domingo, 26 de octubre de 2014

Narración Oral: memoria e identidad





 El pasado 22 de octubre participamos en la VIII Jornadas Hablemos de Patrimonio organizadas por el Comité Hablemos de Patrimonio en el Patronato Panamá Viejo. El tema central fue Patrimonio Inmaterial: memoria e identidad. Los expositores fueron Dagoberto Chung quien presentó un trabajo de investigación titulado: Oralidad cantera eterna, con el cual el público pudo tener un encuentro con la palabra y sus múltiples posibilidades en el folclor popular; un excelente trabajo de investigación que nos llevó por los caminos de la lingüística pasando por el sentido de pertenencia a través del lenguaje.

La otra ponencia fue de nuestra autoría y la titulamos: Representaciones simbólicas: mito y literatura en la narración oral. Nuestro trabajo intentó problematizar el tema de la oralidad en nuestro país, a la vez de hacer una aproximación de los principales elementos para un debate que a penas inicia. La moderación de la mesa estuvo a cargo de la escritora Consuelo Tomás Fitzgerald quien también  hizo un acercamiento a las nociones básicas del patrimonio inmaterial.

Ambos trabajos finalizaron haciendo una serie de propuestas para rescatar el valor social de la palabra oral, el patrimonio inmaterial y el folclor literario panameño. La participación del público fue muy positiva y quedó marcada la preocupación de que se deben tomar acciones desde las políticas de Estado y desde iniciativas particulares como el trabajo que vienen desarrollando la Red Panameña de Narradores de Historias. El papel de los equipamientos culturales, las universidades y el municipio es importante para salvaguardar la cultura oral y promover el arte de la conversación. El evento culminó con una demostración de narración oral de parte de Dagoberto Chung quien narró un canto de origen guna. Y Carlos Fong contó un cuento corto de Gianni Rodari. 

En esta edición de Mirada de Nuchu publicamos nuestro ensayo que no pudimos leer en su totalidad en la actividad por ser muy largo. No podemos publicar el trabajo de Dagoberto Chung, pues es una presentación en power point y tampoco tenemos los permisos. Agradecemos mucho al Comité Hablemos de Patrimonio por la invitación y contribuir en el posicionamiento de la oralidad en el contexto de la problemática cultural. 

CF

Representaciones simbólicas:
Mito y literatura en la narración oral
Por Carlos Fong


“Cuando el hombre sabe, crea la historia.
Cuando el hombre ignora, crea el mito”.
Federico Carlos Sainz De Robles


"Los símbolos que cada uno de nosotros lleva en sí y encuentra de repente en el mundo, los que sobresaltan su corazón al reconocerlos, son sus recuerdos auténticos. Son también verdaderos y propios descubrimientos. Es necesario tomar conciencia de que no vemos las cosas por vez primera, sino siempre por segunda. Entonces las descubrimos y, al mismo tiempo, las recordamos. (…) Solo admiramos de la realidad lo que ya hemos admirado una vez”. Esta concepción sencilla, moderna y poética del mito, hecha por Cesare Pavese a mediados del S20, quizá en otros tiempos habría provocado un interesante debate, porque el mito no siempre fue mirado desde una concepción poética, sino antropológica e histórica.
Etimológicamente la palabra mito viene del griego clásico mythos que significa fábula, relato o cuento. Para Platón muthología no significaba otra cosa que la afición a contar historias. Un mitólogo no era más que un “cuentero”, a decir de Enrique Buenaventura. Los términos mitológico, mitologizar, mitologista y mitólogo (principios del siglo 17) tenían que ver con la narración fabulosa, pero mitología y mitologizar “se utilizaban las más de las veces con sentido de interpretar o anotar los relatos fabulosos” anota Raymond Williams en su libro Palabras clave (2000).
