martes, 15 de octubre de 2013

El Instituto Nacional: En busca del compromiso y la creatividad.

Por Carlos Fong

  El  7 de octubre de 2013 quedará enmarcado en la historia. Ese lunes, la policía nacional intervino (elijo la palabra con cautela, porque la “intervención” también tiene contexto positivo), el plantel del Instituto Nacional para reprimir a estudiantes panameños. Este centro educativo guarda una profunda relación con la nacionalidad panameña; su historia de luchas nacionalistas está fraguada por grandes intelectuales. La ocupación policial se dio por primera vez en la historia del Instituto Nacional. Las autoridades defendieron la acción alegando que había hordas pandilleras en el plantel.

Dos días después, se daba a conocer en la Gaceta número 27391-A, el Decreto Ejecutivo 990 de 9 de octubre de 2013, que firmaba el Presidente de la República, Ricardo Martinelli y la Ministra de Educación, Lucy Molinar, por el cual se creaba la Dirección Nacional de Seguridad Institucional en el Ministerio de Educación (MEDUCA),  la cual especificaba la alianza, desde el MEDUCA, en coordinación con la Policía Nacional, el Servicio Nacional Aeronaval (SENAN), el Servicio Nacional de Fronteras (Senafront) y el Servicio de Protección Institucional (SPI) o Guardia Presidencial; al mismo tiempo controlarían los sistemas de vídeo de vigilancia; además se implementarían programas integrales de vigilancia y seguridad, así como organizar inspectores y agentes de seguridad.
Foto de Mauricio Valenzuela de La Estrella de Panamá
El lunes 14 de octubre la Ministra de Educación anuncia la derogación del Decreto, reiterando que se había creado para frenar el pandillerismo que se estaba dando en el Instituto Nacional. Queremos hacer una reflexión sobre el tema. 

Si hacemos una lectura profunda del hecho, confirmaremos la decadencia institucional en el país; además, descubriremos que no es puramente política, también es por falta de creatividad. La política, ese espacio para el encuentro, para la discusión y la resolución de conflictos, está en crisis en nuestras instituciones. La creatividad, ese don dado al hombre para ordenar el caos, no es reconocida ni practicada por las autoridades. Es por eso que se toman decisiones arbitrarias donde el poder viola los derechos ciudadanos. El poder debe fundarse en el derecho para no ser arbitrario. Si el poder no respeta el derecho propicia el desorden.

Es probable que los estudiantes de nuestro tiempo sean menos cívicos, morales y nobles comparados a los del pasado. Parecen más intolerantes,  indiferentes y sin compromiso con el pasado. Viven a la orilla de un río, donde como Narciso contemplan su reflejo. Sin darse cuenta, desperdician su egocentrismo, fuente de posible creación para construir un mundo con sentido, aunque sea para ellos. El compromiso, no es una palabra que parece preocuparles demasiado.

Pero esta visión hostil de la juventud es un indicador de que nuestros tiempos no están bien. Las tensiones y rivalidades sociales también afectan a la juventud.  Ellos no tienen una capa de acero que los proteja. De hecho, son los más vulnerables a los conflictos. Los jóvenes viven en un presente empobrecido, sin referentes políticos saludables, sometidos a valores autoritarios heredados por los adultos;  son insensibles porque están siendo educados en un falso relativismo con máscara de tolerancia.  Sin comprensión del pasado, porque ese pasado se lo han negado.

Los jóvenes también son, misteriosamente, virtuosos y creativos. Esta virtud se distingue en la resistencia que oponen. No es la falta de creatividad lo que hace que se inclinen a la violencia, es la falta de libertad. Al eliminar las asociaciones juveniles se eliminaron las posibilidades de que los jóvenes hicieran política de manera cívica y creativa para organizarse y aportar ideas como sujetos de derecho en la nueva democracia. Las asociaciones juveniles olían al Che, a Martí y Bolívar; eso representaba un peligro para el nuevo orden.

Hace mucho tiempo Federico Nietzsche nos advirtió que el hombre moderno estaba perdiendo la capacidad de valorar. Cuando algo tiene valor es porque tenemos la voluntad de estimarlo. El nihilismo, incluso, debería servir como una herramienta potencial de creatividad para valorar y asumir el compromiso cívico con lo que realmente importa. El compromiso es necesario para que algo adquiera valor. Dice Allan Bloom: “El compromiso valoriza los valores y los hace valiosos”. Y añade. “Las personas profundamente comprometidas con los valores, son personas admiradas. Su creencia intensa, su preocupación, el hecho de creer en algo, es la prueba de su autonomía, libertad y creatividad”.

Ahora hago la pregunta hacia arriba: ¿Cuál es el compromiso cívico de las autoridades con la educación y los valores democráticos cuando piensan que es con la intervención militar y policial que resolverán los problemas?  ¿Hay una prueba más grande de la falta de creatividad que esta?
Analicemos por encima lo que pretendía el Decreto. Para empezar se creaba una Dirección Nacional de Seguridad Institucional para frenar el pandillerismo. Estoy seguro que la realidad fuera otra si se hubiera creado en su lugar la Dirección Nacional de Integración Institucional, la cual en vez de convocar a los aliados de la “fuerzas armadas”,  hubiera convocado a instituciones aliadas como el INAC (el sector cultura es importante y siempre queda por fuera), el Mides, la Anam, las universidades, incluso a la iglesia y asociaciones cívicas y ONGs (como la Cruz Roja, por ejemplo), de manera que, en vez de un “programa integral de vigilancia y seguridad”, que era lo que pensaban hacer, se creara un Programa Interdisciplinario de Animación Sociocultural Juvenil para la Paz, por ponerle un título, el cual podría, al mismo tiempo, implementarse en todos los centros educativos para que los jóvenes aprendan a construir ciudadanía, a ser creativos, a valorar el compromiso cívico, las ideas, a tomar decisiones, y hacer política para proponer proyectos desde su condición juvenil. Pero todo esto es pedir demasiado.

