CF
![]() |
| Frontispicio del nuevo hospital de Santo Tomás. Fotografía tomada en septiembre de 1958. |
(Fragmento de un trabajo de Juan Antonio Susto)
El origen del actual Hospital de Santo Tomás arranca del año de 1703. El 11 de abril, el Obispo de Panamá, Fray Juan de Argüelles, escribió al Rey manifestándole que él había fabricado un Hospicio que venía funcionando desde el día de SANTO TOMAS DE VILLANUEVA, 22 de septiembre, para albergar en él a mujeres pobres, pues no tenían donde ser recogidas y le suplicaba que le diese el nombre de Hospital.
Desde Madrid a 5 de diciembre de 1703, el Monarca contestó al Obispo: “EL REY: Reverendo en Cristo Padre Obispo de la iglesia catedral de la ciudad de Panamá, en la provincia de Tierra Firme, de mi Consejo. En carta el 11 de abril de este año informáis los motivos que tuvisteis para fundar en esa ciudad un hospicio de curación de pobres enfermos, que ofrecéis a mi Real persona para que sea recibido debajo en mi patronato y se llame Hospital Real. Habiéndose visto en mi Consejo de las Indias, considerando que esta obra es muy piadosa y de las de primera atención y especialmente de los prelados ordinarios, he tenido por bien daros las gracias (como lo hago) de vuestro celo y aplicación a esta obra, quedando aceptado, por lo que toca a mi Fiscal, el ofrecimiento que me hacéis del patronato especifico de este hospital. Y para que se haga en forma, os ruego y encargo enviéis razón de la planta, rentas de situación y modo de gobierno o estatutos para la curación de los pobres con toda individualidad, teniendo entendido que por otro despacho de la fecha encargo al presidente de esa ciudad lo fomente por sí”.
Dicho Hospital de Santo Tomás de Villanueva fue establecido extramuros de la ciudad de Panamá, y ocupaba el área que ahora tiene el solar que da frente al “Teatro Variedades”, de esta capital. Entre 1705-08 el panameño Juan de Dios Martínez de Salas actúo como Capellán del citado hospital.
La Real Audiencia de Panamá, en carta para el Rey, de 15 de Febrero de 1724, dio cuenta del estado miserable en que hallaba el Hospital de Santo Tomás de Villanueva, “fundado por el Obispado Dr. Juan de Argüelles, para la curación de mujeres y pide algún socorro para su reedificación y mantenimiento”, y más tarde, el Obispo de Panamá, Dr. Agustín Rodríguez, en carta al Monarca, de 5 de febrero de 1730, trató de la necesidad urgente de mantener al Hospital de Santo Tomás de Villanueva, de la ciudad de Panamá.
![]() |
| Fray José Higinio Durán y Martel, Obispo de Panamá (1818-1823), co fundador del hospital de Santo Tomás de Villanueva, en 1819. |
En el año de 1761, el Hospital de San Juan de Dios, según lo afirmó el Obispo panameño don Miguel Moreno y Ollo, tenía un buen número de religiosos, quienes mantenían unas 70 camas. El de Santo Tomás seguía su vida normal.
Con la expulsión de los Jesuitas en Panamá –agosto de 1767- sufrieron ambos hospitales la falta de cooperación que les prestaban los insignes hijos de Loyola y con la decadencia comercial del Istmo y la falta natural de los negocios, unido a todo ello las persecuciones religiosas, se fueron extinguiendo lentamente, hasta desaparecer completamente el de Dan Juan de Dios, a mediados del siglo XIX.
En noviembre de 1785, la Contaduría de Indias informó sobre la pobreza del Hospital de Santo Tomás y pidió las limosnas necesarias. Don Andrés Zamora, Administrador del Hospital de Santo Tomás, solicitó arbitrios para esa institución, en agosto de 1787.
Más tarde, la audiencia, en carta al Virrey de Santa Fe, de 10 de octubre de 1789, remitió el nuevo Reglamento del Hospital Real de San Juan de Dios. La Contaduría de Indias, en 16 de agosto de 1790, pidió un aumento de rentas y arbitrios para el mantenimiento del Hospital de Mujeres (de Santo Tomás) y al año siguiente -1791- el ya citado Andrés Zamora, Mayordomo del mismo hospital hizo hincapié en la falta de fondos para la subsistencia de esa institución. En 1793 se confeccionó, para su aprobación un Reglamento formado para el gobierno económico del Hospital Real de San Juan de Dios de Panamá, el cual fue aprobado por la Real Orden de 13 de agosto de ese año de 1793.
