la infancia, y también a los mitos". Hay una sensibilidad espiritual y religiosa que solo es percibida por la inteligencia emocional y social de los pueblos. No puede ser explicada; es un hecho poético hipersensible.
Nuestra realidad está llena de representaciones simbólicas que usualmente los escritores utilizan para darle sentido a la realidad desde las ficciones. Por otra parte, dentro del corpus del patrimonio inmaterial,  la narración oral, ese arte milenario de comunicarnos y socializar a través de la palabra hablada, es uno de los sectores más ricos de nuestra manifestación folklórica, como afirmó Dora Pérez de Zárate en sus valiosos estudios sobre la literatura popular.
Así como en las ciencias exactas los matemáticos se han esforzado por explicar el universo, así sucede con la fábula mítica y la empresa del héroe mítico cuya riqueza simbólica no tiene ni tiempo ni espacio y sólo es atrapada por la literatura que intenta explicar su sello mítico, su aura mítica. Comparado con la ciencia es como cuando Tycho Brahe desafió la teoría aristotélica para explicar el origen del universo, luego Johanes Kepler tomó las observaciones de Brahe para plantear la órbita de los planetas en torno al sol; para que después Galileo Galilei propusiera la relatividad del movimiento de los cuerpos celestes que más tarde ayudará a Isaac Newton a formular las leyes de la dinámica a través de su famosa ley de la gravitación universal. Solo que el mito es un valor unívoco y absoluto, ocurrido de una vez por todas cuya unicidad es revalorada, sobre todo hoy día, cuando las nuevas tensiones emergentes posibilitan la cohesión de nuevas significaciones imaginarias.
La narración oral es un componente vital en la cultura popular tradicional. No sólo es reflejo de la memoria colectiva y la herencia patrimonial, también es una forma de evitar la lógica de la repetición compulsiva que no permite reflexionar el pasado y sus elementos positivos, como lo ha advertido el filósofo Paul Ricour. La narración oral permite repensar el pasado para entender el mundo actual, incluso, y vamos a ser temerarios con la siguiente afirmación: la narración oral, posibilita la construcción de los grandes proyectos utópicos políticos frustrados en el pasado. Vemos en el poder de una historia la potencialidad de repensar proyectos de vida desde la creatividad política. Es por eso que la narración oral sirve de base para los estudios etnográficos, antropológicos, psicológicos, filosóficos, lingüísticos y literarios.
En Panamá, muchos de los acontecimientos, circunstancias, valores, costumbres y normas las conocemos a través del cuento, la leyenda y la fábula. Existe un cuento del pueblo Ngöbe-Buglé que habla de la creación de este pueblo. Es la historia de la lucha de dos pueblos: los Degó y los Moing. Ambos tenían la facultad de convertirse en animales. Los Degó eran seres buenos y pacíficos; los Moing en cambio eran muy agresivos. Por lo tanto los Degó tomaban siempre formas de animales inofensivos y los Moing de animales feroces. Así las cosas los Moing perseguían siempre a los Degó para matarlos y devorarlos hasta que intervino Mirónomo Krono, Jutú Krono o Nogobó, es decir, Dios. Mirónomo Krono mandó varios cataclismos a los Moing (parecidos un poco a los diluvios bíblicos) por ser tan malos. Cada vez que caía un rayo del cielo los Moing hacían muecas a Mirónomo Krono y éste los castigaba convirtiéndolos en árboles o piedra. De allí la creencia de que en la selva hay distintos tipos de árboles, y los petroglifos, encontrados en algunas zonas de Chiriquí, fueron estas criaturas en algún tiempo mítico.