 En su novela, Manosanta,  Rafael Ruiloba simboliza la lucha entre el bien y el mal, entre Dios y el Diablo, con una pelea de gallos. Vemos que Nietzsche tenía razón en otra cosa: los valores sólo pueden ser afirmados o establecidos venciendo a otros valores. Es la lucha entre el bien y el mal. Una educación, ya no autoritaria, si no militarizada fue un intento del poder para imponer sus valores sobre los sujetos y el derecho. Simbólicamente, nos quisieron dar en el corazón del ser panameño violentando una institución simbólica: la muerte de la identidad, la muerte de la soberanía, la muerte de la verdad. La ecología de la diversidad de la cultura humana es nuestro referente de valor, totalmente opuesto, basado en las ideas, la verdad y la creatividad. Lo que pasó en el Instituto Nacional no puede olvidarse. La pelea de gallos, aún no termina.

El autor es escritor, promotor de lectura y animador sociocultural...a veces,  cuentero.

domingo, 6 de octubre de 2013

La política cultural: sin ella sobrevivo y con ella, también.


Por Carlos Fong

¿Cuál es su proyecto, desde una propuesta de cultura, para ayudar a consolidar la Nación?  Es la pregunta que me gustaría hacerle a cada uno de los candidatos a Presidencia y Alcaldía en el actual tinglado político, si tuviera la oportunidad de tenerlos al frente. Estoy claro en que para la mayoría son más importantes temas como la canasta básica,  la pobreza,  la seguridad,  la salud,  la educación,  el transporte, la vivienda, el agro, entre otros. “La cultura -afirmarían los más temarios-, no sirve para nada; sin ella sobrevivo y con ella, también”. “No necesitamos invertir en cultura, eso no se come, no te resuelve”; dirían los menos cínicos.


Seré más temerario y atrevido todavía con lo que voy a certificar con mi nombre y apellido en este artículo: Cualquier político, del partido que sea, que no tenga una propuesta coherente y sólida de política cultural es para mí concepto un verdugo, un farsante y un mediocre. Un verdugo que lleva al pueblo a una enorme guillotina donde lo despojará de su espíritu creativo; un embustero que con caramelos busca el voto fácil y un mediocre incapaz de reconocer en la dinámica de la cultura el potencial creativo de ésta para resolver conflictos y construir ciudadanía, para posibilitar consensos y articulaciones, para generar proyectos democráticos y desarrollo económico. La cultura, como componente de la estructura del poder socio-político, en la configuración de redes de relaciones sociales, debe ser entendida como algo que va más allá de las categorías estéticas, es decir, algo adicional a las mal llamadas bellas artes.

Nuestra voluntad de criticar y actuar, nuestra postura hacia los problemas sociales, la visión o concepto que tenemos del mundo y sus conflictos, la manera en que tratamos al otro, el compromiso y responsabilidad con el entorno, la tolerancia en la diversidad de razas, sexualidades, sensibilidades religiosas e ideológicas, nuestra capacidad de resolver conflictos, el sentido de pertenencia, el mapa biológico, las ciencias, la educación y los valores éticos, la forma en que tomamos decisiones, incluso, los modos de hacer política, están supeditados por la cultura. Existe una necesidad urgente, y es que desde la cultura circunscrita, es decir, las decisiones que salen de las instituciones de poder, el Estado necesita repensar la palabra Cultura.

Durante mucho tiempo ha despuntado en nuestro país el concepto de que la cultura es puro entretenimiento para canalizar el ocio del ciudadano. Impera una percepción de la cultura como espectáculo, de fuegos artificiales, de globos inflados y caritas pintadas. Cuando los políticos presentan sus propuestas culturales siempre hablan de llevar las “bellas artes”  a todo el país, como si la cultura fuera una exposición itinerante, una carpa de circo o una tarima móvil que se mueve al antojo, o se centran en lo que ellos consideran vernacular, el folclor de Azuero, por ejemplo, y con poca o ninguna creatividad se acuerdan de los sectores indígenas o afro-descendientes, de los movimientos urbanos alternativos o emergentes y las identidades juveniles.


Arriba mencioné algunos aspectos de cómo opera la cultura; voy a citar dos a manera de ejemplo: el sentido de pertenencia y la capacidad para resolver conflictos. Antes necesito citar unas palabras de Michael Parenti de su libro La batalla de la cultura, donde nos recuerda a Edmund Burke que veía en la cultura un vínculo imponderable de consenso que mantiene unida a la sociedad. Sin embargo, reflexiona Parenti, la cultura, además de ser un campo de consenso también lo es de conflicto. Veamos los ejemplos.

Cuando trabajo con los niños o los jóvenes y les pregunto qué piensan de por qué la gente tira la basura en la calle, las respuestas son interesantes. Las nociones de país, patria, hogar, familia en los chicos se fortalecen cuando hablamos del tema. ¿Por qué la gente ensucia las paradas de los buses? “Porque no son de ellos”. Empezamos a trabajar el sentido de pertenencia con los chicos y cuando ellos logran entender que el país entero es como una casa grande, asumen que si ensucias la calle, la parada o la escuela estás ensuciando tu casa y eso no es amor a la familia; si ensucias tu casa no amas a tu familia. Confrontar ideas genera conflictos, pero a su vez las discusiones plantean respuestas.  En Panamá el sentido de pertenecía está muy herido, maltrecho, en crisis. La carencia de políticas de desarrollo cultural articuladas impide curarnos de este horrible hábito de ensuciar. El problema se lo han dejado a la Autoridad de Aseo sin consultar a otros sectores como Salud, Educación y Cultura, por decir tres.