Con una vida más o menos lánguida el Hospital de Santo Tomás continuó prestando sus servicios. Por allí desfilaron prodigando su caridad el Bachiller José María Véliz (1800), médico de la tropa de la guarnición de la ciudad de Panamá; Vicente Robles, 24 del Cabildo, su Mayordomo (1812); el Presbítero Dionisio José Rey, su Mayordomo también (1819); Don Ventura Martínez, rico comerciante y 24 de la ciudad de Panamá, quien aportó considerable cantidad de dinero, padre del eximio médico Dr. José Pablo Martínez del Río (Nacido en Panamá el 25 de enero de 1809), que fue “una gloria de Panamá y de México”.
![]() |
| Dr. Francisco Javier Junguito, Obispo de Panamá (1901-1911), fue Capellán del Hospital Santo Tomás y Presidente de la junta directiva de esa institución. |
Don Vicente Alfaro, Síndico del Hospital de Caridad de Panamá (Hospital de Santo Tomás) desde abril de 1878 hasta el 11 de septiembre de 1886, dice en un INFORME:
“El Hospital Santo Tomás fue fundado en 1826 por Don Ventura Martínez para recibir mujeres pobres. La munificencia del fundador y de otras personas, lo dotaron de rentas o censos suficientes para su subsistencia; pero esos censos ya por las disposiciones de la Provincia, y por las del Estado y finalmente por la desamortización de 1862, fueron redimidos y reconocidos por las entidades nacionales y seccionales. Suprimido el Hospital de San Juan de Dios que existía en esta ciudad, para la asistencia de los hombres, el Gobierno de la Provincia ocupó el edificio del Santo Tomás, destinándolo para recibir en él los enfermos que fueron lanzados de San Juan de Dios y entonces le dio la denominación de HOSPITAL DE CARIDAD, que ha conservado hasta la fecha y delegó en una Junta Directiva su gobierno y administración (Ley 58 de la Compilación de leyes varias)”
Hay un error en el informe del señor Alfaro, según se lee en las palabras transcritas: El Hospital de Santo Tomás fue fundado en 1703, por Fray Juan de Argüelles y en 1819 el señor Ventura Martínez inició la fundación de un nuevo Hospital de Santo Tomás, de manera que para 1826 ya estaba en proceso de construcción.
![]() |
| Monumento al Dr. Belisario Porras, en la ciudad de Panamá, obra de escultor español Victoriano Macho, inaugurado el 20 de junio de 1948. |
“(E)L ILUSTRISIMO SEÑOR OBISPO DIOCESANO JOSE HIGINIO DURAN, LOS SEÑORES DON VENTURA MARTINEZ Y DON JOSE MARIA (VE)RA HAN SIDO LOS FUNDADORES DE ESTE HOSPITAL DEDICADO AL ALIVIO DE LA HUMANIDAD AFLIGIDA. –LOS HIJOS DE PANAMA RESPETANDO LA ÚLTIMA VOLUNTAD PATERNAL DE MATINZ Y DANDO LOS MEDIOS SUFICIENTES PARA CONCLUIRLO EN ADICIÓN A LA COOPERACIÓN DEL SEÑOR PADRINO DON JOSE MARIA BLANCO, LO TERMINARON EN ENERO DEL AÑO DE NUESTRO SEÑOR 1842”.
Otra leyenda que estaba en el interior del antiguo edificio del Hospital de Santo Tomás, de la Calle “B” de esta ciudad decía:
“VENITE AD ME OMNIS, QUILABORIS ET ONERATI ESTIS ET EGO REFICIAN VOS PANAMAE PRIDIE KALENDAS JANUARII ANN DOMINI MDCCCXLII”, cuya traducción del latín es como sigue:
“Venid a mí todos los que estáis en trabajos y cargados y yo os aliviaré. Panamá 31 de enero de 1842”.
Cinco años más tarde -1847- se clausuró este hospital dejando un fondo de 2,818 reales en depósito, mientras se verificara su reapertura.
