sábado, 13 de junio de 2020

Después de todo, es cierto... La vida es un cuento



Carlos Fong


La vida es un cuento. O, mejor dicho, muchos cuentos. Quiero pensar en el cuento y no en la novela, porque los cuentos son más intensos y la novela más extensa. De cualquier forma, es cuestión de perspectiva. Si se fijan bien, la vida misma tiene la anatomía de un cuento: inicio (nacemos), nudo (nos desarrollamos) y desenlace (morimos). Esta comparación la han hecho varios escritores, pero el que me viene a la memoria es Nicolás Buenaventura Vidal, que en alguno de sus libros lo anota.

Los entendidos en el cuento, como género y categoría literaria, sostienen que un cuento no es una anécdota, ni una leyenda o relato popular, ni una parábola, ni una fábula; no es una biografía, ni un sermón; tampoco es un ensayo, una escena, una viñeta, un cuadro, ni una monografía. Todas estas formas son de la prosa, pero ninguna de ellas, aunque se parezcan, son un cuento.

Sin embargo, la vida de una persona está hecha de todo lo antes mencionado. Incluso es un chiste que a veces deviene en tragedia. He vivido medio siglo. Podría decir, de manera metafórica, que he sido un relato, una fábula, una viñeta. Porque cada momento o experiencia en mi vida ha sido una escena de aprendizaje. Yo fui ebanista, llantero, aseador, celador, estibador, cantinero, repartidor, chequeador y tuve otros trabajos que no sé cómo se podrían titular, como el de envasar agroquímicos, apalear sorgo y soya o desplumar pollos. Fui ayudante de albañil, de electricista, de mecánico y hasta maestro de karate.

Cada una de estas experiencias me ha ayudado a valorar lo que hace el otro. Aprendí que hasta para golpear con un martillo se necesita saber. Cuando converso con los jóvenes en algún taller o conferencia me gusta bromear y decir que soy un pokemon, porque evolucioné. Hoy soy un cuenta cuentos. Mis hijos se ríen a la hora de comer y me preguntan “¿Papá, ¿qué nos vas a decir hoy que hiciste en la vida?”. Se morían de la risa hace poco cuando les dije que repartí mafas y platanitos en las abarroterías de San Miguelito.

Sí. Evolucioné y estoy seguro de que seguiré evolucionando, porque en la vida de un servidor público que trabaja en el sector cultura con los libros, con la lectura, hay un sinfín de cosas maravillosas que se aprenden, como ser animador sociocultural, narrador, tallerista, incluso ayudante de biblioteca. Curiosamente es uno de los trabajos más hermosos que hay en la vida y que no he podido hacer. He trabajado en bibliotecas y con bibliotecarios, pero no podría decir que soy un bibliotecario, como sí puedo decir que fui un obrero.

Quisiera terminar con una reflexión. Empecé hablando de que la vida es un cuento. Al final es solo una comparación. Mi vida fue muchos cuentos. Ya lo dije. Pero un cuento, teóricamente y estéticamente hablando, es una mentira. Dijo Juan Rulfo que el cuento “es mentira, pero no falsedad”. Significa que todo lo que hemos hecho no es una mentira. El cuento es una mentira que nos enseña a descubrir la realidad o, al menos, a persuadirnos de la falsedad que la oscurece. El cuento nos ayuda a tener una idea más general de nuestro mundo; sintetiza, pero también amplifica la vida.

Esta noción de Rulfo nos sirve para defender el arte de contar historias, porque son mentiras que nos cuentan de alguna forma nuestra verdad. Es por eso que Eraclio Zepeda afirmó que “un cuento nunca puede construirse con una mentira”. Y el trabajo de un escritor es, como sentenció John Updike, “descubrir o inventar la textura verbal más próxima al tono de la vida, tal y como la han percibido sus nervios”.