Recientemente fuimos testigos por los medios del conflicto territorial entre indígenas gunas de Madungandí y los llamados colonos. Las autoridades resolvieron destruir las casas de los colonos quienes fueron expulsados y ahora no tienen dónde vivir. El viernes 4 de octubre Catherine Potvin y Jorge Ventoncilla, miembros de la Cátedra Unesco Foro y Observatorio de Sostenibilidad, proponían en un artículo, publicado en La Prensa, una posible solución al conflicto desde un Consejo Consultivo que ya tenía referentes positivos. La idea era que en este Consejo las partes en conflictos debían sentarse para reflexionar y analizar, como ciudadanos que se saben parte de un país, la posibilidad de hallar una solución al conflicto. Al compartir sus historias, sus culturas, sus problemas había una esperanza de construir juntos. ¿Difícil? Sí. Nadie ha dicho que no, pero la violencia y la intolerancia ganaron y ya conocemos los resultados. Esto demuestra la falta de políticas socioculturales para resolver conflictos dentro del protocolo de las autoridades.


La cultura, como herramienta sociocultural, puede ayudar a mejorar la calidad de vida de las personas. Lo que hace falta es una política de desarrollo cultural integral que considere la diversidad de posibilidades creativas para ayudar a encontrar soluciones a la problematización del ser panameño en todas sus esferas. La salud y el deporte, la inseguridad y la violencia, incluso el transporte, pueden mejorar con propuestas creativas desde la cultura. Hace poco veíamos que en otros países hay bibliotecas en los metros para aliviar el estrés de los usuarios; en Colombia hay una biblioteca en un estadio de fútbol.

En Panamá las alcantarillas seguirán desbordándose mientras tirar la basura sea un hábito del panameño; la violencia juvenil en los barrios, en las calles y hasta en las comunidades indígenas y campesinas se incrementará; las mujeres seguirán siendo asesinadas sin importar Ley alguna; el racismo y los prejuicios continuarán avanzando como una plaga; la intolerancia, la corrupción, la insensibilidad reinarán. Porque la cultura, que se manifiesta en la conducta de las personas, en sus conflictos sociales, de género, de identidades, de ideas, de razas; en la ética, la ciencia, la política y la salud no está siendo considerada en la agenda del Estado. No es una prioridad, no es vital, ni importa para nada. En lo que a mí concierne, los candidatos en esta contienda que no tengan una política cultural o un plan de desarrollo cultural coherente, no merecen el voto.


El autor es escritor, animador sociocultural y promotor de lectura.

jueves, 5 de septiembre de 2013

El efecto espejo

Por Carlos Fong

Escribió Martin Gardner, el prestigioso filósofo de la ciencia, a propósito de Alicia a través del espejo, la obra de Lewis Carroll: “en un espejo…todos los objetos asimétricos van en dirección contraria”. Alicia contempla el mundo de los adultos desde una inversión de la realidad y así logra tolerarlo. La contemplación del mundo al revés, en la ficción de Carroll, es un elemento fantástico que permite posibilidades al personaje. Por otra parte, Eduardo Galeano, en su libro Patas arriba, la escuela del mundo al revés, dice con magistral ironía: “Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana”.

En la actualidad, en Panamá estamos viviendo el efecto del espejo de Alicia, con la única diferencia que no necesitamos atravesar como ella el espejo. Nuestra realidad es como una novela surrealista, con más elementos de corte fantástico que realistas. Los panameños también tenemos nuestro pequeño mundo al revés, sin la necesidad de espejos, armarios o agujeros mágicos que nos transporten a otro mundo, basta con observar la cotidianidad. Paisano panameño, camarada panameño, te invito a asomarte a la ventana y dar un vistazo.

En el mundo al revés panameño no necesitamos prisiones, porque la escuela, las instituciones, el barrio y el hogar son nuestras cárceles. En la escuela los estudiantes están presos en sus cuerpos y por un sistema autoritario; los servidores públicos laboran presos del miedo; los jóvenes están presos por la violencia en sus propias calles del barrio; y la familia está presa de la mediocridad de la TV y la batalla por el rating.  

En el mundo al revés panameño no se rinde tributo a Victoriano Lorenzo, ni a Bayano ni a Cémaco, pero se honra al “conquistador torvo”, en buenas palabras de Neruda, o a imágenes hieráticas, incluso a super estrellas de la farándula. En nuestro mundo al revés no necesitamos bibliotecas, ni museos ni cuenta-cuentos porque aquí la memoria, la identidad y la cultura no se come, ni se vende, es decir, no sirve para nada.

En el mundo al revés panameño no existen los pobres, ni los empleados mal pagados, ni el subempleo, porque, ya se sabe, somos el país más rico de la región. No se atreva usted a decir que vio a un pobre, porque todos somos ricos.  Aquí un paquetito de café, una micha de pan o un huevo no están caros y es por eso que nuestros niños van bien desayunados a la escuela y son superdotados, algunos, incluso hablan varias lenguas.  
En este país de los espejos todos somos muy felices; si no lo cree mire la fiesta que formamos todas las madrugadas para corretear un pirata o un metro bus que nos lleve al trabajo… es que somos tan felices, por eso de regreso a casa venimos soñando mientras dormimos, no es que estemos cansados, no. En el mundo al revés panameño los que roban miles de dólares o hectáreas de tierras o los que incendian muchachos recluidos no van a la cárcel; pero el que roba un mafa o una gallina va a la prisión con o sin condena y su rostro sale en la prensa, porque a este hereje del demonio hay que conocerlo para masacrarlo, joderlo, humillarlo y olvidarlo.

