jueves, 28 de marzo de 2013

La práctica sociocultural de la lectura como (re)valoración ética de las ideas*



Nos gustaría empezar esta reflexión partiendo de una pregunta: ¿Qué es una idea? Sin menospreciar la etimología histórica de la palabra y sus principales pioneros como Platón, quien escindió la realidad en un mundo visible y un mundo inteligible para explicar que una idea es la esencia de aquello por lo que una cosa es lo que es; entidades que poseen una existencia real e independiente; sobre todo que las ideas son el objeto del concepto y no el concepto. Sin necesidad de subestimar los conceptos arquetipos que encontramos en los diccionarios que dicen que una idea es la representación abstracta de una cosa real o irreal que se forma en la mente de una persona; la imagen que queda en el alma del objeto percibido;  la opinión o juicio que una persona tiene formada en su mente acerca de otra persona o cosa;  la intención o ánimo de alguna persona de ejecutar un proyecto o plan para hacer una cosa. Sin menoscabar ninguno de estos conceptos, queremos quedarnos con el más simple, tal vez,  de todos ellos: una idea es el conocimiento elemental que se tiene de una cosa, la suma de experiencias que tenemos de la realidad para entender esa realidad.

Una idea es todo lo que mencionamos arriba, pero más que nada es la capacidad y la posibilidad del pensamiento de combinar saberes antiguos con los nuevos; poder vincular elementos y componentes diversos de manera que podamos construir, combinar, relacionar, yuxtaponer, sintetizar y asociar diversas entidades que nos permiten tener una idea menos estrecha y más general del mundo, del progreso, de la historia, de la política; incluso de las cosas más sensibles como los valores, los sentimientos, la belleza, el mal, el amor, la libertad, la esperanza.

En la actualidad parece que el valor de las ideas tiene más importancia en el sector de las industrias culturales, en el universo de la publicidad y de las empresas que sobreviven de la creatividad. Se habla de creatividad también en contextos educativos. Los pedagogos hablan de una educación para el pensamiento creativo. Ser creativo implica tener buenas ideas. Ideas que permitan al ser humano vivir mejor y disfrutar de muchas cosas basadas en buenas ideas. Pero, ¿Qué ha pasado con la valoración de las ideas sobre la esencia o la presunta naturaleza humana, la relación del hombre con la naturaleza, el Estado, la política, la educación, ser ciudadano, la pareja humana, la familia, la patria, la identidad, la cultura, la solidaridad, incluso la idea de Dios? Aquí pedimos permiso para insertar una idea de la lectura como revaloración de las ideas éticas. Y lo haremos a través de otra pregunta: ¿Estamos enseñando a leer a nuestros niños y jóvenes de modo que sean capaces de construir sus ideas y valores desde su propio imaginario?

Nosotros pensamos que la lectura como práctica sociocultural puede ayudar a que revaloremos el mundo de las ideas para construir una mejor sociedad. Necesitamos primero aclarar la idea de la lectura como practica sociocultural y para eso nos ayudaremos de Gustavo Bombini, el prestigioso investigador argentino, quien ha propuesto una nueva construcción epistemológica y metodología que permita abordar las prácticas de la lectura como práctica sociocultural apoyada en los aportes de la sociología, de la cultura, la antropología cultural, la etnografía; nosotros añadiremos la filosofía, la historia y todo el resto de las humanidades. Bombini apuesta por una nueva problematización que permita dar una nueva mirada a las categorías tradicionales con el objetivo de construir una teoría de la lectura en contextos pedagógicos.

Según Bombini, si le damos una mirada a la lectura desde los distintos espacios públicos y privados, institucionales y civiles, donde se mueven los sujetos, podemos advertir que existen muchos nichos desde donde la lectura se practica. Desde los sujetos se puede decir que leemos todos los que conocemos el alfabeto: el niño, el adulto, el jubilado, el profesional, el joven, el funcionario, el hombre, la mujer, el inmigrante, el artista, el obrero, el maestro hasta el bien-cuidao.

Desde los propósitos leemos para informarnos, para formarnos, para encontrarle sentido a la vida, para entender, para entretenerse, por placer, para descubrir. Desde los distintos espacios o ámbitos leemos desde la escuela, la universidad, la biblioteca, el centro cultural, el auto, en la oficina, en el hogar, en la cárcel, en el barrio. Desde lo temporal leemos desde lo privado y lo público, en el tiempo de ocio, en el tiempo del currículum, en un tiempo programado, en un tiempo de espera, en un tiempo asistemático e inconstante, anota Bombini.

