miércoles, 15 de junio de 2016

Trabajo infantil y valores familiares.


Por: Fong Carlos

Mi padre, Jaime Enrique Fong Medina, fue un explotador y abusador. Mi padre abusó de mis derechos. Mi padre fue un tirano. Desde luego que estoy haciendo uso de una figura literaria al hablar de mi padre.

Antes de cumplir los 18 años trabajé, con el permiso de mi padre, en una ebanistería. Era de un vecino amigo, don Camilo Barahona (qepd). Trabajé lijando muebles un par de horas en la mañana y me daba 4 dólares y almuerzo. Luego me iba para la escuela.

Siendo un adolescente trabajé en una llantería propiedad de los hermanos Fong, o sea, de mi padre y de mis tíos. En realidad el único que sabía que yo trabajaba allí de vez en cuando era mi padre. En aquella época no existían los aparatos que hay ahora para reparar los neumáticos. Para sacar el tubo de la llanta tenía que usar dos palancas de hierro. Era duro y peligroso. Pero la recompensa de trabajar en la llantería era que cogíamos unos tubos gigantescos y nos íbamos para el río.

Trabajé repartiendo tanques de gas para la distribuidora Panagas de los hermanos Fong, es decir, trabajé para mi padre. Me iba con él los sábados y le ayudaba. Recorríamos San Carlos, Chame, Veracruz repartiendo tanques de gas por las abarroterías.

Trabajé en la finca de mi padre en Playa Leona.  Era una finca de crianza de pollos. Recogía la ñinga de los pollos, daba agua a los pollos,  vacunaba a los pollos. Para llevar agua a la finca, llenábamos 8 tanques, cada uno de 12 latas, en el Coco de La Chorrera, donde vivíamos. Salíamos a las 9 de la noche en el pick up de mi padre rumbo a Playa Leona. Todos los muchachos del barrio querían ir. Por el camino íbamos comiendo marañones y mangos que arrancábamos de los árboles por el camino cuando mi papá detenía el carro.

Cuando llegaba el tiempo de recoger pollos había que madrugar o hacerlo a las 12 de la noche. Llenábamos hasta tres camiones de pollos. No recuerdo cuantas jaulas cabían en cada camión. En cada jaula entraban 10 aves. Después los llevábamos a los mataderos de Fidanque camino a Puerto Caimito.

Trabajé con mi padre en una pequeña empresa que instaló en la casa de El Coco. Vendíamos platanitos en las tiendas. Mi padre compraba las cabezas de plátanos. Luego la pelábamos y freíamos los platanitos y los empacábamos. El negocio no fue muy próspero y  mi padre construyó en el patio trasero una galera de gallinas ponedoras, después de vender la finca. Teníamos que recoger los huevos y limpiarlos para después llevarlos a las tiendas y venderlos.

Después criamos pollos de engorde. Mi padre me enseñó a matar pollos. Yo le ayudaba a degollarlos. Los colgábamos por las patas de 5 en 5 mientras la tierra se ensangrentaba. Mi padre nos pagaba 25 centavos por cada pollo que desplumábamos. Mi mamá los metía en una olla hirviendo de tres en tres y nosotros los desplumábamos. Mi padre me enseño a sacarles las entrañas a los pollos. Los limpiábamos y los vendíamos en las abarroterías.

Los años de mi niñez y adolescencia no los cambio por nada. Hice muchas cosas que hoy son vino y miel en mi memoria. Los recuerdos de la finca han quedado en la primera novela que escribí (y que saldrá en agosto de este año).  El trabajo que hice con mi padre me enseñó el valor de muchas cosas que hoy cuento a mis hijos con orgullo.

La noción que tengo del trabajo infantil es cuando se obliga a los niños a trabajar y se violan sus derechos a estudiar, entre otros. Mi padre jamás nos dejó abandonar la escuela ni nos cuartó la infancia. Me daba dos dólares los sábados. Cuando salía con él a trabajar me daba más y me decía que me comprara algo que necesitara. 

Hace un par de años mi hijo mayor me pidió permiso para ir a trabajar a una finca con un vecino. Cuando regresó me dijo que él mejor estudiaba y así lo hizo. Creo que hoy día es necesario no  confundir las cosas. Creo que no es malo que un niño trabaje en su casa para ayudar a sus padres; haciendo oficios domésticos, por ejemplo, incluso para ganar dinero. Otra realidad es que a los niños los obliguen a trabajar hasta violar sus derechos como sujetos. Doy gracias a Dios porque mi padre fue un tirano. Un tirano de amor que me inculcó valores y respeto por las cosas. Mi primer empleador, mi padre.


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