El otro hospital, el de San Juan de Dios, se destinó en 1849 exclusivamente al servicio de los atacados del cólera morbo, que devoró tantas vidas en el Istmo. Fueron médicos de este Hospital: el Bachiller Joseph María Véliz, desde abril de 1800; Bachiller Santiago Maitín; Doctor Juan Laureano Gómez; Doctor Isidro Arroyo, panameño, único médico graduado; cirujano Migual Calvo y el General y médico José Domingo Espinar (1849) también panameño, quien decía: “Cuando el General Espinar está en desgracia, vive el Doctor Espinar”.
Las persecuciones contra las órdenes religiosas, comenzadas por el Presidente de la Nueva Granada, General José Hilario López en 1850, y continuadas en 1861 por el General Tomás Cipriano de Mosquera con su célebre decreto de TUICION y con su injusto decreto de DESAMORTIZACIÓN, por los cuales suprimió las comunidades religiosas en toda la República de Colombia, confiscó sus bienes y ordenó su destierro, fueron uno de los motivos poderosos para la clausura de los hospitales de San Juan de Dios y de Santo Tomás, porque ellos eran atendidos, principalmente, por religiosos y sostenidos por la caridad pública. El de Santo Tomás abrió sus puertas nuevamente pocos años después, no así el de San Juan de Dios, cuyos claustros fueron vendidos en pública almoneda, parte a Pedro N. Merino y parte a Juan Papi y Santiago Maselli, en 1854. La iglesia de San Juan de Dios después de servir de teatro (1860), fue vendida en 1866, por el doctor Francisco Ardilla, Agente Principal de Bienes Desamortizados, a la firma Hue, Merino y Compañía, por $21,140.
![]() |
| Junta de Vigilancia y Fiscalización de los trabajos del nuevo Hospital Santo Tomás, 1919. |
Las Asambleas Legislativas del Estado Soberano de Panamá, en 1864 y 1867, destinaron fuertes sumas de dinero para la reparación del edificio del Hospital de Santo Tomás. La Asamblea de 1868 creó una Junta Directiva para su administración y le cedió bienes y rentas; y la de 1878 le hizo donación a esa Junta del edificio, que era propiedad del Estado. El ingeniero Don Manuel José Hurtado, fundador de la instrucción pública en el Istmo, fue Presidente de esta Junta Directiva hasta 1880.
“Desde dicho año de 1878, se emprendió la reparación del edificio (del Hospital de Santo Tomás) el cual estaba en estado de completa ruina, y se llevó a cabo la construcción de nuevas salas, hasta ponerlas en el estado en que hoy se encuentran” dice el Síndico ya citado, Don Vicente Alfaro, en su informe de 11 de septiembre de 1886. La Junta Directiva de 1878, estuvo compuesta por el Presbítero Dr. Fermin Jované, quien la presidió, el Doctor Manuel Amador Guerrero, Don Luis Ramón Alfaro, Don Constantino Arosemena, Don José García de Paredes y del Síndico Don Vicente Alfaro.
En 1882, con el producto de una función lírico-dramática dada por señoritas y caballeros distinguidos de esta ciudad, pudo construirse la sala para mujeres, pues no se les admitía a causa de prohibirlo el régimen interno allí establecido. Por lo que se ve, no se le dio cumplimiento al compromiso del año 1837, conforme al legado de Don José María Vera. El comercio local facilitó tres mil pesos, en calidad de empréstito, con el fin de construir dos salones en el fondo del edificio: uno para hombres y el otro para mujeres que sufrían epidemias.
En 1875, llegaron a Panamá, desterradas de México, las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Una vez establecidas en esta ciudad instalaron un hospital para extranjeros, en el sitio que hoy ocupa el Palacio Nacional. El Teniente de Navío Armand Reclus, en su libro “Exploraciones a los Istmos de Panamá y Darién en 1876, 1877 y 1878” (Madrid, 1881), dijo en 1876:
“…siete monasterios ocupan casi toda la superficie; el único que se encuentra en buen estado de conservación es el de la Concepción, y en él se ha podido instalar el hospital…”
Allí, en ese edificio ocupado por las Monjas de la Concepción hasta 1882, fundaron su hospital las Hermanas de la caridad, y de allí pasaron algunas Hermanas al Hospital de Santo Tomás, el cual tuvieron bajo su dirección hasta junio de 1905.
