viernes, 10 de julio de 2020

Pensamiento, imaginación y creatividad para una nueva normalidad


Carlos Fong

Hay dos experiencias que quiero citar para sustentar este artículo. La primera es el concurso de creatividad virtual Arte en Casa que organizaron Arckalab y Space. Fui jurado de este concurso, donde participaron muchos niños en distintos formatos, que iban desde la pintura, la creación literaria y las manualidades. Fue una experiencia emocionante ser parte de este concurso, porque los trabajos que realizaron estos niños fueron hechos en el marco de la pandemia, en medio de la ansiedad de estar confinados. Pudimos hacer una lectura, desde el arte y la imaginación creadora de los niños, de la forma en que extrañan su mundo, la manera en que ellos sueñan el país, y cómo desde el imaginario de infancia hay una propuesta para construir mejor el país. La pregunta que me hice: ¿estamos escuchando a los niños y jóvenes para poder reconstruir la sociedad? 

La segunda experiencia fue con Ana. Ana es una adolescente con muchas inquietudes y su deseo es ser una escritora. Es alumna del Instituto Alfredo Cantón, becada por la Fundación Alberto Motta y participa de los programas del Centro Superarte de esta fundación. La conocí a través de su mentor, Jesús Martínez, un viejo amigo periodista, quien la está guiando en su intricado camino para ser una profesional. Ana quiere ser escritora y me recordó cuando hace más de 40 años yo tenía las mismas interrogantes: qué estudiar, qué leer, con quién hablar. Le hablé como a mí me habló Herasto Reyes en aquellos tiempos, cuando yo no tenía ni idea de lo duro que es el proceso para ser un escritor. Es decir, una persona que escribe para aportar algo con valor para la sociedad.

Estas dos experiencias con la vida y la cultura me han hecho reflexionar en algo que Michele Petit menciona en el prólogo de su libro Leer el mundo: la apuesta de la enseñanza va más allá de una utilidad mensurable. Mi antropóloga de la lectura favorita se ayuda de otros pensadores, como Drew Faust, presidenta de Harvard, para decirnos que “los seres humanos necesitan sentido, comprensión, perspectiva tanto como trabajo”. Algo así como la bíblica frase: no solo de pan vive la gente. También nos remite a ese famoso discurso de Federico García Lorca: “Medio pan y un libro”, en el cual Lorca se refiere al libro como “la mayor obra de la humanidad”. La imaginación, el arte y la lectura son también una forma de alimento para que podemos resistir las adversidades de la vida. La gente necesita trabajo y comida, pero también intuición, emociones, pensamiento, que le den sentido a su vida.

No recuerdo a quien le escuché decir, creo que fue a Gloria Bejarano, mi madre en cuestiones pedagógicas, que sería una gran cosa que las autoridades le añadieran a la bolsa solidaria un libro. Un pequeño libro de literatura. Podría ser un cuento o un poema. Esto serviría para que las familias, al abrir la bolsa, no solo encuentren comida para las tripas; también comida para el pensamiento. Es como aquel proyecto de ayuda social, que desafortunadamente no es panameño, donde al entregar una casa o un apartamento a la familia beneficiada, recibían también con la casa un pequeño librero lleno de libros. Porque la familia también necesita nutrir el espíritu y el pensamiento. Con la pandemia, los panameños, al igual que otras naciones, descubrimos que no solo estábamos vulnerables en términos de equipamientos de salud; también en términos de cultura. Sólo México contaba con un protocolo de intervención cultural en situaciones de emergencia que nació con el duro terremoto que vivieron en el 2017. 

La falta de imaginación y creatividad conducen, no solo a la alienación y enajenación de las personas; también es una forma de empobrecimiento que incapacita la voluntad de pensar y es allí donde está la verdadera enajenación y la incapacidad de expresarse como sujetos de derechos. Cuando veo en los medios a una persona gritar contra las autoridades, con toda la justificación del mundo, reclamando la falta de algún servicio, pero lo único que sale de su boca son palabrotas que oscurecen su protesta, solo pienso en la diferencia que hubiera sido si esa persona hubiera tenido la capacidad de organizar sus ideas y expresarse con un lenguaje menos superficial.