En el mundo al revés panameño no te mata el Aedes aegypti, ni una gripe mal cuidada, ni los diablos rojos (ya no); aquí te matan los hospitales, las medicinas, la tardanza, la negligencia, los sicarios y la basura;  hay veces que te matan desde la cuna para que no crezcas y te conviertas en escritor o cuenta cuentos. En el mundo al revés panameño no se tiene miedo a la tulivieja, ni a la silampa, ni a los duendes, ni al chivato; aquí se tiene miedo a la policía, al político corrupto y al jefe o jefa de la oficina de recursos humanos.

Paisano panameño, camarada panameño este es tu Panamá al revés. La mala noticia es que no estamos en un cuento como Alicia; la buena es que podemos imaginarlo al derecho como debería ser. Pero para eso tienes que asomarte a la ventana y decidir si quieres cambiar tu realidad o dejarla como está.


jueves, 1 de agosto de 2013

El futuro realmente no importa


Por Carlos Fong


Hace poco les hablaba a un grupo de jóvenes sobre la relación del tiempo en nuestras vidas. Usé una imagen bastante fuerte para ilustrar la importancia de saber usar nuestro tiempo y no desperdiciar el de los otros: empezamos a morir desde que nacemos. Tal vez necesitaba aclarar que, curiosamente, también desde que nacemos empezamos a vivir y eso es lo más importante. Hablar con los jóvenes sobre estas cosas existenciales no es fácil, sobre todo si se les ha inculcado como un dogma que ellos son el futuro.

A simple vista la famosa frase: los jóvenes son el futuro, parece sensata.  Soy de los que piensa que los jóvenes son el presente, no el futuro y esto tiene que ver mucho con nuestro concepto de la educación. Según Ken Robinson estamos educando para el futuro, pero, añade una interrogante: cómo va a ser el mundo en 5 años. ¿Cuál futuro? El mundo cambia demasiado rápido. Aprendemos algo hoy y en un par de años ya está obsoleto. No tenemos idea de cómo será el futuro, pero seguimos educando para él. Lo importante es ser un profesional competitivo en el futuro.

Esta noción obstinada de educar para el futuro, aunque luzca positiva, impide que los jóvenes valoren otras cosas, como el presente y el pasado. En lo particular pienso que el presente es más importante porque es allí donde se confrontan las circunstancias y se toman las decisiones;  por otro lado, el pasado es vital para persuadirnos de cómo mejorar muchas cosas. Sin embargo, vivir anclados en el pasado también puede ser peligroso, tenemos que aprender del pasado sin que este se convierta en una cruz.

Liz Coleman, quien fue la Directora del colegio Bennington, un colegio que educa en base a las artes y la ciencia, dijo: “el pasado provee de mucha compañía (…) la historia provee un laboratorio en el cual se puede observar lo que pasó, así también como las previstas consecuencias de ideas”.  Conocer el pasado nos da una idea del presente que queremos y el futuro que soñamos. El pasado nos sirve para saber que no somos los primeros en tratar de resolver un problema, y es muy probable que no seamos los últimos, dice Coleman. El pasado nos ayuda a mirar lo que realmente importa.

Cada día me convenzo más de que el pasado es más importante que el futuro. La importancia de la memoria radica en tener presente las cosas de mayor relevancia que nos ayuden a resolver los problemas del presente. Sin presente, simplemente no hay futuro. Creo que ya muchos filósofos y antropólogos han pensado en esto. Pero mi preocupación, en términos de educación, radica en cómo podemos discutir esto en el aula de clase sin estar en contra de la profesionalización del estudiante. Los estudiantes quieren ser profesionales y competitivos; cada día se esfuerzan más por su futuro, y aunque esto parece estar muy bien, también me preocupa.

La violación constante de la Constitución, la falta de ética en el sector privado y público, el creciente nihilismo hacia la cultura y las humanidades,  la corrupción,  la poca credibilidad  institucional,  el deterioro de los valores y los derechos, la falta de referentes políticos positivos, la familia herida y el cada día menoscabado concepto de lo que significa la democracia son apenas un par de ejemplos de que en el pasado (y el presente) hemos estado tomando malas decisiones que han afectado a la sociedad en su conjunto. Por eso hago la pregunta: ¿Estamos realmente enseñando a los jóvenes a ser verdaderos ciudadanos con un sentido de lo humano o solo les estamos enseñando a sobrevivir para el futuro?


Termino con esto. Hace un par de días mi amiga Isabel Taylor, química y escritora, me dijo que estaba empeñada en dedicar el resto de sus días a una campaña que me pareció una necesidad y que podría insertarse en el sistema educativo, si no con el beneplácito de las autoridades, pienso al menos con una especie de Caballo de Troya. Isabel me decía: mi campaña consiste en enseñar a usar el tiempo, saber usar las palabras y saber tomar decisiones. Yo le añadiría: saber pensar.  Si tan sólo lográsemos enseñar esta filosofía de la vida a los niños y jóvenes, y que la aplicasen en la convivencia ciudadana, podríamos estar seguros de que el futuro realmente importa y que ese destino, aunque aún no existe, vale la pena vivir.


jueves, 4 de julio de 2013

¿Es posible un modelo de desarrollo integral?


Por Carlos Fong

Telemetro pasó hace poco dos especiales: Crecimiento económico ¿Para quién? y Tras la pista del hambre. Los dos reportajes, bastante bien realizados para nuestro criterio, son una radiografía de la realidad nacional y ambos demuestran lo que ya los estudiosos del desarrollo han dicho: hay que plantearse un modelo de desarrollo integral que combine lo mejor de la política, la economía y la cultura (arte, deporte, investigación, ciencia y educación). Los reportajes también demuestran que Panamá es un país fuertemente marcado por la desigualdad;  aunque todavía hay personas que no lo quieren ver. Para muchos parece que solo existe un país; en realidad son dos.