Yo creo que aún sigo aprendiendo a descubrir mi textura verbal y que cada día es una aventura. La aventura de vivir, de contar, de amar, de sufrir, de resistir, de aprender. La vida es un cuento, indudablemente. El escritor Joaquín Armando Chacón dijo: “Un cuento es una narración donde los personajes sufren un acontecimiento que les transforma la vida”. Si parafraseamos esta idea antropológicamente, un poco salpicada de sociología: la vida es una narrativa donde los sujetos sufren las tensiones de los acontecimientos que cambian sus vidas. Puede ser, pero me gusta más la primera. ¿Cómo terminará mi cuento? Aún no lo quiero saber.


La Prensa, 13 junio de 2020.


miércoles, 3 de junio de 2020

Los nuevos escenarios de la lectura y la cultura


Carlos Fong

Cada vez que una crisis golpea una sociedad, los escenarios, en todos los sectores, son afectados y se producen cambios. La cultura no es una excepción y, tal vez, es uno de los escenarios en los que se dan más cambios, porque está implícita en todo: en la economía, en la salud, en la educación y en la misma cultura, cuando pensamos en el arte o las tradiciones.

Hace poco, como parte de mi trabajo en el Ministerio de Cultura, tuve la maravillosa experiencia de ser parte de un programa llamado Proyecto madrina y padrino de enseñanza virtual, del Centro de Atención Integral Fundación Chilibre Panamá. El centro, ubicado en Tocumen, es un albergue para niños y adolescentes en riesgo social por abandono, discapacidad, violencia sexual, maltrato físico, entre otros problemas. El espacio cuida niños y adolescentes de todas las provincias de Panamá, incluso migrantes sin acompañamiento.
 
Hablamos con los administradores del centro y acordamos organizar un círculo de lectura virtual. Al principio dude mucho, porque desconfío de los beneficios de la tecnología en algunos casos. Por ejemplo, en el tema de los círculos de lectura, encuentro fricciones entre los atributos de socializar la palabra cara a cara en una reunión que hacerlo por webinar. Podríamos pensar a favor de la tecnología que, en efecto, se llega a más gente sin frontera; sin embargo, hay acciones culturales que pierden mucho cuando se transmiten por video y creo que lo mismo puede estar pasando en otros espacios culturales, como las artes escénicas y el teatro, por ejemplo.

Volviendo al Centro de Atención Integral Fundación Chilibre Panamá, la idea de crear un círculo de lectura virtual tuvo un efecto altamente positivo. Debemos recordar que los niños de este albergue han estado en cuarentena siempre desde antes de la Covid-19. Están aislados y la crisis los obligó a dar las clases virtualmente, como el resto de los niños del país. Pero había algo que estos niños no habían experimentado nunca y fue el hecho de poder interactuar con la literatura en un círculo de lectura virtual. Y este hecho me hizo reflexionar sobre cómo podemos habilitar nuevos espacios culturales.

Algunos expertos ya han dicho que la digitalización mata la realidad y afecta el concepto de la cultura como resistencia. Me parece que es cierto, pero en algunos casos, en los que las brechas socioculturales son el pan de cada día, parece que lo digital posibilita algunas experiencias de transmisión cultural que deben ser analizadas.

En el caso de la lectura, Gustavo Bombini nos habla de la noción de escena de lectura, que es la unidad de práctica/de intervención y de análisis que se define como un evento de cultura escrita (de oralidad, de lectura, de escritura) situada en un contexto institucional y sociocultural determinado y llevado adelante por diversidad de sujetos posibles.

En este sentido, me parece que la actual crisis ha destacado nuevos escenarios, nuevas situaciones de transmisión cultural; que en realidad no son acciones novedosas en sí mismas. Una reunión virtual no es algo nuevo; ver un concierto por youtube, tampoco. Lo que es nuevo, me parece, es la forma de apropiación de estos momentos de parte de los sujetos. Vuelvo al caso del Centro de Atención de la Fundación Chilibre. Aquí los chicos tuvieron una experiencia con la literatura que por primera vez se transmitía de forma virtual y habilitamos una conversación que ni siquiera yo pensé que podría generar buenos resultados, porque, ya lo dije, un círculo de lectura funciona mejor cuando las personas socializan la experiencia de leer en un espacio físico.