Pienso que la imaginación, la creatividad y el pensamiento crítico son instrumentos para que las personas puedan imaginar su contexto. Hablamos de una nueva normalidad, pero esa nueva normalidad se refiere a movilizarse en un mundo con normas de bioseguridad. La verdadera normalidad debería de partir de una nueva ética del pensamiento que nos ayude a reorganizar el ecosistema en todas sus formas. La “imaginación inteligente”, como la llamaba Cesare Pavece, es ahora, más que nunca, una de las vacunas importantes que deberíamos descubrir y todos inyectarla en nuestras vidas.

La Prensa, 03 julio de 2020


Aprendiendo un poco sobre el cuento y su misterio


Carlos Fong

Algunos amigos me reclamaron algo en mi artículo anterior. Me dijeron que había aclarado qué no era un cuento, pero que no había dicho qué era un cuento. En realidad, sí lo hice, pero creo que no fui muy preciso. Ese artículo apelaba a una relación más estrecha de mi vida con el cuento. Ahora quisiera navegar por otro afluente del río de los cuentos. 

Un cuento es una ficción. Eso significa que es una mentira. Una mentira que nos ayuda a tener una relación especial con la realidad. También es una mentira que nos habla de la realidad (quiero eludir la palabra verdad) desde otro enfoque: desde la imaginación. La imaginación no es lo que algunos piensan. Algo que es solo útil al artista o a la persona que vive de la creatividad. La imaginación es muy útil para todos.

Vuelvo al cuento como hecho estético. Un cuento es una mentira que deja una impresión de la realidad. Una mentira que falsea la realidad para descubrirla o reinventar otra realidad, no menos impresionante de lo que conocemos como realidad. Con esa mentira, con esa recreación le damos un sentido nuevo al mundo y no solo lo hacemos más interesante; también más significativo. Al hacer verosímil lo dudoso e imposible, estamos dándole sentido a los hechos de la vida.

Una vez una amiga muy querida, maestra, algo de historiadora y socióloga, me dijo que ella no leía cuentos ni novelas. Las ficciones no eran precisamente algo que la ayudaban a entender la realidad, porque estaban construidas de la imaginación y la fantasía no se lleva con las ciencias sociales. A mí me pareció asombroso esta lógica y, en vez de confrontarla, decidí dedicarme a estudiar las ficciones como un hecho social. 

En mi modesta biblioteca tengo muchos libros de cuentos y sobre teoría del cuento; pero también atesoro libros de antropología, filosofía, sociología y de historia. Los de historia panameña son mis favoritos, pero también leo estudios literarios y culturales. Estás lecturas me ayudaron a descubrir que mi amiga, que es una extraordinaria docente e investigadora, estaba equivocada, pero sin su ayuda y la ayuda de los libros de no ficción, yo no hubiera podido ahora entender todo lo que los cuentos pueden hacer.

Podría hablar de las ficciones en general, pero quiero detenerme en los cuentos. Tal vez otro día hable de la novela o la poesía, cuyas propiedades son igual de maravillosas. Los cuentos son un registro o lectura de la realidad. Leemos la realidad y la recreamos. Algo curioso es que el escritor de cuentos recrea la realidad y el lector también lo hace. Y es esto lo que me lleva a pensar que el universo existe porque lo estamos contando constantemente. Algo que el científico podría refutar fácilmente, pero si observamos bien también las ecuaciones son una forma de narrar el universo.

El cuento es una síntesis de la realidad, correcto. Pero es una sinopsis que nos brinda una concepción más general del mundo. Necesito dar un ejemplo: hace algunos años leí un cuento de Ryunosuke Akutagawa; se llama Rashomon. El cuento me deslumbró por su lenguaje y la precisión estética de las palabras, pero luego entendí que el valor de ese cuento era una serie de referentes importantes: un marco social, un tiempo, un espacio, y que los personajes me llevaban por una circunstancia existencial histórica que yo nunca habría percibido leyendo un tratado de historia japonesa.