La “interpretación mitológica” es un concepto que se utilizó en 1914 y hacia principios del S19 la palabra tomó dos tendencias: con Coleridge fue una “construcción imaginaria particular” y la revista “Westmister” acuñó el concepto en 1830 “causa en las circunstancias de la historia fabulada”. A mediados del S19 el concepto de mito era utilizado para “referirse a una invención no sólo fabulosa sino indigna de confianza e incluso deliberadamente engañosa”, es decir que tenía una connotación casi peyorativa; el mito no tenía nada que ver con la realidad.
A veces el mito alternaba con la fábula; sin embargo, había una distinción con la “leyenda”, que a pesar de ser una invención era más relacionada con la historia. Lo mismo pasaba con la “alegoría”, que aun siendo más fabulosa señalaba alguna realidad concreta. Más tarde, el mito adquirió un sentido positivo, tal vez por la ocupación que le han dado filósofos, antropólogos, historiadores y hasta poetas, incluso los narradores orales; sin tratar de exagerar, son estos últimos los que han definido mejor al mito, quizás por la estrecha relación que existe entre mito y literatura.
La palabra mito aludía en principio a la mera fábula (por lo regular pagana o profana) y era una palabra en contraste con la historia y la ciencia (de hecho aún lo es en cierta forma), más cerca de lo sagrado y lo sobrenatural, pero los intelectuales hoy día le prestan más atención y ya no ven al mito sólo como un hecho que aludía de manera alegórica a los orígenes de la prehistoria. El mito es mucho más que eso y tiene un matrimonio tácito con la literatura y es allí donde nace una relación estrecha con la realidad: la creación literaria es una mentira que dice algo de la verdadera realidad; el mito (en su visión primitiva) se crea desde el primer asombro que tenemos de la realidad cuando no la comprendemos y existe la necesidad de explicarla.
En la mitología no todo es mentira, nos dice Federico Carlos Sainz De Robles en su Ensayo de un diccionario de la literatura (1965). El mito es algo más; es algo vivo. A través de él se han explicado grandes obras de arte; se ha esclarecido la historia de naciones ancestrales; se han aclarado circunstancias sociales y sensibilidades religiosas; se han descubierto reglas morales y sociales, comportamientos y normas morales de los pueblos. La alegoría del mito es más fuerte que la realidad y es por eso que, a pesar de que la ciencia ha logrado explicar muchos fenómenos, despojando del asombro prehistórico, el hombre prefiere seguir recreando la realidad desde su cosmovisión; tal vez porque la posibilidad de asombro crea posibilidades de creación.
Quiero citar unos fragmentos del libro de Michele Craveri, Contadores de historias, arquitectos del cosmos (2012):
Los mitos son sueños “seculares de la humanidad” que dan a la sociedad cohesión, legitimidad y solidaridad a través del símbolo. Evocan la realidad en el espacio de la representación, conmueven al público y lo hacen participe de una experiencia colectiva. (…) El relato mítico es una forma narrativa de elaborar las inquietudes y las interrogantes centrales de un grupo social, paralela a otros instrumentos comunicativos, como los rituales, la música, las representaciones escénicas y la arquitectura
De allí la importancia del mito y su representación simbólica en la cultura tradicional popular. Estos símbolos están implícitos en la literatura popular, es decir, en la oralidad. Cuando contamos cuentos reconstruimos los símbolos de nuestra subjetividad. En el prólogo al libro de Sarah Hirschman, Gente y cuentos ¿A quién pertenece la literatura? (2011), Ricardo Piglia sostiene que la historia de la narración oral es la historia de cómo se ha construido cierta idea de la subjetividad. Este autor también cita al filósofo  Karl Popper quién acuñó la tesis de que lo más característico del lenguaje humano es la posibilidad de contar historias. Los seres humanos llevamos dentro un universo mítico personal que se llama memoria o, si bien prefieren, recuerdos. Cuando nos comunicamos y conversamos, compartimos historias que devienen en símbolos míticos. Los sujetos se reconstruyen a sí mismos a partir de sus propios relatos.