La Compañía Francesa del Canal fundó el Hospital de Ancón en el año de 1882 conocido al principio de su existencia con el nombre de “Hospital del Cerro”, el cual fue confiado a las Hermanas de la Caridad.
A fines del siglo XIX las hijas de San Vicente de Paúl tuvieron tres instituciones de caridad bajo su custodia: El Hospital de Santo Tomás, El Hospital de Extranjeros y el Hospital de Ancón.
A partir del año de 1886, fecha en que Monseñor Fermín Jované, en su carácter de Presidente de la Junta Directiva del Hospital de Santo Tomás, compró un lote a José I. Cano para el ensanche de esa Institución, se inició la era de mejoramiento del hospital, pues en los años de 1887, 1893, 1894, 1886, 1899, 1900, 1901 y 1902, adquirió más terrenos, según consta en las escrituras que reposan en el Archivo Nacional de Panamá, el cual estuvo bajo nuestra dirección de 1931 a 1955.
Refiriéndose a su situación en 1886, Don Vicente Alfaro, decía:
“Hoy reciben asistencia gratuita: 60 enfermos hombres y 20 mujeres, y hay además local para 100 pensionistas, militares y civiles, todos convenientemente alojados en salas distintas y asistidos por 8 Hermanas de la Caridad, de la Comunidad de San Vicente de Paúl, quienes por igual prodigan sus desvelos a cuantos necesitan de sus servicios, contratados por la Junta desde 1879. Las Hermanas tienen el gobierno interno del Hospital…
“En el Hospital de Caridad se reciben enfermos de todas las religiones y nacionalidades, y se ha recogido y mantienen en él varios huérfanos, que han quedado en total desamparo por muerte de sus padres. Las enfermedades reinadas han sido fiebres de todas descripciones, especialmente palúdicas, disentería, sífilis, tisis, hidropesía y enfermedades hepáticas”.
El Padre Francisco Javier Junquito, más tarde Obispo de Panamá, llegó a esta ciudad en el año de 1881, y fue durante 14 años Capellán del Hospital de Santo Tomás. En el Informe que rindió el 30 de enero de 1893, como Presidente de la Junta Directiva de esa institución, hizo enumeración de las salas que por ese entonces existían:
Sala de San Miguel (Medicina) 35 camas
Sala de San Roque (Cirugía) 20 camas
Sala de Santa Ana (Mujeres) 16 camas
Sala de San Luis (Preso) 14 camas
![]() |
| Placa de bronce que existe en el nuevo Hospital ST. |
![]() |
| Inauguración del HST por el Presidente de la República en 1924. |
![]() |
| Momentos en que el Presidente de la República de Panamá dirige su discurso que inaugura el nuevo Hospital Santop Tomás. |
![]() |
| Santo Tomás de Villanueva, Patrono del Hospital. |
“ESTE HOSPITAL ES UN HOMENAJE A LOS HUMILDES DE MI PAÍS”
DISCURSO Pronunciado por el Excelentísimo Señor Dr. Don BELISARIO PORRAS en la inauguración del NUEVO HOSPITAL DE SANTO TOMÁS
NOBLES DAMAS Y DISTINGUIDOS CABALLEROS:
SEÑORES TODOS:
![]() |
| Dr. Belisario Porras. Primer Presidente de Panamá y fundador del Hospital Santo Tomás. |
No sé bien en dónde, porque no he tenido tiempo de rectificarlo o confirmarlo; no sé bien en dónde he leído que hay en el mundo una verdad mortificante que debiera enseñar a los sabios a seres humildes, y esa verdad es la de que muchos de los más valiosos descubrimientos que se han alcanzado han sido casi siempre el resultado de una pura casualidad. El gran Newton, de quien se dice que descubrió la ley de la gravitación universal, al ver caer, acostado debajo de un manzano, uno de sus frutos, solía decir modestamente esto: “Si yo he hecho alguna vez algún valioso descubrimiento ha sido debido mucho más a mi paciente atención que a ningún otro talento”.
He comenzado haciéndoos tal recuerdo porque deseo imponeros de cómo… descubrí?... o advertí la necesidad imperiosa de construir este Hospital de Santo Tomás modelo. Escuchadme y lo sabréis.