Ese cuento data de 1915 y fue una historia que inspiró a Akira Kurosawa a hacer una película que le mereció muchos premios. Akutagawa vivió solo 35 años; se quitó la vida como muchos grandes autores lo han hecho. A mí me bastó leer uno de sus cuentos para fortalecer muchas nociones de la literatura que hoy me sirven para trabajar y resistir. Porque leer es una forma de resistencia. Es una forma de conocimiento que puede servir para tomar decisiones.

El cuento, como lectura del mundo, es capaz de problematizar la realidad y ponerla a disposición de otros. Las situaciones dramáticas por las que atraviesan los personajes y sus posibilidades en los cuentos pueden contrastar con nuestra experiencia y también reflejarnos nuestra imagen.

Flannery O’Connor dijo que un cuento tiene que ver con la realidad. Afirmaba que la escritura de ficción no tiene que ver con decir cosas; tiene que ver con mostrar cosas. Es lo que hacen los cuentos a diferencia de las ciencias de la comunicación. Para mí los cuentos son una forma de la creación, pero tienen su ciencia. Darle una acción dramática completa y compleja a un personaje para que gravite y tenga vida en un universo en particular es algo que necesita de cierta ciencia. Tal vez esa ciencia no es una técnica, tal vez es un misterio. Uno que involucra el misterio de la personalidad, como decía Flannery O’Connor.

La Prensa, 20 junio de 2020

sábado, 13 de junio de 2020

Después de todo, es cierto... La vida es un cuento



Carlos Fong


La vida es un cuento. O, mejor dicho, muchos cuentos. Quiero pensar en el cuento y no en la novela, porque los cuentos son más intensos y la novela más extensa. De cualquier forma, es cuestión de perspectiva. Si se fijan bien, la vida misma tiene la anatomía de un cuento: inicio (nacemos), nudo (nos desarrollamos) y desenlace (morimos). Esta comparación la han hecho varios escritores, pero el que me viene a la memoria es Nicolás Buenaventura Vidal, que en alguno de sus libros lo anota.

Los entendidos en el cuento, como género y categoría literaria, sostienen que un cuento no es una anécdota, ni una leyenda o relato popular, ni una parábola, ni una fábula; no es una biografía, ni un sermón; tampoco es un ensayo, una escena, una viñeta, un cuadro, ni una monografía. Todas estas formas son de la prosa, pero ninguna de ellas, aunque se parezcan, son un cuento.

Sin embargo, la vida de una persona está hecha de todo lo antes mencionado. Incluso es un chiste que a veces deviene en tragedia. He vivido medio siglo. Podría decir, de manera metafórica, que he sido un relato, una fábula, una viñeta. Porque cada momento o experiencia en mi vida ha sido una escena de aprendizaje. Yo fui ebanista, llantero, aseador, celador, estibador, cantinero, repartidor, chequeador y tuve otros trabajos que no sé cómo se podrían titular, como el de envasar agroquímicos, apalear sorgo y soya o desplumar pollos. Fui ayudante de albañil, de electricista, de mecánico y hasta maestro de karate.

Cada una de estas experiencias me ha ayudado a valorar lo que hace el otro. Aprendí que hasta para golpear con un martillo se necesita saber. Cuando converso con los jóvenes en algún taller o conferencia me gusta bromear y decir que soy un pokemon, porque evolucioné. Hoy soy un cuenta cuentos. Mis hijos se ríen a la hora de comer y me preguntan “¿Papá, ¿qué nos vas a decir hoy que hiciste en la vida?”. Se morían de la risa hace poco cuando les dije que repartí mafas y platanitos en las abarroterías de San Miguelito.

Sí. Evolucioné y estoy seguro de que seguiré evolucionando, porque en la vida de un servidor público que trabaja en el sector cultura con los libros, con la lectura, hay un sinfín de cosas maravillosas que se aprenden, como ser animador sociocultural, narrador, tallerista, incluso ayudante de biblioteca. Curiosamente es uno de los trabajos más hermosos que hay en la vida y que no he podido hacer. He trabajado en bibliotecas y con bibliotecarios, pero no podría decir que soy un bibliotecario, como sí puedo decir que fui un obrero.