Reflexionemos el tema desde varias miradas. Desde una mirada folclórica, hemos oído una frase del argot popular: el que no ‘ta, no co’. Es el apocope de: el que no está, no come. Hay que estar. Si no estás, no comes. Desde un punto de vista teológico, si Dios no existe, para qué voy a preocuparme en discutir con el creyente que sí cree. Al negar la existencia de Dios, eludo el compromiso de pensar en Él. Desde el enfoque de la biopolítica, los cuerpos empobrecidos tampoco existen; si quieres ser visible, debes verte bien. Las dimensiones del cuerpo ciudadano triunfador son un aparato de control para incluir o ser excluido. Y, para terminar, una mirada desde el hecho estético: “Hoy es un bonito día y no lo puedo ver”, podría decir un ciego para adornar su miseria. Pero pese a las posibles dádivas que reciba por su creatividad, muchos, que sí pueden ver, no se darán cuenta de que es un día bonito en realidad.

Los pobres existen, lo que pasa es que nos han educado para no verlos. O bien, sabemos que existen, pero es más fácil olvidarlos y recordarlos de vez en cuando. La pobreza, no es solo un problema del subdesarrollo, también los países desarrollados tienen este flagelo. La desigualdad es un problema de cómo se gestiona el ingreso económico. Una nación es un sistema. Y dentro de ese sistema hay subsistemas que tienen conexiones para ser efectivos. Hasta ahora, el modelo de desarrollo panameño ha apostado solo por el sistema económico y ha ignorado lo social y cultural. Una modelo que sólo apuesta por la economía trae grandes desigualdades sociales.

El filósofo argentino Mario Bunge ha escrito: “Toda elección de modelo económico es una decisión ideológica y política”. El problema de Panamá es que las decisiones se han tomado de manera vertical, mirando para arriba. Los sucesivos gobiernos han escogido una ideología y una política que no ha favorecido a la nación en su conjunto. Cuando el presidente del colegio de economistas, Raúl Moreira, dice que en Panamá vivimos en un Haití y una Suiza al mismo tiempo o cuando el analista económico, Adolfo Quintero, expresa que el crecimiento no ha generado mejores condiciones para todos; eso debería bastar para que los que toman decisiones empezaran a diseñar una política inclusiva y democrática. Pero no es así.

Esto nos lleva a hacer la pregunta ingenua: ¿En sus esfuerzos acrobáticos para llegar a ser favorecidos en las elecciones presidenciales del 2014, tendrán los candidatos un plan de gobierno basado en un modelo de desarrollo integral? No soy asesor, pero voy a fingir serlo: ¿Por qué no se dedica al menos el 1% del crecimiento económico o un porcentaje de las migajas que dejará el tránsito de los Panamax por el nuevo Canal para proyectos y programas de desarrollo económicos, agropecuarios, culturales y sociales en comunidades indígenas y campesinas, así como en los barrios marginados? Solamente en el 2012 Panamá recibió 3 mil 20 millones de inversión extranjera directa, según un artículo del Martes Financiero del diario La Prensa. Nuestro país es un centro internacional financiero y de logística (tenemos puertos, aeropuertos, bancos, Canal y Zona Libre),  pero al mismo tiempo, la lógica de la pobreza coexiste en el mismo país.

Dicen los primeros versos del poema Los pobres, del poeta hondureño Roberto Sosa: “Los pobres son muchos y por eso es imposible olvidarlos”.  Panamá es el único país donde hemos aprendido a olvidar a los pobres. Sabemos que existen, pero preferimos olvidarlos  y recordarlos cuando alguien organiza una recolecta de leche o zapatos para ir a una montaña y dejarles en las manos algo que se llama esperanza. Pero al día siguiente seguirán siendo pobres, porque la esperanza es solo una excusa para seguir viviendo y la realidad, otra cosa.


jueves, 27 de junio de 2013

Solo soy la titiritera que lo mueve todo

Mirada de Nuchu se complace en publicar una entrevista que le hiciera Manuel Lasso, el escritor peruano residente en los Estados Unidos, a nuestra querida compatriota y camarada Consuelo Tomás.  En esta entrevista estamos frente a la Consuelo novelista. La mayoría la conoce como poeta y cuentista; en ambos géneros ha sido una destacada exponente. Con una visión de la novela y su propuesta narrativa, la escritora bocatoreña nos acerca a su obra: Lágrimas de dragón, libro que ganó el Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró en el 2009. Esperamos que la entrevista anime a los lectores a leer esta novela que nos lleva de la mano por los territorios míticos y ancestrales como sólo la ficción puede hacerlo. CF



Manuel Lasso, novelista, cuentista y dramaturgo, nació en la ciudad de Lima, Perú. Estudió literatura en el City College of the City of New York. Ha publicado en varias revistas electrónicas de Europa y de las Américas.




A LA ESCRITORA CONSUELO TOMÁS FITZGERALD
por Manuel Lasso

Me da mucha satisfacción entrevistar a Consuelo Tomás Fitzgerald. La recuerdo desde 1986 cuando se celebró en Madrid un Encuentro de Escritores Jóvenes. Por aquella época, con los ímpetus de los años mozos y  aún en la universidad, Consuelo se dedicaba a participar en todas las modalidades de la literatura, del arte y de la lucha social.  De este modo me hizo cómplice de los poemarios que iba publicando. Hoy en día me satisface en gran manera saber que también puede incursionar, con mucha naturalidad y soltura, en el campo de la narración. La verdad es que la novela no ha muerto. Mientras haya un Homo Sapiens que pueda mover un pie tras otro sobre este globo terráqueo existirá la necesidad de contar algo y la necesidad de enterarse de ese algo. Siempre que exista un novelista habrá novelas. Con Lágrima de Dragón, Consuelo Tomás Fitzgerald nos hace conscientes de ello. Por lo tanto, hay que seguir aquilatando su talento narrativo tal como se la apreció al otorgársele el máximo galardón literario de Panamá, el premio Ricardo Miró en el  año 2009. La Editorial Letras Cubanas publicó una segunda edición de la obra a principios de este año y fue agotada en la edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana en el mes de febrero.