Entonces, creo que a los gestores culturales y otros mediadores nos toca discutir algunas cosas generales post pandemia. Y una de las preguntas clave creo que será cómo hemos habilitado nuevos espacios y momentos de conversación y de interacción cultural sin haberle restado valor al arte, sino todo lo contrario.

Hasta el momento hemos visto muchas acciones culturales en la modalidad webinar (conversatorios, seminarios de formación, lectura de poemas y cuentos, entre otros). Hay que destacar que un webinar es un espacio en internet donde puedes conversar y compartir entre varios, a diferencia del webcast que es una conferencia en la que el conferenciante es el que habla y los demás solo escuchan, según encontramos en internet.

En el caso de la lectura y la escritura, que es el escenario cultural donde me muevo, creo que es importante que reflexionemos en esto: ¿Dónde la lectura, la oralidad y la escritura son imprescindibles como espacios de convivencia en estos tiempos de incertidumbre y qué posibilidad de generar otros espacios de apropiación se están dando que nos permiten habilitar nuevas conversaciones sin desprestigiar la dimensión estética de la literatura? Las dimensiones estética y social de la literatura son más que un discurso en estos momentos. Y la lectura, como práctica sociocultural, lo confirma.

Publicado en La Prensa; 30 de mayo de 2020

sábado, 23 de mayo de 2020

Fragmentos de una despedida



Carlos Fong

Isis Tejeira (1936-2020)
Estos días de tedio y confinamiento se tornan más lúgubres y pesados cuando el solitario viento y la súbita lluvia te susurran que un amigo ha fallecido. Las nubes grises del invierno parecen traer el rumor de recuerdos lejanos que se desgajan como antiguas guirnaldas olvidadas para decirnos que la felicidad consiste en saber recibir y dejar ir los grandes momentos que compartimos con los seres queridos.

La amistad es más que una palabra. Eso me consta. Un día, hace algunos años, caminaba por los pasillos de la Escuela de Español de la Universidad de Panamá y pregunté por la profesora Isis Tejeira. Alguien me dijo que estaba muy enferma; sentí una tristeza comparada a cuando enfermó mi padre, pero no me atreví a ir a visitarla. No sé por qué. Supongo que nunca fui un buen amigo. Ahora me siento un fracasado en la empresa de la amistad y conservo con nostalgia la imagen de una mujer alegre que siempre decía las cosas con gracia incomparable. El lunes 18 de mayo murió Isis Tejeira.

Amigos, colegas y familiares han escrito sobre Isis y han hecho semblanzas que yo solo duplicaría torpemente. Bastaría con recordar que fue hija de Gil Blas Tejeira, el creador de la novela Pueblos perdidos; será suficiente con reafirmar su compromiso con la cultura y la educación y que también nos dejó una obra literaria de gran valor.

Isis Tejeira nos dejó una obra pequeña en volumen, pero grande en contenido. Su novela, Sin fecha fija, debería ser parte del canon de la literatura que deben leer los jóvenes. Es una historia que desde el inicio va a presentar a un personaje que atraviesa por una situación dramática existencial y que permite, por medio del monólogo interior, explorar la condición humana: “¡Vea la vaina! ¡Pasó lo que tanto temía! ¿Por qué no fui por la escalera? ¡He quedado atrapada! ¡Contra! ¡Qué país éste en que siempre se va la luz! Y no sé ni dónde está el timbre de alarma. ¡Qué oscuro está esto! Debí haberme fijado dónde estaba el timbre, me enseñaron a ser tan precavida, tan todo en su sitio, tan ordenada… y ahora...”, dice el personaje al inicio de la novela.

Desde las primeras líneas Isis nos va haciendo una radiografía de un país donde “siempre se va la luz”. Esa misma preocupación por lo existencial lo vamos a ver en sus cuentos Está linda la mar... y otros cuentos y El impostor: tratado sobre un milagro ausente.