Hay que reconocer que la lectura debe ser entendida desde las maneras reales en las que la gente la asume, la entiende y la desarrolla. Los sujetos leen desde distintas situaciones sociales: Desde situaciones problemáticas y difíciles: un barrio con altos grados de vulnerabilidad, la cárcel, una región en conflicto, el hospital, localidades marginadas. Desde situaciones placenteras para ocupar el ocio: un círculo de lectura o una reunión social, un recital de literatura. Desde situaciones institucionales de formación de los sujetos: la escuela, la universidad, el seminario o el taller.

Planteada la lectura como una práctica cultural los mediadores podemos decidir qué tipo de acciones y técnicas ejecutaremos para construir en los momentos y espacios donde los sujetos conviven a través de la lectura. Es vital revisar los distintos discursos y representaciones que se tiene de la lectura, sus dimensiones socioculturales. Existe una dimensión ética donde el lector encuentra un componente importante de formación, la lectura como enseñanza de valores, lo que el escritor quiso comunicar. Existe una dimensión estética donde la lectura se instala como placer y goce estético, se disfruta de cada metáfora y se hacen juicios de valoración. Una dimensión ciudadana donde la lectura es un medio de comunicación que permite tener sujetos informados; la escolarización es un mediador en este proceso que permite el ejercicio de la ciudadanía. También existe una dimensión cultural que hace una lectura de la realidad y del mundo en que vivimos, admite pensar en proyectos y programas desde la cultura. Y una dimensión identitaria que permite la construcción de la subjetividad y de la identidad nacional.

Todas estas dimensiones nos están diciendo que la lectura debe ser entendida de muchas maneras reales en que las personas la entienden y la desarrollan desde sus propios espacios poéticos. Nuestra propuesta es que ya no podemos seguir leyendo de manera lineal, vertical, autoritaria; la lectura obligatoria debe dar paso a otra forma de leer. Apostamos por la apropiación social de la lectura. Lo que la lectura significa y representa está en el propio imaginario social e histórico que los sujetos construyen a diario. Debemos trascender los modos de leer propios de la escuela. Enseñamos a decodificar el abecedario y los niños aprenden a leer; pero finalmente los sometemos a modos tiránicos de lectura. ¿Por qué no les enseñamos a discutir sentidos, a apropiarse de la lectura, a negociar con ella? ¿Por qué no les enseñamos a cuestionar y dudar de la realidad? La educación es el movimiento desde la oscuridad hacia la luz, escribió Allan Bloom en ese valioso libro titulado: La decadencia de la cultura. Significa que las opiniones falsas, aludiendo a las sombras de Platón en La República, pueden ser corregidas, porque sus contradicciones internas impulsan a los hombres de pensamiento a buscar la verdad. La lectura es movimiento. Pero ese movimiento no puede tener una sola dirección. Leemos en la diversidad y en la diversidad de saberes destruimos las sombras y caminamos hacia la luz.

Todas estas ideas que estamos vertiendo no son nuevas. Desde la década de los 80 se han venido discutiendo y ya en el siglo XXI muchos investigadores, teóricos del lenguaje  y antropólogos parecen estar de acuerdo en que la lectura debe ser inicialmente enseñada desde los programas curriculares, pero el pensamiento creativo sólo nace cuando leemos desde cierta libertad que respete el valor que cada individuo le da a la lectura desde su propia imaginación e interpretación. La práctica sociocultural de la lectura está en la medida en que construimos ciudadanía. De nada sirve hablar del derecho de leer del ciudadano si no le damos el derecho a opinar y disentir con sus propias ideas. De esta forma se acerca a una idea de las cosas y su verdad, si es que existe esa verdad.

¿Estamos sugiriendo con todo esto un exceso de libertad que va en contra del cannon? No. De hecho, estamos en contra de la eliminación de materias relacionadas con nuestra identidad histórica y con la eliminación de libros canónicos de la literatura panameña. Nuestro acervo cultural no puede ser de ninguna manera sustituido. Debe permanecer para siempre. Apelamos es a una nueva forma de acercarnos al conocimiento desde la dimensión cultural de la lectura. Es aquí donde entra en juego el mundo de la ideas. Los chicos, sencillamente, no encuentran ninguna relación entre la realidad del Mio Cid, una obra que tiene mucho que decirnos, y la suya; es por eso que la rechazan y la encuentran aburrida. Si logramos encontrar esa relación otorgándole sentido entre ambas realidades culturales, quizás logremos un nuevo tipo de acercamiento a los textos. Como dice la investigadora Carolina Cuesta, alumna de Gustavo Bombini, hay que volver a pensar la lectura en la escuela. Y añade: “Leer es comprender y disfrutar, es reconocer y degustar, es identificar y entender, es analizar, responder, hipotetizar, inferir e interpretar y opinar, estudiar y vivenciar, saber y rememorar”. Debemos repensar cada uno de estos verbos y darles sentido a la hora de leer con los chicos. Debemos intentar que los lectores se coloquen en medio de la dimensión estética (“me gusta”) y la dimensión cultural de la comprensión lectora (“lo entendí”).