Quisiera terminar con una reflexión. Empecé hablando de que la vida es un cuento. Al final es solo una comparación. Mi vida fue muchos cuentos. Ya lo dije. Pero un cuento, teóricamente y estéticamente hablando, es una mentira. Dijo Juan Rulfo que el cuento “es mentira, pero no falsedad”. Significa que todo lo que hemos hecho no es una mentira. El cuento es una mentira que nos enseña a descubrir la realidad o, al menos, a persuadirnos de la falsedad que la oscurece. El cuento nos ayuda a tener una idea más general de nuestro mundo; sintetiza, pero también amplifica la vida.

Esta noción de Rulfo nos sirve para defender el arte de contar historias, porque son mentiras que nos cuentan de alguna forma nuestra verdad. Es por eso que Eraclio Zepeda afirmó que “un cuento nunca puede construirse con una mentira”. Y el trabajo de un escritor es, como sentenció John Updike, “descubrir o inventar la textura verbal más próxima al tono de la vida, tal y como la han percibido sus nervios”.

Yo creo que aún sigo aprendiendo a descubrir mi textura verbal y que cada día es una aventura. La aventura de vivir, de contar, de amar, de sufrir, de resistir, de aprender. La vida es un cuento, indudablemente. El escritor Joaquín Armando Chacón dijo: “Un cuento es una narración donde los personajes sufren un acontecimiento que les transforma la vida”. Si parafraseamos esta idea antropológicamente, un poco salpicada de sociología: la vida es una narrativa donde los sujetos sufren las tensiones de los acontecimientos que cambian sus vidas. Puede ser, pero me gusta más la primera. ¿Cómo terminará mi cuento? Aún no lo quiero saber.


La Prensa, 13 junio de 2020.


miércoles, 3 de junio de 2020

Los nuevos escenarios de la lectura y la cultura


Carlos Fong

Cada vez que una crisis golpea una sociedad, los escenarios, en todos los sectores, son afectados y se producen cambios. La cultura no es una excepción y, tal vez, es uno de los escenarios en los que se dan más cambios, porque está implícita en todo: en la economía, en la salud, en la educación y en la misma cultura, cuando pensamos en el arte o las tradiciones.

Hace poco, como parte de mi trabajo en el Ministerio de Cultura, tuve la maravillosa experiencia de ser parte de un programa llamado Proyecto madrina y padrino de enseñanza virtual, del Centro de Atención Integral Fundación Chilibre Panamá. El centro, ubicado en Tocumen, es un albergue para niños y adolescentes en riesgo social por abandono, discapacidad, violencia sexual, maltrato físico, entre otros problemas. El espacio cuida niños y adolescentes de todas las provincias de Panamá, incluso migrantes sin acompañamiento.
 
Hablamos con los administradores del centro y acordamos organizar un círculo de lectura virtual. Al principio dude mucho, porque desconfío de los beneficios de la tecnología en algunos casos. Por ejemplo, en el tema de los círculos de lectura, encuentro fricciones entre los atributos de socializar la palabra cara a cara en una reunión que hacerlo por webinar. Podríamos pensar a favor de la tecnología que, en efecto, se llega a más gente sin frontera; sin embargo, hay acciones culturales que pierden mucho cuando se transmiten por video y creo que lo mismo puede estar pasando en otros espacios culturales, como las artes escénicas y el teatro, por ejemplo.

Volviendo al Centro de Atención Integral Fundación Chilibre Panamá, la idea de crear un círculo de lectura virtual tuvo un efecto altamente positivo. Debemos recordar que los niños de este albergue han estado en cuarentena siempre desde antes de la Covid-19. Están aislados y la crisis los obligó a dar las clases virtualmente, como el resto de los niños del país. Pero había algo que estos niños no habían experimentado nunca y fue el hecho de poder interactuar con la literatura en un círculo de lectura virtual. Y este hecho me hizo reflexionar sobre cómo podemos habilitar nuevos espacios culturales.