Actriz, directora teatral, novelista, cuentista y profesora, a cada una de estas fases Isis le dedicó su amor y compromiso, por eso su sobrino, Felix Armando Quirós Tejeira, que también es escritor, brindó con estas palabras: “Por tí, que eras una y fuiste todas. Indoblegable madre coraje. Tejedora de los sueños de San Blando, que no tiene cuando, donde el dolor nos devora con la amenaza del vacío; pero con un guiño asomas desde el corazón y anuncias la imposibilidad de tu ausencia”.

De todos los textos que he leído en estos días sobre Isis, quisiera rescatar otros fragmentos como el de Isabel Victoria Turner, quien hizo un resumen de su trayectoria, pero selló con estas palabras: “…queda en el tintero lo más importante, su calidad de ser humano, de amante hija, de hermana, de atesorar un inmenso amor por la familia; su abierto corazón de amiga fraterna que nunca restó cariño y fidelidad a quienes acogió en su anchuroso corazón”. Y el poeta Porfirio Salazar dijo: “…hacedora de sueños, amiga, coraje del agua y de la escena, no estás muerta. Amiga aire, amiga pájaro, amiga copa que rebosa llena de esperanzas...”.

Otros colegas, como Rodolfo De Gracia Reynaldo, rescatan frases de Isis sobre la función del teatro: “No veo el teatro como un escape, no me gustan los escapes. Es un cambio. Es una forma de enviar mensajes, de comunicar situaciones, de hacer denuncias'. Y el periodista cultural Daniel Domínguez apunta: “La recuerdo siempre contenta y de un humor contagioso. Tenía esa alegría y esa picardía propia de los duendes. Siempre me incentivó a seguir en esto de contar historias desde el periodismo”.


Qué puedo yo decir de mi profesora Isis Tejeira que se compare con lo que han dicho sus mejores amigos, familiares, alumnos y colegas. Qué puedo decir yo que sea tan digno como la voz del poeta o el recuerdo del familiar herido. Tal vez solo darle las gracias póstumas por las palabras de aliento que me daba para seguir escribiendo y seguir trabajando por la cultura. Tal vez recordar esos dos lagos cristalinos que me miraban acompañados de una sonrisa y esa voz que decía palabras para hacerme reír y saber resistir; porque de eso se trata la vida, en saber resistir con coraje como Isis Tejeira supo vivir.

La Prensa, 22 de mayo de 2020

lunes, 18 de mayo de 2020

La nueva normalidad y la cultura



Carlos Fong

Cultura no es una palabra que se evoca como una panacea contra los problemas que aquejan al mundo. De hecho, la palabra cultura es problemática en sí misma. Paul Johnson, refiriéndose a Jean-Jacques Rousseau, quien había escrito en su Emile: “El aliento del hombre resulta fatal para sus semejantes”, escribió que toda cultura trae problemas, ya que es la asociación del hombre con otros lo que saca a relucir sus propensiones malévolas.

El 21 de mayo es el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo, en el marco de la crisis que sufre el mundo en la actualidad, y que ha desnudado, a propósito, muchos males de la humanidad, creo que es pertinente hacer una reflexión sobre el papel dimensional de la cultura.

Si toda cultura es problemática, si es el lugar donde se generan los conflictos, quiere decir también que es el espacio privilegiado donde se logran consensos. Si toda cultura es la extracción de las fatalidades y contradicciones malignas de los hombres, quiere decir que también es el transmisor de las virtudes más nobles del ser humano: la cultura nos ayuda a tomar buenas o malas decisiones.

Pienso que los momentos que atraviesa la humanidad a causa de la Covid-19 deben servir para tomar decisiones claves para el desarrollo humano y la cultura va a ser uno de los canales más importantes para lograr la nueva normalidad de la que tanto se habla.

De hecho, creo que para que esa nueva normalidad sea más saludable para el ser humano y todo su entorno, será menester rescatar el valor social de la cultura para apostar por horizontes y alternativas que en algún momento de la historia eran parte de la vida cotidiana. En otras palabras, creo que la nueva normalidad debería basarse en viejos referentes culturales que nos permiteron convivir con la naturaleza.

