domingo, 26 de junio de 2016

La Universidad de Panamá o la alegoría de la caverna

Antes todo se hacía con los puños: ahora, la fuerza está en el saber, más que en los puñetazos; aunque es bueno aprender a defenderse, porque siempre hay gente bestial en el mundo, y porque la fuerza da salud, y porque se ha de estar pronto a pelear, para cuando un pueblo ladrón quiera venir a robarnos nuestro pueblo. Para eso es bueno ser fuerte de cuerpo; pero para lo demás de la vida, la fuerza está en saber mucho, como dice Meñique.”
José Martí. 1975, XVIII, 349 - 350:”La última página”, La Edad de Oro (Vol. I, No 1, julio, 1889).

Hace 32 años el filósofo argentino, Mario Bunge, detectó 7 pecados capitales en las universidades españolas y latinoamericanas. Decía que la crisis universitaria no era coyuntural sino estructural. Esa aserción fue hecha hace más de 30 años y, hoy día, la Universidad de Panamá padece aún de algunos de estos males. Nuestra Universidad es anacrónica y la única forma de curarla de este mal está en su restructuración. Esta reorganización debe ser administrativa, académica, cultural e incluso, política.

En la actualidad la Universidad de Panamá no reúne las condiciones para favorecer la misión de una casa de estudios superiores: promover los sectores cultural, social y científico. Toda universidad, que merezca ese nombre, incluso si es una universidad especializada, debe fomentar la creatividad, el desarrollo del conocimiento y la investigación científica.  Si la universidad no está ofreciendo los componentes necesarios para producir conocimiento nuevo, para fortalecer los estudios culturales, para crear planes de estudios atractivos que fortalezcan la matrícula, significa que no está cumpliendo con su gestión.

Mi opinión puede ser temeraria y tal vez solo conseguiré ganar muchos adversarios, pero me voy a arriesgar y apuntar algunas de las principales causas (seguro hay más) que mantienen nuestra universidad sumergida en el anacronismo. La primera es el feudalismo institucional imperante: el sistema de la casa de Octavio Méndez Pereira es de la Edad Media porque políticamente está organizado en una cadena de vasallos y señoríos que no permiten una visión académica renovada. Las sucesivas reelecciones del mismo rector han despertado la suspicacia y la duda, y esto sucede porque el que representa a la autoridad no lo hace en función de valores legítimos.

La segunda, y sé que muchos me criticarán la observación, es que la universidad se ha convertido en un coliseo político; una arena política formada principalmente por los estudiantes quienes se ven más preocupados por la ideología que por generar conocimiento y pensamiento crítico.

Aquí quiero detenerme para aclarar algo. La universidad debe ser un centro de pensamiento y de acción. Como santuario de la educación, su moral debe radicar en defender los intereses de la nación, pero su misión debe ser la defensa del conocimiento. La universidad que no produce conocimiento, es inmoral. En este sentido lo político, lo social y lo cultural deben ir de la mano sin permitir que la política partidista prime sobre los intereses de la nación y del saber. La universidad no puede ser cuna de fariseos que van en contra de la vocación de pensar, tampoco nido de falsos gurús que ni educan ni reflexionan, porque se dejan llevar por la pasión de una doctrina. En este escenario los jóvenes son los más vulnerables porque, como decía el poeta Antonio Machado, tienen “…sangre joven y espíritu villano”. Pero esta rebeldía es inútil si no lleva como bandera el espíritu crítico, el saber, el análisis y el gusto por la formación.

La tercera es la pérdida de los valores académicos y la indiferencia social. También aquí son los estudiantes el centro de atención. Como se ha perdido el norte y la verdadera noción de la universidad, hay dos tipos de estudiantes: los que llegan a la universidad y tratan a toda costa de conseguir un título para poder trabajar y los que se distraen en organizaciones políticas y descuidan el valor del conocimiento. Los primeros están gobernados por la indiferencia y la participación ciudadana, no les interesa; y ambos ignoran que la universidad es, ante todo, un espacio para excelencia intelectual que va más allá de un título.

Los que escogen graduarse a como dé lugar, están convencidos de que la universidad es como sacar la licencia de conducir. Lo importante es entrar al mundo laboral y la conciencia social no es prioridad. La lógica de la competencia seduce a los jóvenes y los hace cada día más indiferentes y la universidad no está haciendo nada para impedirlo. Con los otros es todo al revés: han puesto la ideología por encima de la competencia. Lo cual también es grave. La ideología, afirma Mario Bunge, es un campo de creencias, deseos y programas, no un campo de investigación. Hay un cuento de Orson Scott Car que dice: “El mal ocurre en el medio, y el bien va hacia los bordes”. Creo que ambos tipos de estudiantes deben aprender a encontrar el borde; pero sin una universidad que fomente el pensamiento crítico, es imposible.

Todo este mundo de indiferencia por lo social y el conocimiento para mí está resuelto en una escultura que está en la entrada de la universidad nacional. La imagen del hombre caminando a ciegas nos evoca la alegoría o mito de la caverna de Platón. En la actualidad el hombre está confinado a una caverna donde se proyectan sombras. Estas sombras son apariencias. No es la verdad ni la libertad.  Dice Allan Bloom que la educación es el movimiento desde la oscuridad hacia la luz. La escultura, si miramos bien, es un hombre tratando de moverse. Ese movimiento representa una búsqueda, un deseo de libertad, de ascender hacia la luz y,  al mismo tiempo, la relación del pensamiento con la sociedad.