Algunos expertos ya han dicho que la digitalización mata la realidad y afecta el concepto de la cultura como resistencia. Me parece que es cierto, pero en algunos casos, en los que las brechas socioculturales son el pan de cada día, parece que lo digital posibilita algunas experiencias de transmisión cultural que deben ser analizadas.

En el caso de la lectura, Gustavo Bombini nos habla de la noción de escena de lectura, que es la unidad de práctica/de intervención y de análisis que se define como un evento de cultura escrita (de oralidad, de lectura, de escritura) situada en un contexto institucional y sociocultural determinado y llevado adelante por diversidad de sujetos posibles.

En este sentido, me parece que la actual crisis ha destacado nuevos escenarios, nuevas situaciones de transmisión cultural; que en realidad no son acciones novedosas en sí mismas. Una reunión virtual no es algo nuevo; ver un concierto por youtube, tampoco. Lo que es nuevo, me parece, es la forma de apropiación de estos momentos de parte de los sujetos. Vuelvo al caso del Centro de Atención de la Fundación Chilibre. Aquí los chicos tuvieron una experiencia con la literatura que por primera vez se transmitía de forma virtual y habilitamos una conversación que ni siquiera yo pensé que podría generar buenos resultados, porque, ya lo dije, un círculo de lectura funciona mejor cuando las personas socializan la experiencia de leer en un espacio físico.

Entonces, creo que a los gestores culturales y otros mediadores nos toca discutir algunas cosas generales post pandemia. Y una de las preguntas clave creo que será cómo hemos habilitado nuevos espacios y momentos de conversación y de interacción cultural sin haberle restado valor al arte, sino todo lo contrario.

Hasta el momento hemos visto muchas acciones culturales en la modalidad webinar (conversatorios, seminarios de formación, lectura de poemas y cuentos, entre otros). Hay que destacar que un webinar es un espacio en internet donde puedes conversar y compartir entre varios, a diferencia del webcast que es una conferencia en la que el conferenciante es el que habla y los demás solo escuchan, según encontramos en internet.

En el caso de la lectura y la escritura, que es el escenario cultural donde me muevo, creo que es importante que reflexionemos en esto: ¿Dónde la lectura, la oralidad y la escritura son imprescindibles como espacios de convivencia en estos tiempos de incertidumbre y qué posibilidad de generar otros espacios de apropiación se están dando que nos permiten habilitar nuevas conversaciones sin desprestigiar la dimensión estética de la literatura? Las dimensiones estética y social de la literatura son más que un discurso en estos momentos. Y la lectura, como práctica sociocultural, lo confirma.

Publicado en La Prensa; 30 de mayo de 2020

sábado, 23 de mayo de 2020

Fragmentos de una despedida



Carlos Fong

Isis Tejeira (1936-2020)
Estos días de tedio y confinamiento se tornan más lúgubres y pesados cuando el solitario viento y la súbita lluvia te susurran que un amigo ha fallecido. Las nubes grises del invierno parecen traer el rumor de recuerdos lejanos que se desgajan como antiguas guirnaldas olvidadas para decirnos que la felicidad consiste en saber recibir y dejar ir los grandes momentos que compartimos con los seres queridos.

La amistad es más que una palabra. Eso me consta. Un día, hace algunos años, caminaba por los pasillos de la Escuela de Español de la Universidad de Panamá y pregunté por la profesora Isis Tejeira. Alguien me dijo que estaba muy enferma; sentí una tristeza comparada a cuando enfermó mi padre, pero no me atreví a ir a visitarla. No sé por qué. Supongo que nunca fui un buen amigo. Ahora me siento un fracasado en la empresa de la amistad y conservo con nostalgia la imagen de una mujer alegre que siempre decía las cosas con gracia incomparable. El lunes 18 de mayo murió Isis Tejeira.

Amigos, colegas y familiares han escrito sobre Isis y han hecho semblanzas que yo solo duplicaría torpemente. Bastaría con recordar que fue hija de Gil Blas Tejeira, el creador de la novela Pueblos perdidos; será suficiente con reafirmar su compromiso con la cultura y la educación y que también nos dejó una obra literaria de gran valor.