Los expertos en economía afirman que será necesario reorientar los procesos de desarrollo económico. Esa reorientación sin un desarrollo sociocultural sostenible agravará aún más la situación. Si las nociones de desarrollo no van dirigidas hacia una relación estrecha y sana con la naturaleza, quiere decir que no aprendimos nada.

Hay que apelar a la búsqueda de nuevas articulaciones y relaciones con el medio ambiente. Es indispensable retomar el diálogo con la naturaleza como Rodrigo Tarté lo advirtió en su momento. Debemos aprender a contextualizar estos momentos de conocimiento, experiencia y aprendizaje para repensar y darle sentido a la crisis desde la cultura y la educación. Incluso, hay que aprender a leer la incertidumbre que nos queda para interrogar la realidad y buscarle posibles respuestas.

La tarea que le toca a la educación es de gran magnitud. Ya grandes mentes como Noam Chomsky han dicho que es el momento de enseñar a los niños y jóvenes a entender el mundo.

Es importante que los docentes resignifiquen el valor de palabras como creatividad, participación, cooperación, solidaridad, empatía, para que en las aulas vuelvan a tener sentido, porque nuestra educación ha estado orientada a una lógica de competencia que es parte de la lógica neoliberal.

Debemos aceptar nuestros errores. Por ejemplo: ¿serán capaces nuestros gobiernos de reconocer que las políticas neoliberales agravaron las condiciones de la pandemia? Se habla de brechas tecnológicas, sanitarias, económicas, brechas de pobreza, pero, ¿nuestros gobernantes están dispuestos a confrontar los orígenes que crean esas brechas?

Seré temerario, pero sincero: pese a que la cultura es una herramienta de cambio social, la crisis no es garantía de que el sector cultura va a ser mejor, visible y saludable. Por eso desde la cultura se lucha y se resiste, porque también ella tiene brechas.

La Ley de Cultura, por ejemplo, otra víctima también de la pandemia, debe posicionarse ahora más que un documento que habla de derechos culturales. Debe servir para edificar el inventario del momento intelectual que ha generado la pandemia y consensuar el conocimiento de manera que todos los sectores sean verdaderamente tomados en serio desde una política cultural realmente efectiva.

Todos los movimientos culturales y sociales tienen una nueva experiencia que aportar y compartir a partir de ahora. Pero sin esos pactos, esas alianzas y esas dinámicas culturales, no construiremos nada positivo y la nueva normalidad será solo un eufemismo más en el diccionario humano de la infamia.

La Prensa, 16 de mayo de 2020


Del arte de echarse en la hamaca



Carlos Fong

Cuando el cielo truena y el perro corre a esconderse es cuando los entendidos del arte del ocio se regocijan porque saben que se avecina la lluvia, momento excelente para disfrutar de la cama o de la hamaca. Las primeras lluvias que han caído me han agarrado en mi casa por estar confinado como muchos panameños. Esto me ha permitido disfrutar de un soplo de delicada felicidad, porque son momentos que aprovecho para echarme en la hamaca y ponerme a trabajar.

¿Trabajar acostado en una hamaca? Sé que alarma al lector. Es menester que no confundamos pereza con el ocio. El segundo es un espacio en la vida de las personas donde el recreo y la cultura son una forma de felicidad necesaria para que las personas puedan rendir mejor en su trabajo. La pereza no produce ningún fruto. El espacio del ocio puede ser altamente productivo si se hace con creatividad.


El escritor chino Lin Yutang, en su libro El goce de la vida, dice en el primer capítulo titulado “De tenderse en la cama”, que “las nueve décimas partes de los descubrimientos más importantes del mundo, tanto científicos como filosóficos, se logran cuando el hombre de ciencia o el filósofo se halla acostado en la cama”.