No quiero finalizar sin dejar claro que mi esperanza para que esta restructuración de la Universidad Nacional sea una realidad para dejar de andar a tientas y encadenados por una caverna, está en el profesor Eduardo Flores como nuevo rector. Sin ninguna intención de restarles mérito a los demás candidatos, creo que Flores tiene un proyecto iluminista que arrojará luz sobre esta caverna de imágenes falsas. Solamente con ciencia, investigación, cultura y un rescate  por las humanidades en este feroz mundo de las competencias, la Universidad Nacional saldrá de las sombras. Y Eduardo Flores puede hacerlo porque en él existe una asamblea de saberes y voluntades para lograrlo.


Carlos Fong



miércoles, 15 de junio de 2016

Trabajo infantil y valores familiares.


Por: Fong Carlos

Mi padre, Jaime Enrique Fong Medina, fue un explotador y abusador. Mi padre abusó de mis derechos. Mi padre fue un tirano. Desde luego que estoy haciendo uso de una figura literaria al hablar de mi padre.

Antes de cumplir los 18 años trabajé, con el permiso de mi padre, en una ebanistería. Era de un vecino amigo, don Camilo Barahona (qepd). Trabajé lijando muebles un par de horas en la mañana y me daba 4 dólares y almuerzo. Luego me iba para la escuela.

Siendo un adolescente trabajé en una llantería propiedad de los hermanos Fong, o sea, de mi padre y de mis tíos. En realidad el único que sabía que yo trabajaba allí de vez en cuando era mi padre. En aquella época no existían los aparatos que hay ahora para reparar los neumáticos. Para sacar el tubo de la llanta tenía que usar dos palancas de hierro. Era duro y peligroso. Pero la recompensa de trabajar en la llantería era que cogíamos unos tubos gigantescos y nos íbamos para el río.

Trabajé repartiendo tanques de gas para la distribuidora Panagas de los hermanos Fong, es decir, trabajé para mi padre. Me iba con él los sábados y le ayudaba. Recorríamos San Carlos, Chame, Veracruz repartiendo tanques de gas por las abarroterías.

Trabajé en la finca de mi padre en Playa Leona.  Era una finca de crianza de pollos. Recogía la ñinga de los pollos, daba agua a los pollos,  vacunaba a los pollos. Para llevar agua a la finca, llenábamos 8 tanques, cada uno de 12 latas, en el Coco de La Chorrera, donde vivíamos. Salíamos a las 9 de la noche en el pick up de mi padre rumbo a Playa Leona. Todos los muchachos del barrio querían ir. Por el camino íbamos comiendo marañones y mangos que arrancábamos de los árboles por el camino cuando mi papá detenía el carro.

Cuando llegaba el tiempo de recoger pollos había que madrugar o hacerlo a las 12 de la noche. Llenábamos hasta tres camiones de pollos. No recuerdo cuantas jaulas cabían en cada camión. En cada jaula entraban 10 aves. Después los llevábamos a los mataderos de Fidanque camino a Puerto Caimito.

Trabajé con mi padre en una pequeña empresa que instaló en la casa de El Coco. Vendíamos platanitos en las tiendas. Mi padre compraba las cabezas de plátanos. Luego la pelábamos y freíamos los platanitos y los empacábamos. El negocio no fue muy próspero y  mi padre construyó en el patio trasero una galera de gallinas ponedoras, después de vender la finca. Teníamos que recoger los huevos y limpiarlos para después llevarlos a las tiendas y venderlos.

Después criamos pollos de engorde. Mi padre me enseñó a matar pollos. Yo le ayudaba a degollarlos. Los colgábamos por las patas de 5 en 5 mientras la tierra se ensangrentaba. Mi padre nos pagaba 25 centavos por cada pollo que desplumábamos. Mi mamá los metía en una olla hirviendo de tres en tres y nosotros los desplumábamos. Mi padre me enseño a sacarles las entrañas a los pollos. Los limpiábamos y los vendíamos en las abarroterías.

Los años de mi niñez y adolescencia no los cambio por nada. Hice muchas cosas que hoy son vino y miel en mi memoria. Los recuerdos de la finca han quedado en la primera novela que escribí (y que saldrá en agosto de este año).  El trabajo que hice con mi padre me enseñó el valor de muchas cosas que hoy cuento a mis hijos con orgullo.

La noción que tengo del trabajo infantil es cuando se obliga a los niños a trabajar y se violan sus derechos a estudiar, entre otros. Mi padre jamás nos dejó abandonar la escuela ni nos cuartó la infancia. Me daba dos dólares los sábados. Cuando salía con él a trabajar me daba más y me decía que me comprara algo que necesitara. 

Hace un par de años mi hijo mayor me pidió permiso para ir a trabajar a una finca con un vecino. Cuando regresó me dijo que él mejor estudiaba y así lo hizo. Creo que hoy día es necesario no  confundir las cosas. Creo que no es malo que un niño trabaje en su casa para ayudar a sus padres; haciendo oficios domésticos, por ejemplo, incluso para ganar dinero. Otra realidad es que a los niños los obliguen a trabajar hasta violar sus derechos como sujetos. Doy gracias a Dios porque mi padre fue un tirano. Un tirano de amor que me inculcó valores y respeto por las cosas. Mi primer empleador, mi padre.


XXXV Semana de la filosofía

MARTES 14 — DEL ASOMBRO AL SABER Inauguración// 6:00-6:45 p.m. El superhéroe encadenado. Paradigmas deconstructivos de nuevos arquetipos...