viernes, 9 de enero de 2015

Lo que hemos perdido

A Damaris Díaz de Szmirnov,
quien creyó en los niños y jóvenes.

Por Carlos Fong

No debemos afirmar que los jóvenes de hoy son menos nobles y buenos comparados a los del pasado. No podemos asegurarlo, sólo podemos opinar. Los jóvenes hoy día parecen más indiferentes y abusar de cierto narcisismo. Sin embargo, la totalidad de ellos es buena y tiene preocupaciones igual que los del pasado. Si la mayoría de la juventud fuera mala, el país se hubiera acabado. Lo que sí es cierto es que las generaciones actuales son más vulnerables y están expuestas a peligros distintos: carecen de referentes políticos y cívicos que los ayuden a tomar decisiones como ciudadanos; tienen acceso a una educación que no forja el pensamiento crítico y están cercados por los vicios institucionales en un país sin un proyecto colectivo como nación. En el pasado, creo,  no era así.

Afirmo que somos los adultos los que hemos empobrecido el presente de los jóvenes. Hablé de peligros, esas amenazas las hemos construidos los adultos. La adolescencia, sin temor a equivocarme, es la etapa más difícil del ser humano, porque es allí donde se toman las pequeñas y grandes decisiones que pueden definir la vida. Pero en un mundo donde las dimensiones de la vida cotidiana –el entorno- está impregnado de prácticas de corrupción, juega vivo, narco-tráfico, clientelismo, oportunismo, impunidad, en un mundo así, ¿Para qué tomar buenas decisiones? ¿Para qué elegir ser bueno, si los malos viven mejor?

Somos los adultos los que hemos edificados instituciones sin un proyecto común; somos los adultos los que estamos destruyendo esa institución llamada familia, la única que crea lazos éticos sólidos con la sociedad; somos nosotros los que tomamos decisiones equivocadas que afectan a los niños y jóvenes; y somos quienes hemos construido una mentira: Todo es relativo, todo vale mientras te sirve para triunfar. Todo es aceptable y cuando lo aceptas todo, no te comprometes con nada. La palabra competencia ha sustituido el compromiso. Vivimos dentro de un domo donde la noción de competividad ha sustituido el sentido de la participación; donde ser individuo es más ventajoso que ser persona; donde es suficiente ser habitante y no ciudadano.

Nociones como soberanía, patria, nación, civismo, naturaleza, solidaridad, democracia, justicia han perdido la sustancia elemental que le daban sentido: el imaginario de país. Ese imaginario era un elemento que componía el ideal juvenil; hoy los cuerpos juveniles se han adoctrinado como proyectos de individuos y no como proyecto común. De allí el ataque directo a los elementos de la historia y la agresiva campaña de consumismo: si logras sembrar la indiferencia por el pasado, disminuyes la preocupación por los problemas reales del presente, lo importante es tener cosas.

En gran medida las decisiones de los jóvenes están condicionadas por las decisiones de los adultos. Nuestras instituciones no están atendiendo las subjetividades de la condición juvenil. Podría poner muchos ejemplos, pero sólo citaré dos: la inversión en actividades efímeras y la ausencia de programas juveniles. Es más fácil destinar un millón de dólares en el carnaval que en programas para la juventud. Si bien es cierto que el carnaval es una fiesta que forma parte de nuestro patrimonio cultural y necesita apoyo, no es menos cierto que sumas como esa no se consideran para invertir en programas de desarrollo cultural en las comunidades.
Es más fácil destinar un millón de dólares en el carnaval
que en programas para la juventud. Foto de La Prensa.
¿Qué hacen las Juntas Comunales y los Representantes por los jóvenes en sus comunidades? Se ríen de nosotros cuando hablamos de millones para construir equipamientos culturales o para crear programas juveniles permanentes, cuando eso se gasta en 4 días de jolgorio ¿Dónde está la Cámara  de Comercio, los empresarios? Cuidando que sus cajas registradoras hagan música en sus oídos. Ellos prestan más atención a su mundo competitivo que a ese otro que es cooperativo, constructivo, diverso, complejo, creativo que necesita también un millón y más. Pero si vamos y presentamos un proyecto de un millón para trabajar con jóvenes de comunidades vulnerables, campesinas o indígenas, se nos ríen en la cara.

Lo que se ha perdido y hay que recuperar cuesta más de un millón y una gran dosis de voluntad política. Se ha perdido el sentido del ser nacional que implica una variedad de saberes. Se han perdido los valores familiares y el amor por la persona. Se han perdido los referentes políticos de liderazgo, clave en el sentido de construcción ciudadana. Se han perdido las conexiones éticas y cívicas con la cultura. Y lo que me deprime más, es que sobre esa descomposición social fingimos que somos una tacita de oro en el corazón del mundo, pero no es verdad y esa mentira, esa ilusión, se la vendemos a los niños y jóvenes cada vez que tumbamos un árbol para poner un mall. Y, si un joven no alcanza esa ilusión y comete un error, lo condenamos  ¿Qué moral tenemos para juzgarlos si nosotros construimos ese infierno?

3 comentarios:

Metzergenstein dijo...

Esta sociedad tiene un problema muy especial, el que la cultura como tal no sea un negocio hace poco probable una inversión consecuente con lo que se pierde, por otro lado los jóvenes de hoy deben lidiar con tantas pantallas en su vida que cave preguntarse si tienen oportunidad de ver el mundo?
No se educan mas personas, seres consientes de su humanidad, sino que ahora se instruyen futuros peones, son pocos los que ven algo mas allá de una casa y una quincena.

El plan estrella del gobierno es eliminar la letrinas, pero cuando cambien todos los baños del país tal vez se den cuenta que son las cabezas de las personas con vida de utensilio, la que esta llena stronza di merda,

Anónimo dijo...

Felicidades Carlos, hermoso articulo, y tan real como la vida mima. saludos.saray

Jorge Rodriguez dijo...

Estoy totalmente de acuerdo con usted Profesor. Es cierto, estamos perdiendo la sensibilidad humana y la estamos reemplazando por la mecánica de la competencia y la actitud indiferente a lo que verdaderamente es valioso para cada uno y para todos: la paz, la justicia y la equidad.

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