Aseguraba Pavese, que cada uno de nosotros, de manera individual, guarda en el interior una “riqueza interior de figuraciones” que llamamos recuerdos. Estas figuraciones se mitifican cuando las evocamos y las poetizamos; son nuestros momentos de asombro que redescubrimos cada vez que los evocamos. “Cada uno de nosotros tiene una riqueza interior de figuraciones - normalmente se pueden reducir a pocos y grandes motivos- que forman el vivero de todos sus momentos de asombro", dice Pavese y añade "La poesía busca, a menudo, renovarse, recurriendo al simbolismo, a los recuerdos de la infancia, y también a los mitos". Hay una sensibilidad espiritual y religiosa que solo es percibida por la inteligencia emocional y social de los pueblos. No puede ser explicada; es un hecho poético hipersensible.
Nuestra realidad está llena de representaciones simbólicas que usualmente los escritores utilizan para darle sentido a la realidad desde las ficciones. Por otra parte, dentro del corpus del patrimonio inmaterial,  la narración oral, ese arte milenario de comunicarnos y socializar a través de la palabra hablada, es uno de los sectores más ricos de nuestra manifestación folklórica, como afirmó Dora Pérez de Zárate en sus valiosos estudios sobre la literatura popular.
Así como en las ciencias exactas los matemáticos se han esforzado por explicar el universo, así sucede con la fábula mítica y la empresa del héroe mítico cuya riqueza simbólica no tiene ni tiempo ni espacio y sólo es atrapada por la literatura que intenta explicar su sello mítico, su aura mítica. Comparado con la ciencia es como cuando Tycho Brahe desafió la teoría aristotélica para explicar el origen del universo, luego Johanes Kepler tomó las observaciones de Brahe para plantear la órbita de los planetas en torno al sol; para que después Galileo Galilei propusiera la relatividad del movimiento de los cuerpos celestes que más tarde ayudará a Isaac Newton a formular las leyes de la dinámica a través de su famosa ley de la gravitación universal. Solo que el mito es un valor unívoco y absoluto, ocurrido de una vez por todas cuya unicidad es revalorada, sobre todo hoy día, cuando las nuevas tensiones emergentes posibilitan la cohesión de nuevas significaciones imaginarias.
La narración oral es un componente vital en la cultura popular tradicional. No sólo es reflejo de la memoria colectiva y la herencia patrimonial, también es una forma de evitar la lógica de la repetición compulsiva que no permite reflexionar el pasado y sus elementos positivos, como lo ha advertido el filósofo Paul Ricour. La narración oral permite repensar el pasado para entender el mundo actual, incluso, y vamos a ser temerarios con la siguiente afirmación: la narración oral, posibilita la construcción de los grandes proyectos utópicos políticos frustrados en el pasado. Vemos en el poder de una historia la potencialidad de repensar proyectos de vida desde la creatividad política. Es por eso que la narración oral sirve de base para los estudios etnográficos, antropológicos, psicológicos, filosóficos, lingüísticos y literarios.
En Panamá, muchos de los acontecimientos, circunstancias, valores, costumbres y normas las conocemos a través del cuento, la leyenda y la fábula. Existe un cuento del pueblo Ngöbe-Buglé que habla de la creación de este pueblo. Es la historia de la lucha de dos pueblos: los Degó y los Moing. Ambos tenían la facultad de convertirse en animales. Los Degó eran seres buenos y pacíficos; los Moing en cambio eran muy agresivos. Por lo tanto los Degó tomaban siempre formas de animales inofensivos y los Moing de animales feroces. Así las cosas los Moing perseguían siempre a los Degó para matarlos y devorarlos hasta que intervino Mirónomo Krono, Jutú Krono o Nogobó, es decir, Dios. Mirónomo Krono mandó varios cataclismos a los Moing (parecidos un poco a los diluvios bíblicos) por ser tan malos. Cada vez que caía un rayo del cielo los Moing hacían muecas a Mirónomo Krono y éste los castigaba convirtiéndolos en árboles o piedra. De allí la creencia de que en la selva hay distintos tipos de árboles, y los petroglifos, encontrados en algunas zonas de Chiriquí, fueron estas criaturas en algún tiempo mítico.