-Consuelo. ¿Sigues trabajando en el mundo editorial y en la dimensión de las traducciones?
En realidad, dejé de trabajar en lo editorial desde hace tiempo. Estoy más bien enfocada en la promoción de la literatura a través de la radiodifusión y en la producción de eventos como festivales, encuentros, talleres y conversatorios.

-¿Estás llenando con esta novela un vacío en la historia de Panamá?
Pues no creo. En el ámbito de la novela, hay muy buena tradición de novela histórica en Panamá. Lágrima de Dragón es ficción total, pero tiene elementos de la historia panameña que siempre me han llamado la atención, como las epidemias de fiebre amarilla que asolaron el istmo y que estancaron su crecimiento poblacional y las batallas para enfrentarlas. También la incorporación de los chinos en la construcción del Estado Nación panameño, la multiculturalidad que nos define, en fin. Pero no es novela histórica exactamente, porque no he tenido oportunidad de emprender una investigación documental o testimonial. No creo que llene un vacío, pero aspiro a que al menos sea entretenida para un lector constante.

-¿Qué desafíos tuviste al escribir esta obra?
Creo que el mayor desafío estuvo puesto en la construcción narrativa. Yo siempre fui escritora de poesía y de ficción corta. Emprender un proyecto de largo aliento con todos los elementos (escenario, tiempo,  contexto, personajes, conflicto)  y llevarlo a término implicó estar entrando y saliendo de la historia, verificando, sopesando. Además, lograr que lo escrito fuera realmente literatura, buena literatura que evade estereotipos, huye de lugares comunes, busca la palabra precisa, evita el adjetivo innecesario, en fin. . Uno puede tener una buena historia, pero si uno no la pone en el escenario textual con todas las posibilidades que la lengua ofrece, acaba por ser una historia más, prescindible.   

-Esta obra nos plantea un mundo de horror y crueldad.  ¿Está basada en la realidad?
Pienso que recrea lo que ocurre en cualquier situación límite, en este caso una epidemia descontrolada. No es una novedad, el tema de las epidemias, ya ha sido tratado en la literatura, pero aquí el escenario principal está en la mente y el corazón de las personas. Las decisiones que se toman en presencia de una situación de vida o muerte, y que pueden ser de heroísmo y solidaridad o de sálvese quién pueda. De hacer caso al instinto básico, o al sentido común. De resistir o dejarse abatir. El ser humano se mueve siempre entre esas aguas. Las situaciones límites (guerras, epidemias, desastres ecológicos, estados de sitio) son excelentes escenarios para intentar la revelación de la condición humana.

-¿Quién eres en esta novela, la hermana Sarmiento, el pequeño Fang Lu o el capitán de Obaldía?
Solo soy la titiritera que lo mueve todo. La absoluta dueña de sus vidas. La manipuladora de sus circunstancias. La hermana Sarmiento  por ejemplo, es mi homenaje a las monjas colombianas que formaron parte de mi educación, sobre todo en mis últimos años de escuela. Ella es un mixto de los valores de cada una y lo que me entregaron.

-Existe en esta novela un contrapunto entre los intentos de la religión de ayudar y de hacer el bien al prójimo y la idea de que Dios no existe. ¿Cuál es tu posición al respecto?
Mi padre era un católico recalcitrante. Me adoctrinaron desde los 8 años en una escuela católica, aunque los últimos años fueron muy reveladores, caminaba la teología de la liberación que fue muy fuerte en América Latina. Pese a todo eso, la fe religiosa, es algo que yo perdí en el camino, hace tiempo, pero reconozco que es una fuerza motivadora para mucha gente y no solo me refiero a la religión católica. En el mundo convivimos los creyentes y los no creyentes y creo que en la novela eso queda establecido. Fang Lu tiene a su Buda, Ubaldina sus espíritus ancestrales, Teotisto no cree y así.

-¿Has seguido algún modelo literario al escribir esta novela?
En realidad no. Como te dije, vengo del cuento y tengo muchas lecturas entre pecho y espalda. Decidí no preocuparme mucho por la estructura pues al tratarse de mi primera novela, solo quería averiguar si podía con el género. Uno no se lanza a las innovaciones sin haber comenzado por el humilde principio de tantear. La novela tiene espacios temporales (pasado que es presente en el tiempo de la lectura, y futuro que es presente). Tiene narración en tercera persona, primera persona en monólogo interior  y formas textuales diversas (la carta, el informe, la nota periodística, el diálogo, el texto confesional). No quería aburrir al lector, pero en principio es una novela estándar.
-¿Cómo nació esta novela? ¿Qué te impulsó a escribir Lágrima de dragón?
Pues a mi me gusta mucho la novela como género, soy lectora “in fábula” como decía Eco. Solo quise saber si podía hacerlo, si tendría la disciplina suficiente para contar la historia hasta el final. Fue un reto personal (tiendo mucho a competir conmigo misma) que me da satisfacción ver que lo cumplí. Fue la primera novela y vino con premio. Espero volverlo a hacer pero yo soy más bien lenta. No produzco obra constantemente, pero estoy acumulando.