Isis Tejeira nos dejó una obra pequeña en volumen, pero grande en contenido. Su novela, Sin fecha fija, debería ser parte del canon de la literatura que deben leer los jóvenes. Es una historia que desde el inicio va a presentar a un personaje que atraviesa por una situación dramática existencial y que permite, por medio del monólogo interior, explorar la condición humana: “¡Vea la vaina! ¡Pasó lo que tanto temía! ¿Por qué no fui por la escalera? ¡He quedado atrapada! ¡Contra! ¡Qué país éste en que siempre se va la luz! Y no sé ni dónde está el timbre de alarma. ¡Qué oscuro está esto! Debí haberme fijado dónde estaba el timbre, me enseñaron a ser tan precavida, tan todo en su sitio, tan ordenada… y ahora...”, dice el personaje al inicio de la novela.

Desde las primeras líneas Isis nos va haciendo una radiografía de un país donde “siempre se va la luz”. Esa misma preocupación por lo existencial lo vamos a ver en sus cuentos Está linda la mar... y otros cuentos y El impostor: tratado sobre un milagro ausente.

Actriz, directora teatral, novelista, cuentista y profesora, a cada una de estas fases Isis le dedicó su amor y compromiso, por eso su sobrino, Felix Armando Quirós Tejeira, que también es escritor, brindó con estas palabras: “Por tí, que eras una y fuiste todas. Indoblegable madre coraje. Tejedora de los sueños de San Blando, que no tiene cuando, donde el dolor nos devora con la amenaza del vacío; pero con un guiño asomas desde el corazón y anuncias la imposibilidad de tu ausencia”.

De todos los textos que he leído en estos días sobre Isis, quisiera rescatar otros fragmentos como el de Isabel Victoria Turner, quien hizo un resumen de su trayectoria, pero selló con estas palabras: “…queda en el tintero lo más importante, su calidad de ser humano, de amante hija, de hermana, de atesorar un inmenso amor por la familia; su abierto corazón de amiga fraterna que nunca restó cariño y fidelidad a quienes acogió en su anchuroso corazón”. Y el poeta Porfirio Salazar dijo: “…hacedora de sueños, amiga, coraje del agua y de la escena, no estás muerta. Amiga aire, amiga pájaro, amiga copa que rebosa llena de esperanzas...”.

Otros colegas, como Rodolfo De Gracia Reynaldo, rescatan frases de Isis sobre la función del teatro: “No veo el teatro como un escape, no me gustan los escapes. Es un cambio. Es una forma de enviar mensajes, de comunicar situaciones, de hacer denuncias'. Y el periodista cultural Daniel Domínguez apunta: “La recuerdo siempre contenta y de un humor contagioso. Tenía esa alegría y esa picardía propia de los duendes. Siempre me incentivó a seguir en esto de contar historias desde el periodismo”.


Qué puedo yo decir de mi profesora Isis Tejeira que se compare con lo que han dicho sus mejores amigos, familiares, alumnos y colegas. Qué puedo decir yo que sea tan digno como la voz del poeta o el recuerdo del familiar herido. Tal vez solo darle las gracias póstumas por las palabras de aliento que me daba para seguir escribiendo y seguir trabajando por la cultura. Tal vez recordar esos dos lagos cristalinos que me miraban acompañados de una sonrisa y esa voz que decía palabras para hacerme reír y saber resistir; porque de eso se trata la vida, en saber resistir con coraje como Isis Tejeira supo vivir.

La Prensa, 22 de mayo de 2020

lunes, 18 de mayo de 2020

La nueva normalidad y la cultura



Carlos Fong

Cultura no es una palabra que se evoca como una panacea contra los problemas que aquejan al mundo. De hecho, la palabra cultura es problemática en sí misma. Paul Johnson, refiriéndose a Jean-Jacques Rousseau, quien había escrito en su Emile: “El aliento del hombre resulta fatal para sus semejantes”, escribió que toda cultura trae problemas, ya que es la asociación del hombre con otros lo que saca a relucir sus propensiones malévolas.