La tradición de la cultura guna es totalmente oral. Los sailagan son los ancianos autorizados para transmitir este saber oral a las nuevas generaciones. Es muy probable que la actual crisis civilizatoria cultural, como la ha llamado Patricio Rivas Herrera, técnico e investigador del Convenio Andrés Bello, haya tenido efectos en la nación dule: los jóvenes son atraídos por los espejismos de la globalización y cada vez se ve más la migración por causas laborales de éstos hacia el mundo de los waga, lo que causa un proceso de aculturación y desconexión con la territorialidad y la identidad. Esto puede ser un problema, pero peor sería que se pierda una historia oral que ha sido patrimonio de la memoria de los gunas.
Aiban Wagua recopiló, sintetizó e interpretó los elementos de la religión guna, un sistema muy complejo de símbolos y metáforas que se encuentra en el Bab Igala o Anmar danikid y que solo es transmitido de manera oral por los sailagan. En principio la empresa de crear este libro no fue del todo acogida por todos los sailagan, pero finalmente el Congreso General de la Cultura Guna lo aprobó y hoy se cuenta con un hermoso libro que representa el patrimonio del pueblo guna, su cosmovisión del universo, su pensamiento, su manera de valorar el mundo y su proyecto de vida. El libro se titula: En defensa de la vida y su armonía: elementos de la religión guna (2000). Para algunos será una mera compilación de mitos o fábulas mentirosas, pero para nosotros es un tratado que enriquece la diversidad cultural identitaria y la cohesión social en el marco de las tensiones de la globalización y la homogenización cultural.
Al inicio todo era oscuro. Una oscuridad tan densa como si le apretaran a uno los ojos con dos manos. No había sol, no había luna, no habían nacido las estrellas. Entonces Bad Dummad se dispuso a crear la tierra, Nan Dummad se dispuso a crea la tierra”, narra el inicio de uno de los textos. Más adelante se puede leer: “Baba y Nana trabajaron juntos” o “Baba y Nana crearon todo”. Para entender estas categorías, escribe Aiban Wagua, hace falta situarse desde la lógica guna, no basta los términos teológicos accidentales, hay que sumergirse en la realidad de la experiencia guna. Comparado al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de la fe cristiana, que son una y la misma entidad, para la sensibilidad religiosa guna Baba y Nana no pueden existir sin el otro; si no es así, no hay perfección: en la perfección de Nana estriba la perfección de Baba y viceversa.
Existe una necesidad de poetizar el mito. Si el hombre primitivo falseó la verdad para fundar un mito; el poeta, o mejor dicho, el escritor, poetiza el mito para llegar a la verdad, o al menos, para tener una representación de esa verdad. Es una de las razones que han llevado a muchos autores a crear personajes que devienen en mito. Tal vez el ejemplo más notable en nuestra literatura (no es el único) es Rafael, el personaje de El ahogado, la novela de Tristán Solarte.
En esta novela se puede pensar en una revaloración del mito de La Tulivieja, mito que en otras partes del istmo centroamericano tiene otros nombres como La Tepesa o la Llorona. Josefina, la madre de Rafael, tiene un encuentro amoroso con un “hombre silencioso” en un río, el hombre desaparece dejando, en principio, una atmósfera esotérica; todo parece indicar que Josefina hizo el amor con el diablo. Al poco tiempo queda en cinta y nace Rafael, la madre enloquece y es internada en el Matías Hernández. El hijo es acosado por la idea de que su madre es la Tulivieja, y que lo persigue. La obra de Solarte está llena de elementos de intertextualidad mítica. Sus personajes son sujetos del mito. De todos los estudios valiosos que hay sobre esta novela queremos mencionar en esta ocasión el estudio de la profesora Berna Burrell: Lo mítico y lo simbólico imbricado en la realidad: la ilusión ficcional de El ahogado. La profesora Burrell hace un interesante análisis del corpus de la novela e identifica los elementos intertextuales del relato folclórico de la Tulivieja en la obra de Solarte. (El ensayo fue publicado en la Revista Iberoamericana, Nº 196, 2001 y en el Boletín de la Academia Panameña de la Lengua. Nº3, sexta época, 2003).