Tengo en el caserío de Cocobolas, en Las Tablas, un amigo y pariente a quien he querido vivamente, descendiente de puros españoles, de padres a hijos, en unas seis generaciones, desde los tiempos coloniales. Es un hombre blanco y rubio, alto y musculoso y fuerte, muy inteligente y muy valiente; cuentero, coplero y poeta o ministril del campo. Viajar con él es de lo más entretenido. Durante la revolución fue Jefe de Brigada y debido a él nunca sentimos los rigores de las marchas en caballos cansados o a pie, o de los acantonamientos bajo el agua o sobre el agua. Qué sus cuentos era de desternillarse de risa, oyéndole el de Los Churucos o del Micho Colorado. Bocaccio no compuso nunca uno igual.
Pues bien, había llegado yo al Poder por la voluntad y adhesión inquebrantables del más noble, fiel y leal pueblo en el mundo y Toto, que así le dicen a mi amigo por cariño, estaba deseoso de venir a Panamá a verme sentado en la silla, según su expresión gráfica, cuando he aquí que llegó a mis oídos la terrible noticia de su desgracia.
Había una fiesta de toros en mi pueblo natal, de las que hay siempre allá por el 20 de julio de cada año, dedicada a la amada patrona del pueblo, Santa Librada. Los portales todos de las casas de la plaza del pueblo estaban defendidos por barreras de cañas y por fuertes barrotes. El toro bravo estaba en la plaza y había ya tumbado y corneado a muchos. Tenía lugar el interregno que precede a la pegada de la banderilla y había una gran expectación. De pronto una viejecita bajó de uno de los portales y se decidió a cruzar una esquina de la plaza por la base del triángulo. El toro, que andaba cerca de ese sitio, se precipitó sobre ella, derribándola y se preparaba ya para acabarla en el suelo, cuando he aquí que salta de la barrera de un portal vecino un hombre blanco y rubio, alto y musculoso y fuerte, que se abalanza sobre el toro, se acerca a él por detrás, lo agarra con ambas manos por la cola, lo tira hacia sí con tal fuerza que se le echa encima y cae debajo de él… Un grito agudo, doloroso, se oyó como el de un destripado, grito que fue seguido de un vocerío inmenso de más de tres o cuatro mil gargantas que resonó tremendo por todos los ámbitos. El gentío se precipitó luego de todos los portales hacia el sitio del horrible drama, ahuyenta al fiero animal y recoge a Toto con ambas piernas rotas. Desconsolador espectáculo fue el de ver a aquel hombre singular, blanco y rubio, alto, musculoso y fuerte, que no se podía poner en pie. El pesar de la multitud fue hondo, y lo fue así, no tanto por lo amado de todos que era aquel hombre malherido, cuanto por su acción generosa, noble y desinteresada, por su sacrificio por una pobre y desvalida mujer. Lo llevaron en camilla a su casa, a Cocobolas, y cuando llegó hasta mí la noticia de que los curanderos de mi pueblo, unos nuevos doctores Sangredo, se proponía colgarlo por las piernas de la solera de su casa para enderezárselas, entristecido, le escribí, llamándolo, con el ofrecimiento de hacerlo llevar en camilla al puerto, embarcarlo en nave especial, desembarcarlo aquí del propio modo y llevarlo a nuestro Hospital de Santo Tomás para que sabios cirujanos lo curaran. El me contesto así:
“Imposible, mi dotol, yo no iré a su Hospital, que es a mi vel la puerta de entrada al cementerio de la ciudad. Déjeme moril aquí…”
Aunque esta respuesta me desconcertó un poco, insistí en que viniera mi amigo y me dirigí al Hospital de Santo Tomás, que no había visto nunca, a visitarlo y a escoger un cuarto adecuado para él. A pesar de las reparaciones y ensanche que le habían hecho, por acuerdo, hacía unos siete años, entre las autoridades de la República y las de la Zona del Canal, el antiguo Asilo fundado en 1694 por el Ilustrísimo señor Obidspo D. Diego Ladrón de Guevara –a doscientas varas del cementerio de la ciudad- destinado en ese tiempo para mujeres pobres y luego para hombres igualmente pobres, que regentaron por mucho tiempo las hermanas de la Caridad, me pareció una desgracia, y conviene con Toto en que tenía que ser, sin duda ninguna, la puerta de entrada al cementerio de la ciudad.