Quisiéramos fortalecer nuestras ideas con tres teorías: la teoría del lobo en el bosque de Graciela Montes; la teoría del encuentro con los posibles de Michéle Petit y la teoría de la caverna de Platón. Las tres guardan una estrecha relación con el universo imaginario desde donde la construcción de sentidos se aborda por los procesos de producción de escritura y lectura; relación para nosotros sin la cual no tendría sentido leer.

“Jugaremos en el bosque mientras el lobo no está…” El bosque nos hace falta, dice Graciela Montes. En la ronda que todos de seguro recordamos, lo diferente, lo desconocido, lo inquietante está escondido en el bosque. Cuando finalmente sale el lobo todos corren, luego, de seguro, anochece, el juego termina y mañana habrá que preguntar otra vez qué está haciendo el lobo. Este principio de incertidumbre es una de las bases de la creación para niños, según Montes: lo importante no son las certezas sino las incertidumbres de saber qué hay en el bosque; qué se esconde en los cuentos que leemos; qué pasará en la siguiente página. Yo quisiera ir más allá del hecho creativo. Ese principio de incertidumbre también es aplicado a la lectura. Debemos aprender a cuestionar la realidad a través de la lectura; leer las certezas con mirada crítica; dudar de la realidad y preguntarnos por dónde saldrá el lobo.

Michéle Petit, al referirse del encuentro de los jóvenes con la lectura, dice que el encuentro con algo más, con lo otro, es el encuentro con lo posible. Lo extraño, lo lejano, lo otro, no son negaciones sino posibilidades. Todo lo que nos permite soñar, nos permite pensar. Todo lo que nos permite imaginar, nos permite construir. Es por eso que un espejo mágico, un agujero en el jardín que lleva a otro mundo, un sapo que se convierte en príncipe son criaturas y situaciones donde la virtud de lo desconocido y lo extraño despiertan tanta fascinación en los niños; incluso en los adultos a través de las peripecias de los personajes de una novela, por ejemplo. Imagínese usted las posibilidades que podemos encontrar al leer al Quijote si tan sólo aprendiéramos y ensenáramos a leer con significados.

Hace unos minutos cité a Platón y su alegoría de las sombras; regreso a sus sombras. En el mito de la Caverna de Platón, en el principio el hombre estaba confinado a la oscuridad; vivía en una caverna. Pero este mundo de sombras lo impulsó a buscar la luz. La sed de explicarse la realidad de las cosas lo llevó a la contemplación de las ideas. Así descubrió que el mundo era más complejo y enigmático que su limitada realidad de caverna. En la actualidad el hombre parece confinado a una caverna: percibe las sombras y apariencias y se pregunta qué es lo real. Acaso la lectura tiene mucho que decirnos de ese mundo, a disipar las sombras, aun así tengamos que sortear y confrontar criaturas fantásticos, en el caso de las ficciones,  para decirnos, no la verdad, sino que la imagen del mundo puede ser otra.

Si lo importante no son las certezas sino la incertidumbre de saber qué hay en el bosque; si lo inquietante nos permite imaginar y construir; si todo lo que nos permite soñar, nos permite pensar; si es posible disipar las sombrar y caminar hacia la luz a través de las ideas, entonces hay que revalorar la ética de las ideas desde una dimensión de la cultura que nos ayude a adoptar una nueva concepción de la ecología humana, como ha dicho Ken Robinson. Hay que fomentar el pensamiento creativo desde los nuevos códigos que están desafiando la lectura pasiva y lineal. Hay que leer de forma creativa para que, a la vez,  el proceso de generar ideas creativas con valor nos ayude  a vivir mejor la vida.

* Trabajo leído en el marco de la Semana de la Filosofía, el 13 de noviembre de 2012. Auditorio Isaías García. Universidad de Panamá.

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