Existen antologías de autores panameños que han tratado de compilar nuestras leyendas y cuentos folclóricos. Quién puede olvidar las experiencias escolares con las Narraciones Panameñas de Berta María Cabezas. Los libros: Cuentos panameños de la ciudad y del campo de Ignacio de J. Valdés; las Tradiciones y leyendas panameñas de Luisita Aguilera Patiño; Leyendas e Historias de Panamá La Vieja de Ernesto J. Castillero, las Veintiséis leyendas panameñas de Sergio González Ruiz; y los Cuentos folklóricos de Panamá de Mario Riera Pinilla recopilan leyendas y cuentos folclóricos de gran valor para la identidad nacional. Más recientemente, en 1994, Juan Antonio Gómez publicó el libro El cuento panameño de tema campesino. En esta antología Juan Gómez hace un valioso recorrido por el cuento panameño desde Salomón Ponce Aguilera (el primer escritor panameño que publica cuentos. La primera mujer en escribir cuentos propiamente tales es Graciela Rojas Sucre, no Luisita Aguilera P., como algunos piensan), pasando por Ricardo Miró, Ernesto J. Castillero R., José María Núñez, Moisés Castillo, entre otros. Pero lo interesante para nosotros es cómo muchos de los temas de estos cuentos son una muestra representativa de las costumbres, creencias y mitos que configuran las representaciones simbólicas del ser panameño.
Juan Antonio Gómez también hace una representación y revalorización de la leyenda de La india dormida en otro libro: Del tiempo y la memoria. Lo que hace Gómez es poetizar el mito de esta leyenda a través de la recreación literaria. José Gabino Rivera publicó, en el año 2000, una obra titulada Cuentos y leyendas del folklore panameño. Aunque el libro adolece de la falta de un estudio, este escollo se perdona cuando nos encontramos con una serie de cuentos y relatos que van desde las fábulas de Tío tigre y Tío conejo, hasta casos  y  sucesos de la Semana Santa y leyendas que no conocíamos como La niña que se volvió paloma de montaña. Otro atributo de este libro es que fue creado de un trabajo de campo que recopiló el autor de cuenteros de Dolega, Tolé, Macaracas, Bugaba, Renacimiento, Soná, Barú y Santa María; un trabajo que hay que hacer a lo largo de la nación.
Nuestra tradición oral es muy rica en torno al tema del mito. Existen muchos estudios de tesis que recopilan información valiosa. Los informantes generalmente son los abuelos; la memoria viva de los pueblos. Uno de los trabajos más valiosos es de Dora Pérez de Zárate: La saga panameña, un tema inquietante. Aquí la doctora Zárate logra compilar una muestra muy representativa suministrada por los informantes sobre personajes sobrenaturales (como la Tepesa, por ejemplo) que ella prefiere enmarcarlos bajo el concepto de “saga” y no “mito”, dado que para la doctora Zárate la “saga” pertenece a un sector más abarcador que incluye las creencias. En este sentido tiene razón ya que muchas de esas “creencias” no sólo devienen en mito, sino en leyendas y cuentos que son estructuras algo más complejas.
De la interpretación, valoración, conocimiento y respeto que tengamos de los mitos depende el aprecio hacia nuestra identidad. Hay una necesidad religiosa de crear los mitos; hay otra necesidad científica de interpretar los mitos y hay una necesidad cultural de practicar el ritual del mito; pero nosotros nos atreveríamos a nombrar una cuarta: la necesidad de aceptar el mito como una realidad que nos ayuda a sensibilizarnos y trascender en lo que nosotros pensamos es la verdadera realidad. Aquí el papel de los narradores de historias juega un papel muy importante, porque nosotros conectamos la realidad del mito con la realidad social.