Estoy convencido de que si las personas tuvieran al menos la oportunidad de contar con una hora diaria para descansar echados como mejor les venga, podrían tomar mejores decisiones para que sus proyectos sean más efectivos. Estoy seguro de que la mayoría de las mejores decisiones que han ayudado al mundo se han tomado desde una postura cómoda y relajada.

Desde luego que esta filosofía no es aprobada por los que acumulan riqueza a costa del trabajo asalariado y por los que creen que un servidor público debe estar las 8 horas en su puesto rodeado de cuatro paredes sin descanso; antes de eso, dos horas en un tranque para llegar a su trabajo y después dos horas más para regresar a su casa. Los que creen que hace 40 días los panameños éramos más felices, están equivocados. El Covid-19 no vino a desmejorar la calidad de vida; ya existía ese empobrecimiento.

En estos momentos, muchos trabajadores de la salud y de otros sectores trabajan al cien por ciento. Cuando ellos se acuestan a descansar, su espíritu se abstrae con dificultad y el valor de la soledad y la contemplación son aliados para resistir esta crisis. Esto está acorde con lo que dice Yutang: “El arte de estar tendido en la cama significa algo más que el descanso físico después de haber pasado un día de esfuerzo”.

Estos trabajadores que se están sacrificando el doble que el resto de la población llegan a sus hogares y desnudan sus pies, suspiran o resoplan tendidos en un sillón o en su cama y en esa cómoda postura pueden ponderar, según Yutang, sobre sus aciertos y errores, separar lo importante de lo trivial en el programa diario de esta crisis. Porque solo cuando los dedos de los pies se hallan libres, se libera la cabeza y es posible pensar.

Algunas personas me han expresado que están trabajando más duro con el teletrabajo y no tienen tiempo ni para descansar, pese a que están en sus casas. Tal vez lo único que aprovechan son las horas de tranque de las que se han librado, no tener que caminar muy lejos para ir al baño y disfrutar de una comida casera. Confinadas en sus casas, deberían sacar provecho al tiempo y tenderse en una hamaca.

Los que puedan disfrutar de una hamaca, preferiblemente colgada de forma estratégica en la terraza mirando hacia un pequeño jardín, muy bien. Privilegio inmenso los que tengan un río, el mar o una colina para admirar; pero basta con tener una hamaca y un pequeño jardín para pensar, leer y descansar. Una hora de ocio aprovechada es vital para organizar el programa diario.

En el caso de los escritores, comparto la filosofía de Lin Yutang. Dice: “…para el pensador, el inventor y el hombre de ideas, significa aún más tenderse tranquilamente en la cama durante una hora. Un escritor puede obtener más ideas para sus artículos o su novela en esta posición, que sentándose tercamente ante el escritorio toda la mañana y la tarde”. Sé que estos días de confinamiento pronto terminarán; entonces, volveré al tedio y las prisas; mientras tanto, disfrutaré de mi hamaca.

La Prensa, 08 de mayo de 2020

jueves, 13 de febrero de 2020

El camino necesario de la lectura



Carlos Fong

Tengo un nuevo desafío para mis lectores. Quiero que traten de estar 24 horas sin leer nada. No hagan trampa, porque el reto implica no leer nada, absolutamente nada. Ni un libro, ni un titular de periódico, ni un mensaje de whatsapp, ni el correo, ni un informe, ni siquiera ese memo de recursos humanos que te hace temblar; ni la receta de esa medicina nueva, ni los subtítulos de esa serie que sigues hoy, ni el calendario que tienes en el baño, ni las señales de tránsito, ni el letrero que te permite saber si debes tirar o halar de la puerta; ni siquiera la factura que te dio el tipo de la gasolinera, ni el horario de trabajo. Nada. Se trata de un día sin leer.

Estoy seguro de que acaban de pensar que perderán este desafío. Para cualquiera persona que tenga el privilegio de conocer el alfabeto y que sea capaz de decodificar el lenguaje escrito, no puede estar un día sin leer algo, por muy pobre y simple que sea su vida. Leer es una práctica sociocultural por su multiplicidad de dimensiones en que los sujetos la entienden y la desarrollan desde sus propios espacios y situaciones sociales. La lectura debe ser entendida desde las maneras reales en las que la gente la asume y la entiende y la desarrolla en la vida cotidiana.


