¿Quién incendió El Chorrillo?


Durante 25 años se ha debatido sobre quiénes fueron los que iniciaron el incendio que acabó con el barrio de El Chorrillo. Unos culpan a los Batallaneros de la Dignidad, otros al ejercito invasor de los Estados Unidos; algo muy similar pasa con la cuestión de quiénes son los culpables de que se haya dado la Invasión de 1989. Hablando con la gente que perdió un familiar y que sobrevivió a la Invasión uno puede tener una idea más clara de si fue una operación justa, si valió la pena, si fue necesario derramar tanta sangre inocente y tanto dolor sobre un pueblo. Nosotros ya tenemos una postura muy clara. El testimonio del profesor Américo Alvarado Guadamuz quizá pueda ayudarnos a tener una percepción más justa de la historia. Mirada de Nuchu se une con este testimonio a las voces que condenan la Invasión y que piden duelo nacional.


¿Quién incendió El Chorrillo?

Por Américo Alvarado Guadamuz  


      Me encontraba meditando acerca de la desagradable noticia recibida esa tarde del 19 de diciembre de 1989, en que me informaban que la niña Eneida de sólo unos 13 añitos no volvería a recibir mis clases de informática y de inglés, que les impartía sin costo alguno a cerca de 23 muchachos de El Chorrillo, en el apartamento que alquilé en el edificio Renta 2, con la meta de sacarlos de los malos caminos. ¡Eneida estaba embarazada!

           
     Me dispuse a escribirles una amena charla sobre sexo, que titulé “Que No Toquen Tu Cuerpo”, para ilustrar a todos los niños y niñas del barrio, porqué sus partes íntimas no deben ser vistas y mucho menos manoseadas por nadie…

     Observo el reloj, son las once y media ya. Con razón me siento soñoliento, pero debo continuar.  De repente escucho demasiado cerca de la azotea del edificio, ubicado en la esquina de la Avenida A, y la calle 22 Oeste, el fuerte rugido ensordecedor del motor de un poderoso avión.  Otra vez vienen esos gringos a volar por aquí, como para que nos acostumbremos a que ellos hacen lo que les da la gana, medité equivocadamente, porque enseguida sentí un atronador ruido causado por la mortífera bomba dejada caer a un costado del Cuartel Central de la Policía Nacional.

            Yo estaba a unos cientos metros del objetivo de los invasores, por lo que la vibración de las paredes del edificio y el trueno sonoro, me hicieron saltar de mi silla y quedé acurrucado debajo de mi escritorio... ¡asustado!

           El ruido del potente avión se disipó lentamente, y poco a poco me incorporé mientras llegaba a la conclusión de que se trataba del bombardeo ocasionado por la invasión tantos meses presagiada por todos los medios de comunicación, que los gringos iban a ocasionar a Panamá, con la excusa de poner fin al gobierno militar imperante.

            Lentamente me incorporé para acercarme con mucha cautela a la ventana que me permitió divisar la aeronave militar; ese modelo era capaz de volar lento y a bajas alturas lo que le permite lanzar sus temibles bombas con bastante precisión, y más en ese caso en el que no había fuego anti aéreo. ¿Entonces porqué sólo lanzaron una, que más daño ocasionó al helipuerto del cuartel, que al edificio?  Y, ¿porqué, desde la altura del tercer piso que me permitía observar claramente el cuartel de la policía, prácticamente no veía movimiento de personal que movidos por el pánico del bombardeo, deberían estar corriendo para salir de ese objetivo de los gringos?

            Más adelante al observar los camiones militares de los invasores cargando todo tipo de material y equipo informático de los escritorios y archivos de la guardia nacional, deduje que no querían destruir esos sensitivos documentos. Y también fui informado que el cuartel, ante la inminencia del ataque, esa noche estaba prácticamente sin el personal habitual, e incluso las anticuadas tanquetas que se habían instalado en las aceras cercanas al cuartel, también se habían removido.