Todo el mundo sabe que ese Hospital que desde 1519, a raíz de la fundación de Panamá la Vieja, y más tarde desde 1694 a poco de la fundación de Panamá La Nueva, figuró como asilo para enfermos pobres, era la más antigua institución de su clase en toda nuestra América, y por eso, a pesar de sus reparaciones, se estaba deshaciendo... Por lo demás, colocado en el centro de la parte más bulliciosa y polvorienta de la ciudad, con una vuelta del tranvía en frente de su entrada principal, con el rechinar de las ruedas de éste en los rieles, con el ruido de las bocinas de los carros, con los gritos de las vendedores ambulantes de dulces y frutas, en una calle sin aire y de calor sofocante, por donde transitan las carrozas de los muertos y los enlutados acompañantes, más que Hospital me pareció uno de los círculos del infierno del Dante, en donde agonizaban, atormentados, numerosos desgraciados… Entristecido, pensé en un nuevo Hospital, y Toto se quedó en Las Tablas, en donde logró al fin enderezarse las piernas quebradas, tal vez colgado de la solera de su casa por unos cuantos curanderos, nuevos Doctores Sangredo, de mi pueblo natal…
![]() |
| Dr, Alonso Preciado, primer director del Santo Tomás, 1924 |
¿Cómo hacer en un país pobre como el nuestro? Había un gran recurso; el convertir la Lotería existente, cuya concesión estaba ya a punto concluir, en Lotería Nacional de Beneficencia, y así se hizo, logrando, por la sabia organización que se le dio, que produjera anualmente muy cerca de un millón de balboas. La lucha fue dura y cruel y los sufrimientos incontables. ¿Para qué referirlo? Insultos a mañana y tarde, y resistencias formidables, inauditas, por otra, en contra de su establecimiento; pero se estableció por la ley y con su producto hemos hecho grandes cosas. Sostenemos debidamente el Hospital que tenemos y nueve más provinciales de emergencia que hemos fundado; sacamos de la vecindad de la Zahurda el Asilo de Bolívar, de Desamparados, y los sostenemos hoy en vastos terrenos que le hemos dado, con numerosas viviendas, una hermosa capilla e instalaciones de agua y de luz en las afueras de la ciudad. Sostenemos los leprosos y los locos que internamos den Palo Seco y en Corozar. Subvencionamos a las Hermanitas de la Caridad en Colón y a las de Panamá, del propio modo que al Hospicio de los buenos Hermanos Salesianos, a la Cruz Roja Nacional, a los Talleres Escuelas, y a la Sociedad de San Vicente de Paúl; hemos fundado y sostenemos dos Asilos más, el Huérfanas de las excelentes Hermanitas de María Auxiliadora y el de la infancia desvalida de las dulces Madrecitas Bethlemitas. A pesar de las esplendideces empleadas, con tan numerosos establecimientos de beneficencia, con el saldo que nos venía quedando en seis años hemos podido gastar cerca de tres millones de balboas en levantar este bello y útil monumento, que no sólo una obra de beneficencia y caridad sino del propio modo de ornato, de embellecimiento, de alto patriotismo y de profundo amor.
He podido juzgar por mí mismo y por mis observaciones con los demás, que para ser buen ciudadano es preciso ser inteligente y musculoso y fuerte, emprendedor y valiente, y poseer las perspectivas de la felicidad, y nada de esto se puede alcanzar sin un alma sana y vigorosa, completamente sana, como dicen los pedagogos, en un cuerpo perfectamente sano también. Estimo que esta es una ley física y moral por todas partes, más sensible todavía con los hombres que habitan, como nosotros, en la Zona ardiente de los trópicos, pues el calor excesivo y permanente, así como el sudor, son suficientes para extenuarlos, incapacitarlos y reducirlos a la más completa impotencia.
![]() |
| Esta fotografía nos muestra los jardines del hospita ST poco tiempo de haber sido inaugurado |
![]() |
| Doña Sabina Cisne de Zaldivar (izq), la primera madre en dar a luz en el ST. Y Ruth Z. de Admare (der), la primera niña en nacer el día de la inauguración. |
El día 1º de septiembre de 1924.
(Fuente: Libro de Oro, editado por la Coorporación Publicitaria, S.A., empreso en los talleres de Litho-Impresora panamá S.A., 1974).

