El 21 de mayo es el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo, en el marco de la crisis que sufre el mundo en la actualidad, y que ha desnudado, a propósito, muchos males de la humanidad, creo que es pertinente hacer una reflexión sobre el papel dimensional de la cultura.

Si toda cultura es problemática, si es el lugar donde se generan los conflictos, quiere decir también que es el espacio privilegiado donde se logran consensos. Si toda cultura es la extracción de las fatalidades y contradicciones malignas de los hombres, quiere decir que también es el transmisor de las virtudes más nobles del ser humano: la cultura nos ayuda a tomar buenas o malas decisiones.

Pienso que los momentos que atraviesa la humanidad a causa de la Covid-19 deben servir para tomar decisiones claves para el desarrollo humano y la cultura va a ser uno de los canales más importantes para lograr la nueva normalidad de la que tanto se habla.

De hecho, creo que para que esa nueva normalidad sea más saludable para el ser humano y todo su entorno, será menester rescatar el valor social de la cultura para apostar por horizontes y alternativas que en algún momento de la historia eran parte de la vida cotidiana. En otras palabras, creo que la nueva normalidad debería basarse en viejos referentes culturales que nos permiteron convivir con la naturaleza.

Los expertos en economía afirman que será necesario reorientar los procesos de desarrollo económico. Esa reorientación sin un desarrollo sociocultural sostenible agravará aún más la situación. Si las nociones de desarrollo no van dirigidas hacia una relación estrecha y sana con la naturaleza, quiere decir que no aprendimos nada.

Hay que apelar a la búsqueda de nuevas articulaciones y relaciones con el medio ambiente. Es indispensable retomar el diálogo con la naturaleza como Rodrigo Tarté lo advirtió en su momento. Debemos aprender a contextualizar estos momentos de conocimiento, experiencia y aprendizaje para repensar y darle sentido a la crisis desde la cultura y la educación. Incluso, hay que aprender a leer la incertidumbre que nos queda para interrogar la realidad y buscarle posibles respuestas.

La tarea que le toca a la educación es de gran magnitud. Ya grandes mentes como Noam Chomsky han dicho que es el momento de enseñar a los niños y jóvenes a entender el mundo.

Es importante que los docentes resignifiquen el valor de palabras como creatividad, participación, cooperación, solidaridad, empatía, para que en las aulas vuelvan a tener sentido, porque nuestra educación ha estado orientada a una lógica de competencia que es parte de la lógica neoliberal.

Debemos aceptar nuestros errores. Por ejemplo: ¿serán capaces nuestros gobiernos de reconocer que las políticas neoliberales agravaron las condiciones de la pandemia? Se habla de brechas tecnológicas, sanitarias, económicas, brechas de pobreza, pero, ¿nuestros gobernantes están dispuestos a confrontar los orígenes que crean esas brechas?

Seré temerario, pero sincero: pese a que la cultura es una herramienta de cambio social, la crisis no es garantía de que el sector cultura va a ser mejor, visible y saludable. Por eso desde la cultura se lucha y se resiste, porque también ella tiene brechas.

La Ley de Cultura, por ejemplo, otra víctima también de la pandemia, debe posicionarse ahora más que un documento que habla de derechos culturales. Debe servir para edificar el inventario del momento intelectual que ha generado la pandemia y consensuar el conocimiento de manera que todos los sectores sean verdaderamente tomados en serio desde una política cultural realmente efectiva.

Todos los movimientos culturales y sociales tienen una nueva experiencia que aportar y compartir a partir de ahora. Pero sin esos pactos, esas alianzas y esas dinámicas culturales, no construiremos nada positivo y la nueva normalidad será solo un eufemismo más en el diccionario humano de la infamia.

La Prensa, 16 de mayo de 2020


Del arte de echarse en la hamaca



Carlos Fong

Cuando el cielo truena y el perro corre a esconderse es cuando los entendidos del arte del ocio se regocijan porque saben que se avecina la lluvia, momento excelente para disfrutar de la cama o de la hamaca. Las primeras lluvias que han caído me han agarrado en mi casa por estar confinado como muchos panameños. Esto me ha permitido disfrutar de un soplo de delicada felicidad, porque son momentos que aprovecho para echarme en la hamaca y ponerme a trabajar.