            La algarabía causada por el pánico entre los vecinos me sacó de la meditación, abrí la puerta y efectivamente era una locura ver corriendo y gritando incoherencias a personas de todas las edades, desde la planta baja, los pasillos y escaleras.  Rápidamente noté que una vecina estaba tranquila, en comparación a los demás, y le grité que organizáramos un refugio en la planta baja.  Empezamos por sacar a todos los vecinos de sus apartamentos y se le conducía abajo. Se les pidió que cargaran sus radios portátiles, baterías, toda clase de medicinas, alcohol, comida preparada, agua, y en fin también ropa ligera. No se sabía si la emergencia  sería breve o por varios días. También se dio instrucciones de que telefonearan a sus parientes para advertirles que no se acercaran a la renta, porque era peligroso, y además las puertas de hierro del edificio serían cerradas. La instrucción fue: ¡nadie sale y nadie entra al edificio!

           
     Me ofrecí como voluntario para ver todo lo que sucedía desde la altura de la amplia azotea, que por suerte tenía un balcón perimetral de concreto, lo que me permitía algo de seguridad, para mantener informado al vecindario.  Pude apreciar bien agachado, vuelos de reconocimiento por toda el área del chorrillo, de varios helicópteros, que disparaban constantemente a todo lo que se movía en las calles y  balcones. También se disparaba desde los múltiples y poderosos tanques bien artillados a cualquier vehículo que osara transitar. Fácilmente distinguí cuando una anciana desmayada con dos jóvenes que la sostenían, salían hasta la acera del edificio Penonomé, frente al que yo estaba, que con trapos blancos en señal de pedir auxilio, fueron acribillados a tiros desde un tanque militar que circulaba por la avenida A.

            Con muestras de pánico vi a varias personas que prácticamente se desnudaban, lanzando a la calle sus uniformes, porque el ataque los sorprendió en el campo deportivo de Barraza, instalación ésta que sirvió para entrenar a los Codepadis y Batalloneros.  Sus armas  eran lanzadas a los balcones de la planta baja del edificio, y se ponían cualquier trapo que los cubriera, tomados de los alambres en que estaban colgados para secarlos. Pude divisar fácilmente las luces del piso superior del Cuartel Central de Bomberos, en la calle 15 Oeste, en la que se notaban la presencia de muchos soldados gringos.  Lo mismo divisé en la azotea de la Cárcel Modelo, muchos gringos observando hacia las calles aledañas.

            Por todas partes se notaba el tránsito de todo tipo de vehículo militar que llevaban una gran bandera triangular de color blanco, sostenidas de antenas largas de comunicación. Pensé que era para evitar que los confundieran. Los disparos, desde cualquier ángulo, eran audibles y frecuentes.  Bajé a informar a los asustados vecinos, todo lo que estaba sucediendo, tomé un poco de agua y volví a subir a mi puesto de observación improvisado, el cual, gracias a que la mayoría de las casas del populoso barrio de El Chorrillo, eran de planta baja y solo un piso de alto, me permitía distinguir un extenso radio del territorio afectado por la masacre producida por la consigna de matar todo lo que se movía.  Incluso el Cuartel Central de la Policía, era de menor altura que la azotea del edificio Renta 2.

            Eran casi las dos de la mañana y la radio estaba informando casi desordenadamente lo que pudieron apreciar en medio de los tiroteos y persecución de comunicadores. A esa hora, ya la acción bélica favorecía a los invasores que tenían el control total de la situación. Se apreciaba que la frecuencia de los disparos disminuía, aunque las naves aéreas patrullaban aún el cielo panameño, escudriñando algún movimiento malicioso en tierra.

            Bajé nuevamente al refugio temporal en la planta baja, en que la dinámica vecina Damaris tenía control del comportamiento de los vecinos, y me alentó comunicarle que de  acuerdo a lo que había leído de las fases de una invasión militar, yo deducía a que en Panamá se habían cumplido las dos fases iniciales: primero la de bombardeo por aire, tierra y mar; la segunda fase: la invasión física de las tropas por todo el territorio bombardeado. Y le comenté que me parecía que al amanecer se completaría la tercera fase: el patrullaje conjunto de las autoridades de policía locales con los soldados invasores, para evitar los saqueos y eliminar a cualquier franco tirador.

            Estando en este lapso de relajamiento, escuché nítidamente, a todo volumen, unas instrucciones que se daban a los chorrilleros desde varias unidades móviles de sonido… Subí rápidamente a mi puesto de observación y entonces pude escuchar en español que los soldados hispanos, recorriendo las avenidas y calles, ordenaban a toda persona ubicada en esa área que saliera a las calles 25, 26 y 27 oeste, desde la Avenida de Los Poetas, y Bocas del Toro. Que se pusieran las manos en las nucas. Que a cualquiera que portara un arma se le consideraría elemento de guerra y se le dispararía de inmediato. Que caminando por el centro de la calle, se dirigieran hacia la Avenida A; al llegar allí doblaran hacia la entrada de Balboa, y que se les guiaría hasta un centro de ayuda en las que serían atendidos en sus necesidades.

