sábado, 6 de febrero de 2021

La invención de Ricardo Arturo Ríos Torres

Con la muerte de Ricardo Arturo Ríos Torres muere una parte del Panamá literario; muere un trozo del Panamá histórico; muere un fragmento de la soberanía; muere un pedazo de la patria; muere la bandera sembrada el 2 de mayo de 1958. Es la metáfora de los espejos que refleja la muerte de la cultura y la memoria, la muerte de la lectura y del libro, la muerte de la biblioteca; simbólicamente, el fallecimiento del maestro Ríos Torres es la muerte de la nación en el marco de una encrucijada nacional y mundial.

 

La muerte de Ricardo Ríos Torres representa la caída de un hidalgo de los de lanza en astillero que luchó contra los gigantes que han frenado el desarrollo de la cultura. Muere un caballero de triste figura, pero de brillante pensamiento que cabalgó por el libro y la lectura. Muere el estudiante que sembró banderas en aquella Operación Soberanía que años después intentó oscurecer otra operación mal llamada Justa.

 

La muerte de Ricardo Arturo Ríos Torres es también la posibilidad de la imagen del escudero de hazañas heroicas que subsiste en medio de la tragedia de la nación; es el reflejo del campeador juvenil que aún cree en las gestas y el cantar, en la lectura como forma de resistencia y en libro como objeto de transmisión de la cultura y escudo para la adversidad. Porque Ricardo Ríos también sembró banderas en ciertos corazones gentiles que hoy lloran su partida, pero recogen la lanza y la bandera para seguir peleando contra los molinos de la indiferencia. Quizás la muerte de la cultura también es el renacer y la resignificación de otra esperanza.

 

Como un caballero medieval, Ricardo Arturo Ríos Torres fue El Cid panameño que, con fragores valientes y alma estoica, luchó sin miedo contra los poderes actuales que representan a los señores feudales de épocas lejanas y ambiciones políticas igual a las que hoy dominan el mundo. El Cid contestatario nacional de cabellera blanca y sonrisa afable, de mirada seria y memoria clara, se ha marchado dejando la locura narrativa de su calle del espanto poblada de poesía. ¿Cuántas Sal Si Puedes hay en este Panamá gastado y roto? Solo la aventura del arte y la cultura nos salva de no quedar atrapados en otras calles malditas.

 

En algún momento me dijo que Richard Brooks había sentenciado que “todo escritor tiene el derecho a soñar, único derecho que ningún Estado policíaco puede eliminar”. Le pregunté que quién era ese tal Brooks, y me contestó que era otro loco, otro idealista, otro soñador que siempre va contra marea. Aprendí de él que no se puede escribir con miedo. Que la imaginación y la creatividad no pueden ser gobernadas por la fatal y absurda burocracia. Que no se puede ser libre y creador si vives preso de la tiranía ideológica y de los dogmas; que la verdadera libertad del escritor está en decir su verdad.

 

Ricardo insistió tanto en retomar el canon literario, a devolver la mirada a los clásicos, en leer con atención El Quijote, de Miguel de Cervantes Saavedra; El libro del buen amor, de Juan Ruiz, el arcipreste de Hita; La Celestina, de Fernando de Rojas, y la poesía épica del Poema del Mío Cid, porque hallaba en ellos las virtudes y valores necesarios para fortalecer la dignidad y la nobleza humana. Obras que representan lo más noble de la grandeza humana con personajes tan contradictorios dialécticamente, como Don Quijote y Sancho, que simbolizan los bordes opuestos de la humanidad.

 

A este bardo del corpus literario lo vamos a recordar con respeto, porque fue luz para muchos jóvenes que, desde el Círculo de Lectura Guillermo Andreve, se regocijaron con la lectura de decenas de autores de corte nacional y universal. ¿Acaso no es menester crear un círculo de lectura que honre su nombre? Ricardo podía hablar de Matsuo Basho o de Octavio Paz, de Justo Arroyo o Gloria Guardia, de Hermann Hesse o Alejo Carpentier, como un campesino habla de su huerta; con sabiduría y un amor extremo enseñó a muchos a caminar por la lectura con un placer que dejaba encantado al que buscaba el goce en los libros.

 

Hoy, es decir, en el momento en que escribo estas palabras, tengo los ojos cansados y el corazón desordenado. Me han llamado varias veces para saber de las honras fúnebres de Ricardo Arturo Ríos Torres. Logré contestar a algunos con un monosílabo. Estoy tratando de entender la locura de un tal Richard Brooks que inventó a un tal Ricardo Ríos... O, ¿fue al revés? ¿Quién imaginó a quién? ¿Quién de los dos es real? No lo sé. Creo que al final, ambos fueron reales y producto de la locura de la imaginación. Una invención, una fantasía de la ficción. Ambos fueron personajes reales en esta saga de la existencia.


La Prensa, 06 de febrero de 2021 -

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