La tradición de la cultura guna es totalmente oral. Los sailagan son los ancianos autorizados para transmitir este saber oral a las nuevas generaciones. Es muy probable que la actual crisis civilizatoria cultural, como la ha llamado Patricio Rivas Herrera, técnico e investigador del Convenio Andrés Bello, haya tenido efectos en la nación dule: los jóvenes son atraídos por los espejismos de la globalización y cada vez se ve más la migración por causas laborales de éstos hacia el mundo de los waga, lo que causa un proceso de aculturación y desconexión con la territorialidad y la identidad. Esto puede ser un problema, pero peor sería que se pierda una historia oral que ha sido patrimonio de la memoria de los gunas.
Aiban Wagua recopiló, sintetizó e interpretó los elementos de la religión guna, un sistema muy complejo de símbolos y metáforas que se encuentra en el Bab Igala o Anmar danikid y que solo es transmitido de manera oral por los sailagan. En principio la empresa de crear este libro no fue del todo acogida por todos los sailagan, pero finalmente el Congreso General de la Cultura Guna lo aprobó y hoy se cuenta con un hermoso libro que representa el patrimonio del pueblo guna, su cosmovisión del universo, su pensamiento, su manera de valorar el mundo y su proyecto de vida. El libro se titula: En defensa de la vida y su armonía: elementos de la religión guna (2000). Para algunos será una mera compilación de mitos o fábulas mentirosas, pero para nosotros es un tratado que enriquece la diversidad cultural identitaria y la cohesión social en el marco de las tensiones de la globalización y la homogenización cultural.
Al inicio todo era oscuro. Una oscuridad tan densa como si le apretaran a uno los ojos con dos manos. No había sol, no había luna, no habían nacido las estrellas. Entonces Bad Dummad se dispuso a crear la tierra, Nan Dummad se dispuso a crea la tierra”, narra el inicio de uno de los textos. Más adelante se puede leer: “Baba y Nana trabajaron juntos” o “Baba y Nana crearon todo”. Para entender estas categorías, escribe Aiban Wagua, hace falta situarse desde la lógica guna, no basta los términos teológicos accidentales, hay que sumergirse en la realidad de la experiencia guna. Comparado al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de la fe cristiana, que son una y la misma entidad, para la sensibilidad religiosa guna Baba y Nana no pueden existir sin el otro; si no es así, no hay perfección: en la perfección de Nana estriba la perfección de Baba y viceversa.
Existe una necesidad de poetizar el mito. Si el hombre primitivo falseó la verdad para fundar un mito; el poeta, o mejor dicho, el escritor, poetiza el mito para llegar a la verdad, o al menos, para tener una representación de esa verdad. Es una de las razones que han llevado a muchos autores a crear personajes que devienen en mito. Tal vez el ejemplo más notable en nuestra literatura (no es el único) es Rafael, el personaje de El ahogado, la novela de Tristán Solarte.
En esta novela se puede pensar en una revaloración del mito de La Tulivieja, mito que en otras partes del istmo centroamericano tiene otros nombres como La Tepesa o la Llorona. Josefina, la madre de Rafael, tiene un encuentro amoroso con un “hombre silencioso” en un río, el hombre desaparece dejando, en principio, una atmósfera esotérica; todo parece indicar que Josefina hizo el amor con el diablo. Al poco tiempo queda en cinta y nace Rafael, la madre enloquece y es internada en el Matías Hernández. El hijo es acosado por la idea de que su madre es la Tulivieja, y que lo persigue. La obra de Solarte está llena de elementos de intertextualidad mítica. Sus personajes son sujetos del mito. De todos los estudios valiosos que hay sobre esta novela queremos mencionar en esta ocasión el estudio de la profesora Berna Burrell: Lo mítico y lo simbólico imbricado en la realidad: la ilusión ficcional de El ahogado. La profesora Burrell hace un interesante análisis del corpus de la novela e identifica los elementos intertextuales del relato folclórico de la Tulivieja en la obra de Solarte. (El ensayo fue publicado en la Revista Iberoamericana, Nº 196, 2001 y en el Boletín de la Academia Panameña de la Lengua. Nº3, sexta época, 2003).