            Las columnas de habitantes se desplazaban lentamente, siguiendo las instrucciones desde los altavoces móviles, pero fácilmente era visible que en los balcones y escaleras de esas casas, todas de madera proveniente de la era de construcción del Canal de Panamá, se quedaban miles de vecinos, la mayoría viejos y enfermos que se rehusaban a seguir las órdenes porque no deseaban que les robaran lo poco que poseían, y por desconfianza del trato que podrían recibir de parte de los despiadados invasores, fuertemente armados.

            Hubo, incluso, un incidente en que unas pocas personas, viejos, mujeres, y niños dijeron a los militares que los apuntaban con poderos rifles, que ellos preferían ir hacia el barrio de Santa Ana, o sea, en vía contraria a la ordenada.  El oficial jefe del grupo de soldados ordenó a la tropa, sin parpadear, que les dispararan, orden que no fue ejecutada, sometiéndose posteriormente a un Tribunal de Guerra a todos los soldados involucrados en la desobediencia.


           Se acercan las cuatro de la madrugada. Todo estaba dominado por los soldados invasores… ¿pero qué es lo que veo?  Perfectamente nítido sale del aeropuerto de Albrook, ubicado detrás del Cerro Ancón, un helicóptero mucho más chico que los que habían estado ametrallando a la población en las calles. La pequeña nave aérea, se dirige sin mucha velocidad hacia el área de Amador, y estando ya sobre las exclusivas mansiones de oficiales norteamericanos, gira hacia el Chorrillo, y se detiene en lo alto.  Inclina su fuselaje, y dispara sin ruido, una delgada estela de luz color lila, que por el ángulo que lleva se dirige hacia la hilera de frágiles casas ubicadas en la orilla de la Avenida de Los Poetas, y la calle 26 Oeste.

            Al tocar tierra se produce un pavoroso ruido acompañado de impresionantes llamas de múltiples colores que se expanden rápidamente por todo el sector, por cuyas construcciones de maderas viejas, se propaga fácilmente. Noto que la pequeña nave, de poderosa capacidad de destrucción incendiaria, regresa sin apuro por la misma vía por la que apareció.

            ¡Qué horror! Grito para ser oído por mi mismo, porque estoy sólo contemplando el inicio del planeado incendio y destrucción total del barrio en que desde niño corría por sus aceras y me lanzaba a sus aguas en la playa de Barraza.

            No salgo de mi asombro, cuando percibo otra nave similar, ¿o sería la misma?, que efectúa exactamente una réplica de la maniobra anterior, se ubica en posición y nuevamente veo salir la estela de color lila que en esta ocasión cae cerca de las casas en la calle Bocas del Toro, produciendo el mismo fatal resultado de la expansión de sus llamas incendiarias a todo el vecindario, y matando masivamente a sus pobladores que eligieron no abandonar el lugar donde posiblemente habían nacido.

            Empiezo a correr, sin impedir que mis lágrimas denoten mi tristeza e impotencia ante el injusto desastre bélico, y llego a gritarle a los vecinos: ¡Están incendiando el Chorrillo!  ¿Por qué hacen eso?  Allí sólo hay gente inofensiva, asustadas, que no le pueden hacer daño a nadie… y vuelvo a ponerme a correr, esta vez en dirección a la azotea, llegando en el momento en que otra vez un helicóptero similar a los anteriores se desplaza, y logra sin ninguna dificultad realizar la operación incendiaria, dirigiendo el tercer disparo hacia las casas cercanas a la Avenida A.  El incendio destruye cientos de casas de alquiler, miles de habitantes, cuyos cuerpos calcinados eran posteriormente depositados en fosas comunes.

            ¡La masacre fue ejecutada exitosamente!

            Pocas horas después nos enteramos que la tercera fase de la invasión militar, deliberadamente no fue ejecutada, de esta manera el Comando Sur de los Estados Unidos de Norteamérica, patrocinó el saqueo masivo de negocios, empresas, bancos, etc., porque la realidad del objetivo de su invasión era la de poner a Panamá de rodillas, ¡y nunca lo lograron!

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