-Aunque la carátula y el título nos hace pensar que trata sobre la llegada de los inmigrantes chinos a Panamá, al final de la lectura nos percatamos que el verdadero personaje, el de más trágica trayectoria,  es el capitán de Obaldía.
Es curioso, porque en una presentación que se hizo, la presentadora encontró que el personaje era la hermana Sarmiento. Eso es lo fascinante. Cada lector le da la interpretación que quiere o puede. De Obaldía es un personaje que me conmueve. Es un huérfano eterno que libra una lucha constante dentro de sí y al final no logra vencerse y abandona. Cualquiera diría que es odiable, pero al final es solo una víctima más de la circunstancia y de la cultura. Nunca hay que guiarse por las carátulas. Son engañosas. Por otro lado, el primer título que tuvo esta novela fue “Moscas, no ponen huevos en el hielo”.Como ves, no parece tener nada que ver. Al final, pensé que era muy largo, pero me gustaba.

¿Cómo viste todo esto desde el principio?
Si te refieres a escribir una novela, es una mezcla de muchas cosas. Mi curiosidad por la  batalla contra las epidemias (siempre he pensado que las guerras de un futuro próximo se librarán en los laboratorios), contra los prejuicios raciales, la desidia, el pánico paralizante, el desamparo de la orfandad, contra el olvido. Supongo que son temas recurrentes en mi permanente oficio de indagar.

-¿Crees que esta novela pertenece al género policíaco?
No,  no creo. Aunque en la segunda parte hay una investigación, la magnitud del hecho que se investiga  y la forma como ese hecho trata de ser borrado de la memoria colectiva, sobrepasa las posibilidades de lo policíaco o detectivesco.

-¿Cuáles son los escritores que más te han influenciado como novelista?
Dostoievski, Víctor Hugo, Cervantes, Unamuno, Camus, Osvaldo Soriano, Manuel Scorza, Carmen Posada, Fernando del Paso, García Márquez, Juan Carlos Onetti, José Donoso, José Saramago, mejor ni sigo…

-¿Cuál es tu personaje favorito en la literatura universal? ¿Cuál es el que más permanece  en tu memoria?
Parece un cliché, pero sí, El Quijote. Aunque Ana Karenina me gusta también.
-¿Crees que después de los autores del boom ya no habrán otros novelistas valiosos durante este siglo XXI?
Eso sería decir que “todo tiempo pasado fue mejor” y eso no es así. Los novelistas del boom jugaron su papel, hicieron lo que tenían que hacer en ese momento y de alguna manera y sin pretenderlo  ellos mismos, pusieron el foco de atención en la literatura latinoamericana, pero esto lo lograron a partir de éxitos y aceptación  en casas editoriales importantes. Todos ellos llevaban ya una buena pila de años escribiendo y produciendo. Pero de cierta manera, al lograr toda esa atención, y ese triunfalismo por ser de alguna manera “legitimados”  también nos privaron de conocer otra gente maravillosa, que no entró en la explosión. Gente de Centroamérica, el Caribe, de Brasil. Centroamérica sobre todo, se convirtió en una especie de literatura de periferia. Creo que habrá, ya hay novelistas valiosos, que no tienen la posibilidad de llegar a las grandes casas editoriales y su creación manipulada de “best sellers”. Pero ahora se pueden vender miles de copias por Internet, lo único que no nos enteramos.  Por otro lado, el gusto literario de las masas cada vez más reducidas de lectores ha desmejorado mucho. Solo eso me explica a mí en lo particular el fenómeno James, Brown o Coelho.

-¿Crees que la gran novela del siglo XXI ya ha sido escrita?
Pues no lo se. El siglo XXI apenas tiene una década y todavía nos cuesta entender de qué va con toda esta tecnología simultánea, este espectáculo en que se ha convertido la muerte, este morbo exacerbado por el crimen múltiple, este consumismo exagerado que hace insostenible la vida en el planeta, esta fascinación por todo lo findemundo. La que yo considero fue la novela del siglo XX para nuestro ámbito, Cien años de Soledad (Gabriel García Márquez) , llevó mucho tiempo antes de ser conocida, leída, analizada, criticada, pero sobre todo aceptada como una síntesis magnífica de nuestro tiempo y circunstancia. La saga de Manuel Scorza sobre el avasallamiento de las compañías mineras a las poblaciones indígenas en Perú con novelas extraordinarias como Redoble por Rancas, o Garabombo el invisible,  ni siquiera es todo lo conocida que debería ser en América Latina. Pero esa novela de que hablas ya ha sido escrita, espero realmente encontrarme con ella antes de morirme.

-¿Cuál es tu siguiente proyecto novelístico?
Tengo tres proyectos, pero aún no se por cuál decidirme. Uno sobre el subproducto de las migraciones, otro sobre el recomienzo eterno de las mujeres, otro policial.  Por ahora solo tengo los esqueletos, los argumentos. Estoy esperando que se abra el tiempo para poder comenzar su desarrollo. Pero no tengo apuro.

-Muchas gracias, Consuelo, por darnos estas respuestas. Mucha suerte en tu producción a venir.
No, gracias a ti, Manuel y por tu amistad de años.

Consuelo Tomás Fitzgerald 
(1957, Bocas del Toro, Panamá).

Poeta, narradora, comunicadora, actriz de teatro para títeres. Ha ganado premios nacionales de poesía y cuento y participado como invitada a una pluralidad de encuentros literarios en España, Centroamérica, Alemania, Argentina, Cuba, Puerto Rico, México, Colombia, República Dominicana. Parte de su  obra ha sido publicada en revistas nacionales e internacionales y traducida al inglés, francés, holandés, sueco, alemán, rumano, portugués y bengalí.