Existen antologías de autores panameños que han tratado de compilar nuestras leyendas y cuentos folclóricos. Quién puede olvidar las experiencias escolares con las Narraciones Panameñas de Berta María Cabezas. Los libros: Cuentos panameños de la ciudad y del campo de Ignacio de J. Valdés; las Tradiciones y leyendas panameñas de Luisita Aguilera Patiño; Leyendas e Historias de Panamá La Vieja de Ernesto J. Castillero, las Veintiséis leyendas panameñas de Sergio González Ruiz; y los Cuentos folklóricos de Panamá de Mario Riera Pinilla recopilan leyendas y cuentos folclóricos de gran valor para la identidad nacional. Más recientemente, en 1994, Juan Antonio Gómez publicó el libro El cuento panameño de tema campesino. En esta antología Juan Gómez hace un valioso recorrido por el cuento panameño desde Salomón Ponce Aguilera (el primer escritor panameño que publica cuentos. La primera mujer en escribir cuentos propiamente tales es Graciela Rojas Sucre, no Luisita Aguilera P., como algunos piensan), pasando por Ricardo Miró, Ernesto J. Castillero R., José María Núñez, Moisés Castillo, entre otros. Pero lo interesante para nosotros es cómo muchos de los temas de estos cuentos son una muestra representativa de las costumbres, creencias y mitos que configuran las representaciones simbólicas del ser panameño.
Juan Antonio Gómez también hace una representación y revalorización de la leyenda de La india dormida en otro libro: Del tiempo y la memoria. Lo que hace Gómez es poetizar el mito de esta leyenda a través de la recreación literaria. José Gabino Rivera publicó, en el año 2000, una obra titulada Cuentos y leyendas del folklore panameño. Aunque el libro adolece de la falta de un estudio, este escollo se perdona cuando nos encontramos con una serie de cuentos y relatos que van desde las fábulas de Tío tigre y Tío conejo, hasta casos  y  sucesos de la Semana Santa y leyendas que no conocíamos como La niña que se volvió paloma de montaña. Otro atributo de este libro es que fue creado de un trabajo de campo que recopiló el autor de cuenteros de Dolega, Tolé, Macaracas, Bugaba, Renacimiento, Soná, Barú y Santa María; un trabajo que hay que hacer a lo largo de la nación.
Nuestra tradición oral es muy rica en torno al tema del mito. Existen muchos estudios de tesis que recopilan información valiosa. Los informantes generalmente son los abuelos; la memoria viva de los pueblos. Uno de los trabajos más valiosos es de Dora Pérez de Zárate: La saga panameña, un tema inquietante. Aquí la doctora Zárate logra compilar una muestra muy representativa suministrada por los informantes sobre personajes sobrenaturales (como la Tepesa, por ejemplo) que ella prefiere enmarcarlos bajo el concepto de “saga” y no “mito”, dado que para la doctora Zárate la “saga” pertenece a un sector más abarcador que incluye las creencias. En este sentido tiene razón ya que muchas de esas “creencias” no sólo devienen en mito, sino en leyendas y cuentos que son estructuras algo más complejas.
De la interpretación, valoración, conocimiento y respeto que tengamos de los mitos depende el aprecio hacia nuestra identidad. Hay una necesidad religiosa de crear los mitos; hay otra necesidad científica de interpretar los mitos y hay una necesidad cultural de practicar el ritual del mito; pero nosotros nos atreveríamos a nombrar una cuarta: la necesidad de aceptar el mito como una realidad que nos ayuda a sensibilizarnos y trascender en lo que nosotros pensamos es la verdadera realidad. Aquí el papel de los narradores de historias juega un papel muy importante, porque nosotros conectamos la realidad del mito con la realidad social.