Solo la noción de lectura está en la vida de muchas formas: se leen las constelaciones, las imágenes, el clima, los planos, las señales del tránsito, el terreno, las cartas, los mensajes de la publicidad, la mano, el iris del ojo, los instrumentos de navegación, las huellas en el tiempo, se leen los sueños, las notas musicales, se leen las corrientes marinas, se lee el pasado y la memoria. Por eso Alberto Manguel, en su hermoso libro Una historia de la lectura, compara el poder del lector con el tamaño del universo.

Leer, como decía Jorge Luis Borges, es una forma de felicidad, pero también es una necesidad. Sin embargo, la brecha de la desigualdad en nuestros países se agranda cada día y son miles los niños fuera de la escuela primaria, otros miles no la terminarán y otros miles se saldrán antes de llegar a secundaria. Algunos milagrosamente aprenderán a leer, pero serán analfabetas funcionales para el resto de sus vidas.

La responsabilidad de que todos tengan derecho a la lectura no es solo del Estado. Es cierto que son las instituciones de educación las que tienen el deber de alfabetizar; la adquisición de la lengua escrita es la función de la escuela. Sin embargo, y en esto estoy totalmente convencido por la experiencia trabajando en procesos culturales, la lectura debe ser un instrumento de gestión cultural dentro de todas las instituciones, desde lo privado y lo público. Esta articulación es indispensable para poder hablar de democracia cultural.

La lectura debería estar presente como una herramienta de construcción de la democracia y la ciudadanía en todos los sectores, no solo en las escuelas o en la biblioteca. Estas son instituciones culturales donde la lectura encuentra un significado especial casi poético; pero los espacios de la lectura están en las tensiones de la vida cotidiana. Desde una sala de espera en un centro de salud hasta la estación del metro. En los espacios y tiempos de espera que nos ofrece la vida.

Daniel Cassany dice en un importante estudio “que la lectura crítica contribuye a formar ciudadanos más respetuosos, autónomos y dialogantes para una democracia más madura y justa”. Es por eso que la lectura sirve para la inclusión social y el fomento de la diversidad, el sentido de pertenencia, la valoración de las ideas éticas del cuidado; para reconstruir tejidos heridos, es decir, para la cohesión social; para mejorar el capital social y el entorno, para favorecer la formación, la investigación y el derecho a la información; en resumidas palabras: para la construcción de ciudadanía.

Uno de los desafíos de la gestión cultural en el marco de las políticas culturales es crear los flujos articulados que permitan que la lectura sea visualizada como un derecho y eje transversal que cruza los Objetivos del Desarrollo Sostenible. Nos conforta saber que en la reciente Ley de Cultura, que actualmente se discute en varios foros ciudadanos, se incluye a la lectura, el libro y las bibliotecas. Hay un camino aún que recorrer; lo importante es empezar a caminar.

La Prensa, 08 feb 2020 - 12:00 AM

domingo, 2 de febrero de 2020

La cultura como supervivencia


La cultura como supervivencia

Carlos Fong
Hagamos un breve ejercicio. Cerremos los ojos y tratemos de imaginar un mundo sin cultura. Sin ningún tipo de arte ni expresión. Sin tradición ni espacio para eso que llamamos recreación. Sin ningún tipo de reservorio para la memoria, sin museos sin bibliotecas sin parques. Nada. Ni fiestas ni festivales ni ferias, ni ritos y ceremonias. Ni siquiera un lugar donde podamos reunirnos para echar cuentos, reflexionar, pensar y conversar. No existe la música, la literatura, la pintura, ni siquiera se sabe bailar. Nada. La cultura no existe.