¿Trabajar acostado en una hamaca? Sé que alarma al lector. Es menester que no confundamos pereza con el ocio. El segundo es un espacio en la vida de las personas donde el recreo y la cultura son una forma de felicidad necesaria para que las personas puedan rendir mejor en su trabajo. La pereza no produce ningún fruto. El espacio del ocio puede ser altamente productivo si se hace con creatividad.


El escritor chino Lin Yutang, en su libro El goce de la vida, dice en el primer capítulo titulado “De tenderse en la cama”, que “las nueve décimas partes de los descubrimientos más importantes del mundo, tanto científicos como filosóficos, se logran cuando el hombre de ciencia o el filósofo se halla acostado en la cama”.

Estoy convencido de que si las personas tuvieran al menos la oportunidad de contar con una hora diaria para descansar echados como mejor les venga, podrían tomar mejores decisiones para que sus proyectos sean más efectivos. Estoy seguro de que la mayoría de las mejores decisiones que han ayudado al mundo se han tomado desde una postura cómoda y relajada.

Desde luego que esta filosofía no es aprobada por los que acumulan riqueza a costa del trabajo asalariado y por los que creen que un servidor público debe estar las 8 horas en su puesto rodeado de cuatro paredes sin descanso; antes de eso, dos horas en un tranque para llegar a su trabajo y después dos horas más para regresar a su casa. Los que creen que hace 40 días los panameños éramos más felices, están equivocados. El Covid-19 no vino a desmejorar la calidad de vida; ya existía ese empobrecimiento.

En estos momentos, muchos trabajadores de la salud y de otros sectores trabajan al cien por ciento. Cuando ellos se acuestan a descansar, su espíritu se abstrae con dificultad y el valor de la soledad y la contemplación son aliados para resistir esta crisis. Esto está acorde con lo que dice Yutang: “El arte de estar tendido en la cama significa algo más que el descanso físico después de haber pasado un día de esfuerzo”.

Estos trabajadores que se están sacrificando el doble que el resto de la población llegan a sus hogares y desnudan sus pies, suspiran o resoplan tendidos en un sillón o en su cama y en esa cómoda postura pueden ponderar, según Yutang, sobre sus aciertos y errores, separar lo importante de lo trivial en el programa diario de esta crisis. Porque solo cuando los dedos de los pies se hallan libres, se libera la cabeza y es posible pensar.

Algunas personas me han expresado que están trabajando más duro con el teletrabajo y no tienen tiempo ni para descansar, pese a que están en sus casas. Tal vez lo único que aprovechan son las horas de tranque de las que se han librado, no tener que caminar muy lejos para ir al baño y disfrutar de una comida casera. Confinadas en sus casas, deberían sacar provecho al tiempo y tenderse en una hamaca.

Los que puedan disfrutar de una hamaca, preferiblemente colgada de forma estratégica en la terraza mirando hacia un pequeño jardín, muy bien. Privilegio inmenso los que tengan un río, el mar o una colina para admirar; pero basta con tener una hamaca y un pequeño jardín para pensar, leer y descansar. Una hora de ocio aprovechada es vital para organizar el programa diario.

En el caso de los escritores, comparto la filosofía de Lin Yutang. Dice: “…para el pensador, el inventor y el hombre de ideas, significa aún más tenderse tranquilamente en la cama durante una hora. Un escritor puede obtener más ideas para sus artículos o su novela en esta posición, que sentándose tercamente ante el escritorio toda la mañana y la tarde”. Sé que estos días de confinamiento pronto terminarán; entonces, volveré al tedio y las prisas; mientras tanto, disfrutaré de mi hamaca.

La Prensa, 08 de mayo de 2020

Pensamiento, imaginación y creatividad para una nueva normalidad

Carlos Fong Hay dos experiencias que quiero citar para sustentar este artículo. La primera es el concurso de creatividad virtual Arte en...