Quiero citar otra vez a Michele Craveri: “El mito y el símbolo pertenecen a la sustancia de la vida espiritual de todas las culturas y forman modelos de comprensión y de comunicación de las incógnitas de la vida humana”. La narración oral nos permite tener una imagen de nuestros códigos sustanciales y de esos modelos de comprensión. Pero tenemos que re-mirar y re-pensar el valor social de un cuenta-cuentos. Necesitamos re-construir la imagen ideal de lo que es un cuenta-cuentos. Y creo que esa imagen se construye a partir de una experiencia con el símbolo y el mito.
Es por eso en que insistimos en el valor social de la palabra desde la oralidad. Cuando nos referimos a la noción social de la palabra, aludimos al acto de recuperación y posicionamiento de la cultura a través de la palabra oral y escrita; ese acto antropológico, filosófico y poético que tiene lugar de manera implícita en los procesos sociales; la importancia que tiene en la construcción de subjetividades el simple hecho de conversar y relatarnos historias; el rol social de los cuentos, mitos y leyendas como depositarios de la memoria y la identidad es insuperable. El acto de conversación entre las personas ayuda a repensar su realidad y a hablar de sus problemas. En varias ocasiones, después de contar un cuento, se me nos han acercado adultos para decirnos que el cuento “me recordó algo…”.
Con la narración oral rescatamos la memoria colectiva y fortalecemos el imaginario y la creatividad. Y al reforzar el imaginario despertamos la creatividad y dotamos de sentido de pertenencia a las personas. Con la narración oral sensibilizamos, de manera integral, una serie de conexiones éticas y cívicas que crean empatías. La gente se identifica con las historias y se reconocen.  Somos convencidos de que con los cuentos se puede educar en la construcción ciudadana sin la necesidad de hacer de los cuentos una experiencia religiosa o moralizante. Hemos aprendido a contar cuentos que nos permiten luego trabajar sobre temas complejos como la política, las sexualidades, el cuerpo, el liderazgo, el trabajo en equipo, la otredad; o temas escabrosos o inquietantes como el divorcio, la muerte, el bullyng, la homofobia, las discapacidades, la obesidad, las adicciones, los conflictos y muchas otras nociones y conceptos que son muchas veces un tabú en nuestras instituciones.
Con la narración oral podemos trazar ejes transversales con distintas disciplinas que nos pueden ayudar a recuperar los anclajes cívicos y darle valor real a los valores que hoy día ha perdido sentido. Educar con los cuentos es posible para construir una nueva ecología humana diseñada para compartir saberes. Volver a conversar y contarnos historias puede ayudar a que los espacios de integración que están menoscabados como la familia, la escuela, el barrio, recuperen su valor social. Pero para eso tenemos que abrirle espacio a la narración oral y darle un lugar en los procesos culturales.
Carecemos de festivales, congresos y encuentros para la oralidad. No hay espacios ni colecciones para la investigación. Carecemos de un Centro de Estudios Folklóricos o de un Centro de Estudios de Investigaciones y Estudios Culturales. Sería de gran utilidad un Revista de Tradiciones Panameñas, para dotar de acervo literario a nuestros docentes. Apelamos a que el Ministerio de Educación incluya en el currículo escolar la lectura de algunos de los textos que citamos en este trabajo. Los informantes únicos y más valiosos, que son la memoria viva de los pueblos,  nuestros ancianos, se están muriendo y no se registran sus conocimientos pese a las facilidades de la tecnología. Cuenteros, curanderos, repentistas, talladores, pujadores entre otros maestros de nuestro patrimonio inmaterial, desaparecen. No sólo cuentos, mitos y leyendas, también recetas, ceremonias, rituales, canciones, adivinanzas, refranes, rondas, dichos, casos, anécdotas, son parte del rico patrimonio cultural de nuestra memoria e identidad y es menester rescatarlos. De lo contrario, la soledad, el ruido y el silencio tomarán su lugar.
Sala de uso múltiple, Patronato Panamá Viejo, 22 de octubre de 2014.

Rogelio Guerra Ávila: modelo para narrar la identidad

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