Quiero citar otra vez a Michele Craveri: “El mito y el símbolo pertenecen a la sustancia de la vida espiritual de todas las culturas y forman modelos de comprensión y de comunicación de las incógnitas de la vida humana”. La narración oral nos permite tener una imagen de nuestros códigos sustanciales y de esos modelos de comprensión. Pero tenemos que re-mirar y re-pensar el valor social de un cuenta-cuentos. Necesitamos re-construir la imagen ideal de lo que es un cuenta-cuentos. Y creo que esa imagen se construye a partir de una experiencia con el símbolo y el mito.
Es por eso en que insistimos en el valor social de la palabra desde la oralidad. Cuando nos referimos a la noción social de la palabra, aludimos al acto de recuperación y posicionamiento de la cultura a través de la palabra oral y escrita; ese acto antropológico, filosófico y poético que tiene lugar de manera implícita en los procesos sociales; la importancia que tiene en la construcción de subjetividades el simple hecho de conversar y relatarnos historias; el rol social de los cuentos, mitos y leyendas como depositarios de la memoria y la identidad es insuperable. El acto de conversación entre las personas ayuda a repensar su realidad y a hablar de sus problemas. En varias ocasiones, después de contar un cuento, se me nos han acercado adultos para decirnos que el cuento “me recordó algo…”.
Con la narración oral rescatamos la memoria colectiva y fortalecemos el imaginario y la creatividad. Y al reforzar el imaginario despertamos la creatividad y dotamos de sentido de pertenencia a las personas. Con la narración oral sensibilizamos, de manera integral, una serie de conexiones éticas y cívicas que crean empatías. La gente se identifica con las historias y se reconocen.  Somos convencidos de que con los cuentos se puede educar en la construcción ciudadana sin la necesidad de hacer de los cuentos una experiencia religiosa o moralizante. Hemos aprendido a contar cuentos que nos permiten luego trabajar sobre temas complejos como la política, las sexualidades, el cuerpo, el liderazgo, el trabajo en equipo, la otredad; o temas escabrosos o inquietantes como el divorcio, la muerte, el bullyng, la homofobia, las discapacidades, la obesidad, las adicciones, los conflictos y muchas otras nociones y conceptos que son muchas veces un tabú en nuestras instituciones.
Con la narración oral podemos trazar ejes transversales con distintas disciplinas que nos pueden ayudar a recuperar los anclajes cívicos y darle valor real a los valores que hoy día ha perdido sentido. Educar con los cuentos es posible para construir una nueva ecología humana diseñada para compartir saberes. Volver a conversar y contarnos historias puede ayudar a que los espacios de integración que están menoscabados como la familia, la escuela, el barrio, recuperen su valor social. Pero para eso tenemos que abrirle espacio a la narración oral y darle un lugar en los procesos culturales.
Carecemos de festivales, congresos y encuentros para la oralidad. No hay espacios ni colecciones para la investigación. Carecemos de un Centro de Estudios Folklóricos o de un Centro de Estudios de Investigaciones y Estudios Culturales. Sería de gran utilidad un Revista de Tradiciones Panameñas, para dotar de acervo literario a nuestros docentes. Apelamos a que el Ministerio de Educación incluya en el currículo escolar la lectura de algunos de los textos que citamos en este trabajo. Los informantes únicos y más valiosos, que son la memoria viva de los pueblos,  nuestros ancianos, se están muriendo y no se registran sus conocimientos pese a las facilidades de la tecnología. Cuenteros, curanderos, repentistas, talladores, pujadores entre otros maestros de nuestro patrimonio inmaterial, desaparecen. No sólo cuentos, mitos y leyendas, también recetas, ceremonias, rituales, canciones, adivinanzas, refranes, rondas, dichos, casos, anécdotas, son parte del rico patrimonio cultural de nuestra memoria e identidad y es menester rescatarlos. De lo contrario, la soledad, el ruido y el silencio tomarán su lugar.
Sala de uso múltiple, Patronato Panamá Viejo, 22 de octubre de 2014.

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