Obra Publicada; Confieso estas Ternuras y estas rabias (Poesía, Formato 16, 1983); Las preguntas indeseables (Poesía, Ed. Formato 16, 1985); Cuentos Rotos (Narrativa, Ed. Mariano Arosemena, 1991); Motivos Generales (Poesía, Ed. Buho, República Dominicana, 1992); Apelaciones (Poesía, Col. Antologías y Homenajes, Ed. Mariano Arosemena, 1993); El Cuarto Edén (Poesía, Epic Publications, 1985); Inauguración de la Fe (Narrativa, Col. Premio, Ed. Mariano Arosemena, 1995); Agonía de la Reina (Poesía, Col. Premio, Ed. Mariano Arosemena, 1995); Libro de las Propensiones,(Poesía, 2000), Evangelio según San Borges (Teatro, Ed. Mariano Arosemena, 2005), Pa na má Quererte (narrativa, 2007).

Actualmente se desempeña como productora y jefa de programación de la emisora cultural y educativa Crisol FM, en el Sistema Estatal de Radio y Televisión (SERTV);  forma parte  de la Asociación Cultural AlterArte y forma  parte del Comité ejecutivo del Proyecto para la capacitación del sector teatro en Centroamérica (Carromato), patrocinado por la cooperación sueca.
Reseña biográfica tomada de: 


 

jueves, 6 de junio de 2013

La cultura postergada

La contienda por las riendas del poder ya inició. Debería de ser el lugar para los debates y las propuestas; no obstante, el escenario político es desconsolador. Mirada de Nuchu  es un espacio para los estudios culturales y literarios, un espacio para las discusiones sobre temas de identidad cultural. Partimos de esta aclaración porque no practicamos la política partidista, pero sí creemos en la política como el lugar de encuentro donde la comunidad discute sus problemas y toma sus decisiones.  Es por eso que a partir de este momento estaremos publicando una serie de artículos con el propósito de participar en la política desde una mirada del desarrollo cultural. Comenzamos esta serie con un artículo que reflexiona sobre  la jerarquización de la cultura en la pirámide de las prioridades de la campaña política. 


La cultura postergada

Por Carlos Fong

Postergar es dejar atrasado en el espacio o en el tiempo algo. Es menospreciar o tener una cosa en menos que otra. Cada 5 años, en el marco de las elecciones, es lo que sucede con el tema de la cultura. En el mejor de los casos,  algunos candidatos señalan en su discurso que insertarán el tema cultura como una de sus prioridades en su agenda. Pero al postrarse en el poder, como una pesadilla recurrente, vemos cómo la cultura queda postergada y colocada en el último escalón de la pirámide de las prioridades del país. Parecerá una pregunta ingenua, pero ¿Por qué la cultura siempre se convierte en un acto de postergación? 

Las dos respuestas que nunca faltan son: a- Los gobiernos no quieren un pueblo culto porque no les conviene a sus intereses; b- La cultura no aporta a la economía y es una mala inversión. Ya sabemos que la segunda es falsa. No tenemos indicadores del impacto de la cultura en la economía, pero es evidente cómo la cultura genera grandes ingresos. Está más claro que el agua del Matasnillo, que un país que ve la cultura como denominador para el desarrollo, asegura la salud del mercado. La cultura, como herramienta del desarrollo y la inclusión social, es vital para el crecimiento económico. Es más posible que un empresario mire hacia un país donde la inseguridad no pone en peligro su negocio.

Esto nos deja con la primera hipótesis: los gobiernos quieren ciudadanos ignorantes para poder dominarlos. Podría ser. Pero últimamente he comenzado a dudar de eso. Esta duda me ha permitido reelaborar una tercera hipótesis: El acto de postergar busca silenciar el valor social de la cultura. No basta con un analfabetismo cultural promovido por todos los medios que ve la cultura como un espectáculo de fuegos artificiales. Eso en realidad ha sido muy fácil, pero está funcionando. El verdadero peligro está en la cohesión ciudadana. La cultura, como construcción de valores sociales y espíritu cívico, genera conexiones muy peligrosas para los poderes, en todos los contextos, ya sean cultos o no.

Si la cultura son las historias que nos relatan, es decir, el relato que nos impulsa a reunirnos para escucharnos alrededor del fuego, entonces significa que ese conjunto de historias le brindan cohesión a la sociedad. Si la cultura es una construcción que se relata, como ha dicho Canclini, quiere decir que ese relato es la biografía de la sociedad. Es muy simple: si no conoces tu propia historia, no estás conectado con el otro. Si no estás conectado con el otro no existe posibilidad de crear proyectos. Al postergar el compromiso social de la cultura se está simplificando el espíritu cívico de cohesión. Para mí, esta es la razón más poderosa por la que los gobiernos postergan la cultura.

Nuestra Nación está siendo fuertemente afectada por una nueva concepción de lo que es la cultura y su misión. Esta concepción no tiene conexiones con la memoria, los valores, la educación, el civismo, el pensamiento, la crítica, la creatividad; mucho menos con la democracia, la ética y la política. Cada vez estamos más indefensos frente a esa noción estrecha de cultura sin un plan de desarrollo cultural de parte del Estado. Por el contrario, lo que se ha hecho es postergar cada vez más la cultura y sacarla de la agenda oficial. No es suficiente que la Constitución subraye que la Cultura es un derecho; hay que asumir ese derecho. Cada uno de nosotros, como sujetos de derecho organizados, puede y debe  exigirle al gobierno políticas culturales que devuelvan el valor social de la cultura. No hay otro camino.


Un árbol para todos

Por Carlos Fong Quiero dedicar mi último artículo del 2025 a un tema especial. En el ecosistema de la realidad panameña, sobre todo en el se...