¿Pueden imaginarlo? Yo no. Sencillamente es imposible entender el mundo sin la cultura. Más que una realidad distópica es una ceguera blanca o quizás negra, donde es imposible habitar. La vida cultural es imprescindible para la humanidad. ¿Qué nos hace distintos y al mismo tiempo iguales? La cultura. Desde los primeros registros de escritura de la humanidad, desde sus primeros intentos de expresar sus emociones y deseos, tan solo el hecho de haber inventado el lenguaje, el ser humano no puede vivir sin cultura.

La vida cultural es tan importante que no se puede convivir en ninguna sociedad si no existe una serie de códigos, lazos o vasos comunicantes que hacen posible la comunicación para un ambiente donde las relaciones se cruzan entre las ideas y las emociones. Todos los seres humanos tienen una forma de ver, sentir e interpretar la vida desde lo material hasta lo espiritual. Esta sensibilidad le sirve para sobrevivir. La cultura es una forma de sobrevivir. La calidad de vida de las personas depende de la salud de su cultura. Nuestra salud física y espiritual, la felicidad, dependen de nuestra cultura.

El ser humano tiene necesidades que no son materiales, como: el amor, la felicidad, la convivencia la solidaridad, la identidad, los valores, la pertenencia, la religiosidad, etc. Son necesidades intangibles o inmateriales. También las tiene materiales: su casa, la naturaleza que lo sostiene, los lugares de reuniones sociales, etc. Si alguno de estos elementos, que forman parte de los componentes esenciales de la vida cultural, es afectado, la calidad de la vida de las personas es amenazada. Por ejemplo, la contaminación de un río cercena la convivencia de una comunidad.

Todas las comunidades, tanto urbanas como rurales, han elaborado a través de los tiempos una diversidad de elementos culturales los cuales les permiten organizar sus relaciones simbólicas y comunicativas. Las fiestas, las tradiciones y las costumbres, por ejemplo, son una forma de significar la vida y darle un sentido.

La cultura es una dimensión transversal. Se encuentra en toda nuestra vida. Pensemos solamente en el cuerpo. Las dimensiones, valores y posibilidades del cuerpo son expresión de la cultura. Con el cuerpo hablamos, bailamos, jugamos; lo adornamos, lo vestimos, lo marcamos, y lo usamos sensualmente para expresarnos de diversas formas. Por eso, a través, de los tiempos el cuerpo ha sido canal para la cultura como una forma de resistencia. Hay cuerpos censurados y cuerpos emancipados.

La cultura está en nuestra organización cotidiana, en la política y en el medio ambiente, en nuestras creencias e ideas; está en nuestro imaginario de identidad y en todo el ecosistema de la vida. La cultura es la forma de criterio con la que vemos y construimos posibilidades y una manera de sobrevivencia. Por eso hay presidentes a los que les gusta la guerra que amenazan con destruir el patrimonio de una nación. De esta forma borran la herencia genética de un pueblo. Pasó en Irak en el 2003, cuando las tropas de Estados Unidos invadieron Bagdad. La Biblioteca Nacional, el Museo Arqueológico y el Archivo Nacional fueron destruidos, acabando con las tablillas de arcilla de la civilización sumeria y miles de libros del periodo otomano que fueron reducidos a cenizas. Ejemplares únicos de Las mil y una noche desaparecieron para siempre. Basta con leer el libro de Fernando Báez, La destrucción cultural de Irak: un testimonio de postguerra, para llorar.

Cuando ardieron las selvas de Brasil y Australia, el patrimonio natural de la humanidad ardió indiferente, mientras que los gobiernos del mundo, que tenían todo el poder para ayudar a apagar las llamas, jugaban a la geopolítica. De nuestra cultura dependerá la salvación, porque hasta el culto a la muerte es una forma de cultura. Tal vez la cultura de la destrucción sea nuestro destino. Espero que no.
La Prensa, 31 ene 2020 - 11:00 PM
El autor es escritor y encargado de la Oficina de Promoción de la Lectura de MiCultura

Después de todo, es cierto... La vida es un cuento

Carlos Fong La vida es un cuento. O, mejor dicho, muchos cuentos. Quiero pensar en el cuento y no en la novela, porque los cuentos son más i...